Una pequeña gota roja brilla sobre aquel azulejo blanco. Si no fijas mucho la vista, pasa desapercibida. ¿Por qué lo harías? Algo tan minúsculo no llama la atención en un lugar tan grande. Sin embargo, esa gota roja mancha la pureza de la superficie, rompiendo su inmaculada blancura.
Parece recién derramada, fresca, en un estado más líquido que sólido, con su color rojo oscuro. Si te concentras bien, son varias gotas, no una sola. Pueden confundirse con pintura o incluso con óxido para quien no se detiene a observar. Pero quien ha pasado suficiente tiempo en contacto con aquellos fluidos aprende a notarlas, a diferenciar las pequeñas imperfecciones.
¿Cómo no notarías esas gotas si siempre has sido la mancha en un lugar tan grande? Tú te diferencias, pero no de buena manera. La sangre mancha, da miedo, da asco. Yo doy asco, doy miedo. Mancho esta composición de perfección e intento, sin éxito, ser parte de ella. Porque el objetivo es ser parte, mimetizarte con los demás individuos.
Las diferencias entre lo que es limpio y lo que es sucio son tangibles, pero dependen de cómo se perciban desde tu perspectiva. ¿Arruina la mancha el espacio, o pueden la suciedad y la pulcritud coexistir?
Él había decidido cortar su mano sobre aquel azulejo, como si la pureza misma lo llamara a mancharla. ¿Cómo no manchar una superficie tan perfecta, tan blanca, tan incorruptible? Cada noche, gotas de sangre caían de su mano, y poco a poco, el pasillo dejó de ser blanco. Se transformó en una mezcla de maroon, una tonalidad roja oscura, similar al vino derramado. La sangre corriendo entre sus dedos le ofrecía una sensación de paz y plenitud, el sonido de las gotas cayendo provocaba un eco en el pasillo, y la mancha crecía, se expandía, cada vez más.
El suelo del pasillo, que alguna vez fue blanco y brillante, reflejando la luz del sol que entraba por las ventanas, ya no conservaba nada de eso. Ahora, estaba completamente cubierto por una mezcla de sangre seca y fresca, creando un color que en un principio fue maroon, que luego se tornó en un tono de sangría, hasta convertirse en un mahogany profundo.
Siempre que veía la sangre, recuerdos de su infancia lo golpeaban: memorias difusas, cortas y vívidas que aparecían salteadas o una tras otra. El rechazo de sus compañeros de colegio, su reflejo frente al espejo, esas manchas en su piel que aumentaban, brindando a su clara y delgada piel una apariencia más enferma, las ojeras bajo sus ojos, la fragilidad de su cuerpo… Cada gota de aquel líquido era un recuerdo que lo cegaba, la sensación de alejarse de la realidad. Solo podía centrarse en la sensación del goteo, en lo frío, para calmar ese dolor, para volverlo físico, tangible. Poder manejarlo, cortarlo, desvanecerlo y dejarlo allí, sobre el piso.
La sangre corre. Esta vez no solo gotea, son borbotones. El golpeteo rítmico en el suelo, la sensación de frío y entumecimiento en los miembros distales, el pitido insistente en los oídos, la falta de aire. Un dolor punzante en el pecho, los latidos acelerados del corazón en un ritmo desbocado. Bocanadas de aire que no llegan, lágrimas quemando al salir, sollozos atrapados, el grito interno que nunca se libera. Y, al final, el golpe sordo al caer.
Refugiado en aquellas sensaciones de pérdida y desasosiego, la sangre lo absorbe, lo envuelve, lo traga, como todos aquellos traumas y dolores. Y él, sin resistencia, se hunde en aquel charco carmín.
Autor: La polilla en el cadáver