El viernes pasado caminaba escuchando música cuando de repente y por atrás tres personas me robaron el celular. “No pasa nada, no me pasó nada malo”, me dije al principio mientras me calmaba. Pero no hice más de dos cuadras cuando sentí que me faltaba una pierna, un brazo, que me habían amputado. “Qué pensamiento tan idiota, pero tan real”, pensé también.
Pero ahora vamos a lo que de verdad importa: me duró un día. Extrañar el celular me duró un día. Yo no puedo explicar la cantidad de cosas que vi, escuché y recordé viviendo sin teléfono. Está bien, entiendo que estoy ocho horas diarias sentada frente a una computadora con internet, pero créanme, no es lo mismo.
El primer día dije: ¡Qué paz! Dio la casualidad de que ese sábado me saqué una muela de juicio que me molestaba desde hace un tiempo pero me daba miedo, entonces también era una especie de “soltar” completo. De repente sin celular y sin muela, ¿cuántos kilos menos serían para alguien que pasaba todo el día con el maldito aparato en la mano?
No pasó mucho los primeros días. Mientras mi mamá me decía las 24 horas que tenía que conseguir prestado o comprar un celular y yo respondía que nunca nadie se murió por NO tener celular y SÍ por tenerlo y ser asaltado, fui haciéndome la idea de pasar unos días sin él.
Una amiga del trabajo, Sofi, me prestó uno muy lindo, que lo usé durante unos días para despertarme, porque me rehúso toda la vida a dormir con un reloj despertador que haga tic tac en mi oído durante toda la noche. Y de repente mis noches eran mirar una Gilmore Girls (la mejor serie de todos los tiempos), acostarme y NO viciar con el celular hasta que me desvelaba. Aprendí que eso es posible.
El día 4 fue un poco insoportable: tuve que hacer muchas cosas a la tarde y no sé si tengo cara de chorra o qué, pero cuando preguntaba la hora JURO que me miraban de arriba abajo antes de responder. Noté que no hay muchos relojes en las calles, ni en las paredes de los negocios, como había antes.
Pero esperen, ¿a qué no saben a quién vi? Volvía caminando muy feliz de trabajar por pleno Palermo y… ¡Tacho Riera! “Me vuelvo laaaca”, el ex Casi Ángeles que tuvo como mil novias, entre ellas la Escudero, y es re lindo (mentira que todo esto lo aprendí trabajando en TKM).
Pasó caminando por al lado mío pero no me pareció taaan perfecto (?). Igual él no me vio porque SÍ venía con el celular y bueno, ¿se lo perdió?
El día del amigo me di cuenta de que la mayoría de las personas usan WhatsApp y yo, como no tengo, casi no recibí mensajes. Igual no me importó.
A la noche me junté con mis amigas de Castellilandia. Ahí recordé la época del Nokia 1100, porque vamos a ser realistas: yo tuve mi primer celular a los 16, entonces viví un tiempo comunicándome con la gente de otra manera. Pero qué sensación de vacío es llegar a buscar a una amiga y que no te atienda. Es como, “ah no, la rajo a puteadas por WhatsApp”, pero no tenés WhatsApp, entonces quéjate con magolla.
Además, me subí al colectivo y dije: con celular le diría que estoy yendo; ahora que estoy llegando y ahora que baje a abrirme que estoy en la puerta (a una cuadra y media, más vale, no sea cosa que tenga que esperar a la intemperie). ¿Qué? Antes me mandaba a cualquier casa y golpeaba la puerta, el timbre, o directamente entraba, de acuerdo a la persona y a la seguridad del hogar.
Y ahora, ya casi casi llegando a cumplir una semana libre de “tecnología celularística” (me encanta inventar palabras, sí), fui a un Movistar para comprarme un chip y dar de alta una línea. Todo marchó bárbaro, hasta que el empleado quiso poner el chip en el celular prestado y le faltaba una parte fundamental al aparato. Así que, gente, ya tengo línea: un número hermoso con muchos 7 (cuando quieran se los paso), pero no tengo teléfono.