No había descubierto cuan alta era su capacidad de odiar hasta que el de la mudanza le dejó el piano destrozado. Había tenido que murmurar maldiciones en ruso para no tener un ataque de ira y arrancarle la piel a tiras en ese mismo momento. Bueno, siempre podía comprar en la tienda lo que necesitaba para arreglar lo que aquel maldito gorila se había cargado con su torpeza. De paso colocaría los carteles anunciando clases de piano, aunque en ese momento el suyo diese bastante pena.
Al volver de comprar comenzó a cambiar las cuerdas del instrumento farfullando en griego, ni cuenta se había dado de que había dejado la puerta abierta hasta que escuchó un paso y se giró con una herramienta en la mano. Dedicó una sonrisa amable a la otra persona.
—Hola, si venías por las clases de piano, me temo que vas a tener que esperar diez minutos para que pueda atenderte —dijo imitando un perfecto acento griego, benditos aquellos dos años en Lesbos para aprender.
















