Descubriendo Suppong
Como el capitán Ahab en el interior de Moby Dick. Así me sentía yo. A cada paso que daba, a cada centímetro que me adentraba, podía percibir que había vida en su interior, a pesar de su inerte aspecto. Dientes, lengua, garganta, tráquea, estomago, cadera, costillas… no me perdía detalle. La más inmensa de las dentaduras temblaría ante sus blancos colmillos. Y es que brillan en la oscuridad y se yerguen imponentes. Piensas temerosa que una dentellada podría destrozarte, pero conforme avanzas, descubres cuán sensibles son, y lo poco profundo que llegaría si quisieran adentrarse en tu carne. Sorprende, pues si tardaron siglos en crecer, se te antojan más recios y resistentes. No obstante, ante mis ojos, jamás perdieron su magnificencia. Cada húmedo paso por su lengua, chapotea divertido. No soy capaz de tocar, piel con piel para sentirla, pero a simple vista parece esponjosa y áspera. Imagino cómo se peina con ella, cuál gato aseándose, y busco bolas de pelos a mi alrededor. Aunque solo encuentro arañas y grillos. Para poder acceder a los espacios más amplios de sus entrañas, he de arrastrarme y reptar, girar la cadera, empujarme con los pies y tirar de mi cuerpo hacia adelante tanto como hacia atrás. Pero por donde jamás pensé entrar, me introduzco cual serpiente, me puede la curiosidad. Así me llegue el agua al cuello. Sus huesos reposan como los de cientos de animales prehistóricos que los museos exponen a los curiosos de todas partes. Pero estos, están aquí solo para mí. A algunos los reconozco: omoplatos, costillas; pero otros forman parte de una estructura ósea que jamás estudie u observe. Puede que sean parte de una falange o de la columna vertebral, pues en mi imaginación este ser tiene más de humano que de animal. Por eso mismo me siento observada en su interior. Y agradecida, muy agradecida. Se que una simple sacudida podría sepultarme de por vida, en el mejor de los casos. Sin embargo, me permite recorrer sus entrañas con total tranquilidad. Y es en lo más profundo de su ser donde encontramos el primero de sus habitantes, una serpiente blanca y amarilla, que asustada nos miraba como perturbábamos su paz. Habría más, pero jamás podré olvidar el miedo con el que nos observaba, mayor incluso que el que nosotros le teníamos. La vida es un regalo exquisito, no merece la pena desperdiciarlo sintiendo miedo- pensé yo. Y seguí trepando por su cuerpo interno hasta que mi propio cuerpo no pudo más y mis piernas empezaron a temblar.










