— ¿Beso de buenas noches, o noche de buenos besos? – Noche de vas a dormir en el felpudo. ¡Fuera! — Ah, ah. No se puede salir de la vivienda. – Los perros sí podéis.

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— ¿Beso de buenas noches, o noche de buenos besos? – Noche de vas a dormir en el felpudo. ¡Fuera! — Ah, ah. No se puede salir de la vivienda. – Los perros sí podéis.
– ¿Me quieres? — Más que a mí mismo. – ... ¿Y a ti cuánto te quieres? — ¿Desde que te conocí? Me quiero mucho más.
Contigo he aprendido que « el amor » no tiene medida. Porque es imposible medir un sentimiento que no para de crecer. Pero, que de existir esa posibilidad, de tenerla, no se mediría por la cantidad de veces que discutes, sino por la capacidad de autoaprendizaje de ambas partes: de ver y aprender de los errores, de tratar por propia voluntad que no se repitan ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo. Por las ganas, sobre todo, que tenga de romperte la boca con un beso mientras el conflicto está teniendo lugar; por cómo podría sonreír cuando tuviese tu boca entre los dientes. Por la vehemencia con la que podría empujarte, hasta encajar tu espalda con la pared más próxima y deshacer la distancia cuando busque entre tus prendas el consuelo que sólo encontraría en tu piel. Y callarte, y callarme, y callarnos…, para que la tensión entre los dos hable por sí sola. Perdiendo el hilo del desencuentro entre la tirantez de tus músculos. Contigo he aprendido, también, lo importante que es poner la otra mejilla y dar el brazo a torcer: olvidar lo que no tiene importancia, a pesar de cómo se pueda sentir en el momento en el que se produce. Cuenta la fortaleza de la conexión y la magia que se respire. Jamás la razón, porque el corazón no entiende de razones.
Me dabas miedo. Nunca había conocido a ninguna persona que me diese miedo. A nadie que me paralizase y, al mismo tiempo, me hiciese sentir a flor de piel. Atractiva y vulnerable. A nadie que me provocase (con tan sólo una mirada) cosquillas en la nuca; a nadie que quisiera tan cerca, como tan lejos, a la vez. Accesible pero inalcanzable. A nadie que me revolucionase las pulsaciones hasta perderlas con el estallido del pulsómetro. O así fue, al menos, hasta que llegaste tú. Con tu educación, tu intelectualidad y tus constantes tecnicismos. Con tu cabello despeinado, y tu sonrisa descarada. Con apariencia de Cohen, alma de Russo y corazón cien por cien Pearson. Me gustabas. Me aterrabas. Sentimientos encontrados. Desconozco las razones que, de un día para otro, me llevaron a temerte… Aunque, sospecho que tuvieron que ver con la intensidad del vínculo que floreció entre ambos. Con la confianza y la confidencialidad. Con que me despertaras. Arrasaste, con todo. Sin ser yo, consciente, de que te había dejado entrar. De que tenías en tu poder la clave para acceder a mí. No fue hasta que llegaste tú, cuando yo descubrí realmente lo que merecía. En cuestión de tan sólo un par de semanas. Quince días, quizá un par más. Muchísimo menos tiempo que la media, para colarte en/tre mis entrañas: sin aviso previo. Y desde entonces, no has dejado de hacerme sentir viva. Viva y libre. Día a día. Roce tras roce. Reconciliación tras reconciliación.
– ¿Eso ha sido un pucherito…? — Esas han sido mariposas en el estómago.
— A mí me gustas tú. – ¿Tanto como para hacerme un hijo? — Un mocoso*. – Yo no quiero un mocoso… Para eso ya te tengo a ti. — … Te tengo que querer.
Ese es mi propósito de año nuevo: continuar estremeciéndote la piel, y el corazón.
— Esa canción me recuerda a nuestros inicios. – Cuéntame por qué te recuerda a nuestros inicios, a ver con que me sorprendes. — Me recuerda a nuestra época de silencio. A tus miedos. A mis ganas de quererte… – ... Wow. Acabas de enamorarme con esa frase. Tus ganas de quererme… Qué cosa tan bonita, Dios. Es lo más bonito que me has dicho en mucho tiempo. Y mira que hace un par de días, o hace unas horas, incluso; me dijiste también cosas preciosas. PERO AY. Me he enamorado. — Tenía muchas ganas de tener una oportunidad. Estaba enamorándome de ti sin siquiera saberlo. – ¿Ves…? Estabas enamorándote de mí. Y yo lo sabía. Por eso la presión, el no saber si estaría a la altura de esa intensidad…