“Muerte de la princesa de Lamballe”, por Léon-Maxime Faivre, (1908).
Mientras el pueblo de Francia del siglo XVIII se moría de hambre, su joven reina se daba la gran vida con sus “favoritas”, madame de Polignac y la princesa de Lamballe. Cuando la revolución era inminente, la primera huyo del país con todo lo que podía llevarse, más la segunda, que sentía una verdadero cariño por la reina, pese a dejar el país, volvió para brindarle su apoyo.
Gran error, fue tomada prisionera días después del asalto a las Tullerías, el 19 de agosto de 1792, encarcelada y llevada ante un tribunal popular, a María Teresa se le pidió “jurar amar la libertad y la igualdad y jurar odio al rey, a la reina y a la monarquía”. La princesa accedió a jurar por la libertad pero rechazó denunciar a los monarcas.
De Lamballe fue inmediatamente conducida a la calle, donde una turba compuesta por hombres, mujeres y niños la asesinó en cuestión de minutos, era el 3 de septiembre y ella tenía 42 años.
El tratamiento dado a sus restos ha sido objeto de especulación. Tras su muerte, su cadáver fue, según informes, desvestido, eviscerado y decapitado, siendo su cabeza clavada en la punta de una pica. Un gran número de testigos confirmaron que su cabeza fue hecha desfilar por las calles mientras su cuerpo era arrastrado por la turba al grito de “¡la Lamballe!”.












