Varias veces he escuchado a mi papá decir, con la voz llena de pasado, que si su generación hubiese tenido acceso a las herramientas comunicativas de hoy en día, habrían logrado mucho más en las luchas transformadoras de los setentas y ochentas. En un principio ese lamento me generaba incomodidad, ya que estoy convencida de que mi generación no ha dado lo que tiene por dar aún y por lo tanto era un concepto prematuro. Y a pesar de lo prematuro, ya hemos logrado sembrar una tremenda conciencia ambiental y hemos generado alternativas críticas de información en contra de los medios tradicionales.
Sin embargo, me encuentro cada día con seres más alejados, más apáticos, con un nuevo conjunto de valores donde la salud de un animal doméstico mueve más emociones colectivas que la desaparición de ciudades enteras por bombardeos (con todo y animales domésticos incluidos). Hemos creado todos los elementos posibles para distraernos y no dedicar un segundo a reflexionar.
Estando en una época donde es increíblemente fácil construir ideas colectivas y dar voz a quienes antes no habían tenido plataforma para hacerlo antes, los más “interesantes” y “reales” son quienes no se comunican, no usan las redes sociales y se dedican a “vivir de verdad”. Para mí, lo paradójico es que resulta siendo verdad.
Empiezo a escribir, entonces, buscando comunicar mis ideas, tomar acción. Quiero construir paz, quiero pensar una realidad donde mis diferencias son celebradas y celebro las diferencias de las demás personas, superar el discurso de la igualdad. Quiero sentir fuerte, sentir en el pulso y la respiración, en carcajadas y lágrimas compartidas, porque no me gusta eso de vivir en absoluta autosuficiencia física y emocional. Y más allá de no gustarme, creo que reduce la existencia humana a la insignificancia.
Y así, teniendo mucho más por decir y queriendo pulir mis ideas con frases altisonantes, termino. No porque quiera, sino porque en esta época es difícil lograr que alguien lea un largo post sin distraerse por el siguiente mejor texto.