Conocí a una persona que me cambió la vida desde que llegó. Desde el principio mostró interés pero siendo honesta, me habían dañado tanto que no quería tener una relación. Hablamos y desde el primer momento, me di cuenta que era alguien especial. Siempre teníamos algo sobre qué hablar. Nos contamos anécdotas de nuestra infancia, hablamos sobre los problemas que había en nuestras familias, me comentó muchas veces cuál era su película favorita y en ese momento me negaba a mirarla. Poco a poco me fui encariñando, le daba sus buenos días y en la noche le comentaba detalle a detalle sobre mi día, mientras él me contaba el suyo. Hablábamos tanto que se nos hacía tarde y me daba las buenas noches. Lastimosamente todo se quedó en mensajes, nunca pude tocar su mano, no pude mirar el brillo de sus ojos y tampoco pude ver como sonreía pero aun así lo intentamos. Congeniábamos a la perfección, no les miento, no éramos iguales pero tampoco diferentes, simplemente, nos complementábamos, física, emocional, mental y sexualmente. Hicimos planes a futuro y desde ese momento no podía verme con alguien que no fuera él. En algún punto, nuestra relación se rompió por muchos factores, el más grande, la distancia. Me enseñó a amar, me hizo querer tener una familia, me devolvió la ilusión y me enseñó la parte bonita de amar y ser amado. Siempre le pediré a la vida, destino o Dios una oportunidad más a su lado, porque hasta el momento, sólo veo mi futuro a su lado. No importa cuánto tiempo pase, no importa la distancia, él siempre tendrá mi corazón. Siempre voy a amarlo y siempre será el amor de mi vida, estemos juntos o no.
Sí querido tú, estoy hablando de ti.
Valery Soza.














