Llegué de vuelta a una isla que alguna vez me recibió con brazos abiertos cuando mi corazón iba a pedazos y yo cayendome por partes.
Estar ahí me lleno de calma cuando dentro mío había una tempestad, llena de tantas preguntas e inseguridades.
El mar me gusta, porque me abraza entre sus olas, su sal me purifica y permanece conmigo aunque salga de ahí. El agua salada del mar vive dentro de mi y cuando no puedo más con la marea, me ayuda saliendo gota a gota a través de mis ojos.
Una nostalgia me inundo en mi regreso a la Isla, sentí un cálido abrazo de bienvenida de la isla con la brisa del mar y sus atardeceres anaranjados.
El mar y la playa son mi lugar seguro, de calma al que siempre he de volver, ya sea huyendo o para recordar de todo lo que he salido.