Puntos de Vista de una mujer, de Carmen Laforet
«Pero pasaban julio y agosto y yo no encontraba mi verano. Entonces supe que mis veranos estaban fijados para siempre en una sensación de calor recogida en mi infancia, en unas noches grandes, caldeadas por la luz de la luna, con el violento olor de los jazmines prendido en el aire. Y si fuera posible, para encontrar mi verano, que la noche tibia coja mi cuerpo sin apenas abrigo alguno, cansado y feliz, y la imaginación despierta. Y si fuera posible, para que mi verano fuera el verano de veras, el verano que yo recuerdo, yo necesitaría lo que ha desaparecido para siempre. Un lavadero al aire libre, en el patio, donde una muchacha jovencita iba enjuagando —después de la cena— uno a uno los platos blancos, en un agua donde se reflejaban las estrellas. Y yo, sentada en la seca tierra del suelo, a su lado, inventando con una voz apagada por el misterio unos cuentos interminables donde yo misma era protagonista de grandes viajes a los países verdes de los bosques, a los países de los grandes lagos y a las praderas húmedas».
















