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Quiero llevarte al borde sin tocar todavía el centro del incendio.
Acercarme a ti como se acerca la noche al verano, despacio, con la certeza de que todo arderá aunque aún no haya llamas.
Quiero besar tu cuello hasta que olvides el lenguaje, dejar mi aliento en tus hombros, hacer de tu piel un mapa donde el deseo aprenda a caminar descalzo.
Quiero demorarlo todo, rozar la promesa sin romperla de inmediato, dejar que el temblor crezca, que tu cuerpo se vuelva pregunta, y mi silencio, la única respuesta posible.
Quiero recorrer tu orilla como quien bordea el mar sabiendo que tarde o temprano tendrá que hundirse. Pasar por tus muslos como pasa el viento por el trigo: levantándolo todo, sin pedir permiso.
Y cuando tu respiración me suplique, cuando tus ojos ya no sepan esconder el incendio, seguiré aún un instante más en esa deliciosa crueldad de la espera, porque hay placeres que nacen precisamente ahí: en lo que tarda en llegar lo que ya es inevitable.
Después, sí. Después vendrá la caída, el vértigo, la noche perdiendo el juicio, tu voz rompiendo la calma como una copa al caer.
Pero antes de la gloria quiero el temblor, quiero la súplica muda, quiero ese segundo exacto en que tu cuerpo entero me diga sin palabras: ahora.
Y entonces te tomaré como se toma una tormenta, sin miedo al relámpago, sin miedo a arder, hasta que el placer nos deje exhaustos y el amanecer encuentre en la habitación las cenizas dulces de todo lo que fuimos capaces de encender.
La conduje hasta el dormitorio entre besos que ardían despacio y caricias que ya sabían el camino. Le pedí que se tendiera sobre la cama y ella, con esa sonrisa que mezcla desafío y promesa, obedeció como quien ya conoce el incendio que está por venir.
La miré con esa hambre silenciosa que no pide permiso, con el deseo atravesándome la sangre y la certeza de que aquella noche iba a decirle con el cuerpo todo lo que las palabras no alcanzan. Ella adoptó la postura del abandono, esa rendición que no es debilidad sino confianza. Mis manos recorrieron su espalda como quien aprende de memoria un territorio sagrado, y cada roce fue arrancándole suspiros pequeños, temblores apenas contenidos. Entonces el juego comenzó: la pausa, la espera, la deliciosa crueldad de demorarlo todo. Yo sabía que la ansiedad también forma parte del placer, que hay una música secreta en ese borde donde el cuerpo suplica y el deseo aún no termina de caer. Sus gestos me hablaban, su respiración se iba rompiendo, y en sus ojos ya ardía esa fiebre dulce que convierte la noche en un lugar sin regreso.
Cuando por fin la tormenta se desató, todo fue vértigo: la cama, el aire, la piel, la respiración convertida en oleaje. La habitación dejó de ser habitación y se volvió incendio compartido, un pequeño infierno feliz donde dos cuerpos se reconocían sin medida ni prudencia.
La vi estremecersecomo si la luz le naciera desde adentro,y después llegó esa calma breveque solo existetras el derrumbe hermoso del deseo. Pero no terminó ahí.La noche siguió abriéndoseuna vez y otra,hasta dejarlo todo desordenado:las sábanas, el aliento, la cordura. Y supimos, sin decirlo,que aquello no iba a quedarseen una sola vez. Porque hay encuentrosque no se cierran al amanecer:se quedan latiendo,pidiendo repetirsecuantas veces el cuerpoy la memoria lo permitan.