En mi lectura, Punta de rieles de Manuel Rojas hace un giro hacia el realismo magico al estilo de Juan Rulfo. Un hombre acude con la mano ensangrentada a un reportero subdirector de un diario, de apellido reconocido y profesion, para contar su testimonio. Él es un obrero de una salitrera, taimado y flaco, pálido, cuenta su vida desde los inicios. El subdirector no lo escucha, imitando la acción del hombre pero consigo mismo como auditor. Ambos narran su historia y al final de la novela tuve la sensación de que eran dos muertos y que el café en el que se encontraban era en realidad un purgatorio, que el obrero Ramilio Llanca debe enfrentar como recién llegado. Por otro lado, el reportero lleva más tiempo en este lugar. Este hombre de apellido privilegiado, Fernando Larraín, termina en decadencia, acercándose cada vez mas al día de su muerte. Conocemos lo bajo que la obsesión puede llevar a un hombre, haciendo que este pierda todo a causa del alcohol. Su historia es ágil y está contada con mucho realismo y detalle, como si el mismo autor del libro fuese el “curaito” que Fernando fue. Los espacios están tan bien escritos, que se logra una inmersión total en lo que acontece. Recuerdo un párrafo que describía una casa de “chuscas”, como eran llamadas las prostitutas, de manera cinematográfica. Así la cámara se abre paso entre hombres vomitando, sábanas de semen y sangre, uno que otro noqueado, mujeres siendo golpeadas, pastabaseros y alcohol. En cuanto al otro personaje, su relato es lento, y a ratos parece como una excusa para describir el viaje hacia la decadencia de un reportero que no escucha mucho. La creación de los espacios, no obstante, cumple nuevamente su función, delineando salitreras, cocinerías, desierto: un mundo duro especialmente para las mujeres. Entra aquí el personaje de Rosa, que contrasta con la sumisa esposa de Fernando, Clara. Por un lado Rosa es independiente, llegó a tener su cocinería por su propia cuenta, es dominante en el sexo y seca en el trato con las personas. Por otro lado Clara se sometió desde un comienzo a la violencia patriarcal de su familia, casándose con un hombre que la engañaba abiertamente, era cocainómano y alcóholico. Sin embargo, ambas terminaron perdiendo lo poco que tenían por culpa de sus maridos: Clara una familia estable y Rosa su cocinería y su vida.
La historia de Romilio Llanca toma más fuerza al final, cuando su esposa se llega a empoderar de tal manera que llega a abusar sexualmente de él. Este se defendía, peleaban a viva voz, sientiéndose cada vez más hombre, así como también se iba sintiendo Rosa. En la novela es descrita como una mujer fuerte, mayor, de contextura gruesa, indígena, “como un alacalufe” decía Llanca. La violencia era para este una salida al abuso sexual, que lo tenía figurativamente aplastado de rabia. El placer de los agresores es como una bocanada de aire tras estar mucho tiempo bajo el mar, atrapado debajo un bote, como en la novela. El golpe terminó matando a la mujer.
Lo que pasa en toda la novela no dura más de una hora. Una hora en la que dos personas se encuentran, como vagones viejos cargados de historia y errores, varados en la punta de un riel.
Le doy diez de diez yogures.

















