—Había despertado al alba y, como ya era costumbre, después de que sus doncellas terminaran de ayudarla a vestirse, había abandonado la habitación antes de que su molesta compañera despertara. Avanzó con paso suave por los pasillos, procurando no hacer ruido, puesto que la mayoría de los habitantes del palacio estaban durmiendo. Al llegar a su balcón preferido, el lugar donde solía pasar la mayor parte de su tiempo libre, apoyó ambas manos sobre la baranda y no tardó en sumergirse en sus más profundos pensamientos. Súbitamente, al escuchar el característico sonido de unos pasos, volteó intentando ver de quién se trataba. No estaba segura de si era o no apropiada su presencia tan temprano por lo que, obedeciendo a un primer impulso, corrió a esconderse detrás de un enorme postigo de madera. Permaneció inmóvil durante algunos segundos, rogando para que aquella persona se fuera pronto. Al cabo de algunos segundos, ya aburrida, se aventuró a mirar entre las hendijas. Se trataba de un guardia que no había visto antes, probablemente debería ser nuevo en el trabajo y no tardaría en marcharse. En efecto, sus predicciones se cumplieron. Suspiró aliviada cuando el joven se estiró, signo inequívoco de que estaba dispuesto a seguir su camino. Sin embargo, no contaba con el pequeño percance que sufrió, por lo que tuvo que hacer mucha fuerza para no reír en el acto. Al observar la reacción del castaño, decidió que le caía bien. Esperó pacientemente a que se marchara y luego se apresuró a salir de su escondite e ir tras él. Siguió sus pasos de manera sigilosa, procurando no ser descubierta y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, se preparó para asustarlo—. ¡Te atrapé! —Exclamó intentando permanecer seria—.