Diliges proximum tuum sicut teipsum
No sé cómo empezar... Mi cabeza rebosa de pensamientos y sentimientos...
Un miércoles ha sido mi mejor día hasta ahora. Fue una eucatástrofe.
Voy a empezar por lo más banal.
Fue otro miércoles de jamming session en el Happy Snapper. Y una hora antes de que empezara, a un amigo portugués-estadounidense llamado Tim (que conocí la semana anterior) y a mí se nos ocurrió montarnos a improvisar. Cabe acotar que este pana está COMPLETAMENTE fascinado por el sonido del cuatro, hasta el punto de ofrecerme lo que quiera cobrarle por él.
Pues sí, él toca muy muy bien el cuatro, sin siquiera sospecharlo, porque ésta es la primera vez en su vida que se topa con uno (y no es cualquier cuatro, es Nestor aka "Nesta").
Nos montamos en tarima, y yo canté y beatboxié (fue sugerencia suya) mientras él tocaba, y el resultado fue éste: http://www.youtube.com/watch?v=UrA7rHu1Q-8
Fue muchísimo más divertido de lo que se ve, lo aseguro. O bueno, fue divertido, para empezar...
Creo que pueden salir cosas finas de esto; si lo tuviera que resumir en una frase, sería ésta: "Louie, I think this is the beginning of a beautiful friendship".
Pero eso no fue todo. En la tarima HABIA UN TECLADO. Así que Pitak, dueño del local y bajista MAESTRO de la banda local, me invitó a montarme, y como tengo considerablemente bastante tiempo sin tocar lo hice con particular gusto y empeño. Y a juzgar por los resultados, creo que lo hice bastante bien. Ahora no solo me invitaron a tocar en el Blues Brother night -es difícil escribirlo sin temblar un poquito de la emoción-, sino que ahora también soy amigo de Pitak y Exy en facebook! ^_^
En conclusión, se podría decir que pateé traseros, je...
Y sí, ésta fue la parte banal...
Pues, se hizo efectiva una transferencia bancaria, razón por la que también estuve de MUY BUEN HUMOR -y no está de más decir infinitamente agradecido- ese día y los que han seguido. Manejaré esta nueva oportunidad con la mayor sabiduría posible.
Pero lo mejor, mejor de todo, fue cómo empezó ese mismo día, miércoles 11 de diciembre de 2013.
Me disponía a simplemente estar en la playa, como mero y literal pasatiempo. Porque la escuela a la que iba a ir esta semana (Ban Kalai) se encontraba cerrada, y no tenía (ni tengo) dinero para gastar en paseos a islas, ni mucho menos en salidas nocturnas a beber -que ni siquiera vine a eso tampoco-. Me encontraba en este sitio:
Solo póngale la pepa e' sol que hay en mediodía -no te preocupes, mamá, que siempre me echo el protector spf 60 que me diste- y una cantidad considerable de turistas achicharrándose. Ésa es la playa de Khao Lak, es muy bonita -luego dedicaré un post entero a su atardecer- y tiene un faro al que, cuando sube la marea, solo se puede accerder nadando. Lo hice, y me senté en sus escaleras de entrada, completamente de espaldas a la orilla y escondido del gentío, solo podía mirar hacia el horizonte.
Ahí fue cuando y donde pasó...
No voy a perder tiempo ni palabras pretendiendo describir ese momento, porque fue algo que solo se puede saber viviéndolo.
La cosa fue como un suiche. De repente, todo simplemente fue de maravilla. Pasados unos treinta minutos de estar ahí sentado, pensativo, -de nuevo, no tengo por qué ni cómo explicarlo, pero- sentí que me llamaban, así que me salí del faro y efectivamente, estaba Emilie haciéndome señas desde la orilla, llamándome un poco frenéticamente. ¡Teníamos que ir a dar clases! Nuestra escuela estaba cerrada, pero nos requerían en dos sitios más.
Empapado, me dirigía (junto con Sam y Emilie) a la oficina donde nos esperaba el transporte, cuando de la nada apareció Tim, y el encuentro fue más o menos así:
Él: ¡Hey, muchachos! ¿Qué hacen?
Nosotros: Vamos a dar clases, ¿quieres venir?
Cabe destacar que Tim es un instructor de buceo -sí, esa profesión abunda aquí- y realmente apareció de la nada y no tenía mucho que hacer esa tarde. Partimos nosotros tres junto a una señora llamada Janet, de unos 60 años aproximadamente, que acaba de enviudar y decidió venirse a dar clases hasta abril. Todo el encuentro fue muy buena vibra y cuchi.
Fuimos a la primera escuela y los niños se portaron de maravilla, participaron, se rieron, jugaron con nosotros e hicieron el mágico "¡Aaaah!", que le da sentido a todo, es decir, entendieron, aprendieron y nos reímos.
Luego vino la guinda del pastel. Porque fuimos a un sitio muy especial: Un café muy bonito ubicado en la orilla de la carretera, en medio de la jungla. Pensé que era un lugar muy exótico para encontrarse con un café tan acogedor, hasta que la verdadera razón de nuestra visita llegó a veinte metros detrás del café, en medio de la espesa jungla.
