Arequipa y el cañón del Colca
Llegamos a Perú. Un autobús nos lleva desde Copacabana a Puno después de hacer una larga cola en la aduana peruana. Estamos alrededor de una hora en la estación de Puno donde cogemos otro autobús que nos lleva a nuestro nuevo destino; Arequipa.
Venimos aquí con el objetivo principal de hacer un trekking por el cañón del Colca. Realmente no sabemos nada de la ciudad y la llegada a la estación es un desastre. Mucha gente, mucho ruido, mucho tráfico, mucha contaminación y una pereza súbita de alojarnos en un lugar como este. Nos enteramos de que es la segunda ciudad más grande de Perú, y el caos que nos rodea lo afirma. Un taxista nos dice que no existe transporte público para llegar al centro, cosa que probamos es mentira dos minutos más tarde. Un loco pasa gritando que "los gringos vienen a matar peruanos" mirándonos directamente a la cara.
Todo cambia cuando nos bajamos de la truffi en el centro de la ciudad. Nos encontramos con un casco antiguo precioso y muy bien cuidado.
Vamos descubriendo esta sorpresa mientras amanece y buscamos un hostal donde pasar la noche. Nos asustamos por los precios, se nota que esto ya no es Bolivia.
Finalmente encontramos un buen lugar llamado la Reyna justo al lado del convento de Santa Catarina. Desayunamos en el hostal y salimos a informarnos sobre cómo ir al cañón del Colca.
Después de mucho dudar y de llegar a un buen acuerdo, decidimos hacerlo en un grupo que sale a las 3 de la mañana de Arequipa. Comemos una buena parrillada argentina para ganar fuerzas para mañana y nos vamos a dormir.
El cañón del Colca es el segundo más profundo del mundo con 4.150 metros de profundidad. A su alrededor hay algunas poblaciones como Cabanaconde o Chivay, donde viven Collagues y Cabanas.
La primera parada del tour es en Chivay para tomar un raquítico desayuno. Primer pensamiento de "¿Por qué no hemos venido por nuestra cuenta?" después de ver a una madre de familia peruana vomitando por las curvas del camino. Niños suecos y japoneses con réflex más caras que el automóvil en el que nos movemos completan este circo.
La siguiente parada es la esperadísima Cruz del Cóndor, un mirador para avistar estos animales. Estamos emocionados. Antes de llegar vemos a uno de ellos comerse una vaca muerta al lado de la carretera y después otro nos sobrevuela. Emoción absoluta. En este viaje ya hemos visto al pájaro más pequeño del mundo y al más grande.
Después separan el grupo entre los que vamos a hacer el trekking del descenso al Colca y los que sencillamente han venido a pasar el día en la zona de arriba. Con gran pena nos despedimos de la familia vomitona, el niño sueco y los japoneses fotógrafos para encontrarnos con un grupo más interesante y Pepe, nuestro guía (un buen personaje).
Antes de comenzar a descender estos 4.000 metros Pepe nos prepara para lo peor. Nos habla como si estuviésemos a punto de enfrentarnos al mayor reto de nuestra vida. Y nos recuerda que no pasa nada por contratar una mula para que te lleve a mitad de camino si no puedes más. El primer día haremos 8 horas de bajada hasta un lugar que llaman el Oasis, donde dormiremos para al día siguiente hacer 5 horas de subida.
Comenzamos a bajar con un fuerte sol. En el camino vamos charlando con nuestros nuevos compañeros. Una tucumana misteriosa, dos profesores chilenos, un suizo convertido al islamismo y una señora con sus dos sobrinos que han venido prácticamente en chancletas. Estos últimos parecen un tanto asustados al darse cuenta de la dificultad del camino.
Tras cuatro horas de caminar paramos para comer, después la señora y sus sobrinos se suben a unas mulas que aparecen de la nada y cabizbajos desaparecen para siempre. Fail épico. Los demás seguimos el camino escuchando las burradas que suelta Pepe.
Pepe es un joven peruano divorciado y con dos hijos. Nos confiesa su frustración por tener que ser guía de este cañón en lugar de ser guía de montaña en los altísimos volcanes que hay en la zona. En el camino nos habla sobre las especies de plantas mientras les arranca todos los frutos comestibles que tienen estén maduros o no. Cuando le preguntamos si a los dueños que cultivan estas plantas no les importa que les quitemos los frutos, él nos contesta que no nos están viendo.
Al final del día con las rodillas reventadas de tanto bajar, y en el caso de Markos una uña clavada en el dedo, llegamos al Oasis. Un lugar hecho exclusivamente para que los caminantes que hacen esta ruta descansen durante una noche. Nos bañamos en la piscina, leemos un rato, cenamos, escuchamos unas historias de terror tipo campamento adolescente relatadas por Pepe y aprovechando alguna pausa nos vamos corriendo a la cama.
Al día siguiente nos despertamos a las 5 de la mañana para comenzar a subir los más de 4.000 metros que bajamos ayer. Pepe nos había advertido que una vez un alemán "se le murió" en esta subida y ni la mula quiso subir su cadáver. Familiarizados con sus fanfarronerías subimos tranquila y plácidamente.
Finalmente llegaremos a Cabanaconde donde desayunamos y nos preparamos para la vuelta.
El camino de vuelta a Arequipa está minado de trampas para turistas y Pepe está compinchado con todos ellos. Realizamos varias paradas sin ningún sentido donde tenemos la opción de comprar todo tipo de recuerdos y demás porquerías. Nos enfrentamos a situaciones tan duras como esta:
Pepe también intenta que paguemos por unas aguas termales que están en un río fácilmente accesible. No lo consigue. También nos lleva a un restaurante con precios desorbitados en medio de la ruta donde nadie se puede permitir un menú y nos quedamos todos esperando a que él termine de comer. No sabemos si ese día el restaurante le dio su comisión.
Estamos muy contentos de haber visitado el Colca y durante la ruta nos hemos dado cuenta de lo muchísimo que nos gusta caminar por la montaña. Por eso estamos decididos a hacer más trekkings durante este viaje, eso sí, intentaremos no volver a caer en manos de más cazaturistas.