A mí me encanta la transmigración. Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y malos humores. ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar? Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás comprendí que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto. Cuando la vida es demasiado humana ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra? No hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy. Encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.
Oliverio Girondo