Es una fundación que se llama "Home & Life" (AQUÍ el link) y es un orfanato. Se sostiene exclusivamente de donativos y de las ganancias percibidas por el café, donde también venden artesanías y postales hechas por los niños. Ah, los niños...
El sitio empezó como hogar de huérfanos damnificados por el Tsunami de 2004 que devastó Tailandia. Y se ha mantenido hasta ahora de la misma forma. Recomiendo a los generosos lectores de este mensaje, si tienen la voluntad de hacerlo, pueden contribuir con esta hermosa causa.
Puedo simplemente contar lo que me pasó y cómo me sentí en ese lugar. Pero voy a citar a un compañero voluntario, quien me dijo algo como esto:
"Puedo hacer algo que realmente importa con mi vida, más que emborracharme y salir por ahí con mujeres, puedo hacer algo más que pensar en mí mismo".
Y es que, algo que siempre me ha retorcido la cabeza es esa cruel y lapidaria creencia de que "no existe buena acción desinteresada". Porque "vanidad de vanidades, todo es vanidad y atrapar vientos".
Si lo piensas por suficiente tiempo, te das cuenta de que nos amamos más a nosotros mismos que a cualquier otra persona. Y que lo que nos mueve a hacer buenas acciones esconde el revés siniestro de una retribución futura. Por eso aborrezco la frase "hoy por ti, mañana por mí". Porque siempre habrá un "mañana por mí". Esa frase es cierta en la mayoría de los casos, pero no menos terrible. La vanidad es para mí la raíz de todos los pecados y es una condición ineludible para todas las personas. Es decir, estamos condenados.
Apartando toda esta intensidad que acabo de decir, hablo en serio. Era lo que comentaba en otro post, acerca de lo presumido que puede uno ponerse hablando de la experiencia aquí en Tailandia.
Pero este día algo hizo click. Me di cuenta de lo valiosa que es la labor de un educador. Es realmente más valiosa que el oro o que cualquier riqueza. Un educador de vocación soporta estar subpagado, ser subestimado, ser desatendido por la floreciente ignorancia que como un monstruo engulle a los niños, para que luego lo insulte en su propia cara.
Pero cuando un educador lo logra, lo logra.
Nunca olvidaré a mi profesora Marta. Si alguien estaba dispuesto a aprender de ella, era yo a mis ocho años; y si alguien estaba dispuesta a enseñarme sobre la vida, era ella en tercer grado. Por supuesto que no le restaré el mérito a ella para simplemente dárselo a las circunstancias. Además, sé que no fui ni soy el único de mis compañeros que la recuerda con especial cariño.
Un verdadero educador da más de lo que recibe a cambio. Y siempre tiene que ser así. Es lo más cercano que he visto en la vida a una buena acción desinteresada.
Por supuesto que hay también profesores terribles. Nefastos. Pero ésa es precisamente la hazaña del educador: ser un faro de sabiduría, sueños, esperanza y amor en el mar revuelto, en el naufragio, en el tsunami del conformismo, la mediocridad y la ignorancia.
Ese día enseñamos en el orfanato. Luego yo canté una canciones para ellos, luego salimos a jugar pelota al jardín, nos llovió, nos empapamos, nos reímos, nos caímos, nos ensuciamos, definitivamente dimos todo lo mejor de nosotros.
Después de toda la faena en medio de la jungla, agotados y sudados nos despedimos. Yo había dejado mis peroles regados por todos lados: el cuatro, mi bolso, la botella de agua, mis lentes de sol (estaba fascinado con la experiencia). Fui el último en salir y ya todos estaban montándose en el transporte que nos llevaría de vuelta al carnaval mundano al que nos atamos. Pero fue entonces cuando vino un último detalle. Uno de los niños con los que había compartido me estaba esperando y, asegurándose de decirlo con la mayor claridad posible, soltó dos balazos fulminantes. El primero: un "thank you teacher"; y el segundo fue un abrazo, el que me mató. El mismo que Yo por fortuna he podido darle y aún le volvería a dar a mi profesora Marta.
No soy perfecto, ni estoy remotamente cerca de serlo, soy un cúmulo de inseguridades y defectos, pero a ese niño no le importó, como a mí no me importó a su edad, saber que mi profesora también tendría defectos. Él, al menos ese día, lo entendió todo.
En mi experiencia hasta ahora, he tratado con niños super simpáticos y cariñosos, a quienes veo regularmente, pero ninguno me ha abrazado ni me ha dado las gracias...
Puedo darle mil y una vueltas con palabras, y darle el sentido que yo quiera dar para exponerlo aquí, pero el punto es que ese lugar, como ese día, se convirtió por siempre en algo mágico para mí.
Comprendí que en ese sorpresivo gesto encontré la buena acción desinteresada, la valiosa labor del educador, y que la respuesta ante la vanidad la dijo un ser que cambió para siempre el mundo -le guste al mundo actual o no-, hace aproximadamente dos mil años y que en pocos días celebraremos su cumpleaños.
Diliges proximum tuum sicut teipsum
Sí, sí, el mundo es lo que es, procura ser lo mejor posible, buen ciudadano y fiel creyente. Eso nos hará vivir más o menos felices y en armonía. Pero ÉSTE es el verdadero y principal mandamiento: Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.