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— Not Even, Ocean Vuong
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Louise Glück, from “Parodos”, Poems 1962-2012
Louise Glück, from The Wild Iris; “The Wild Iris”
“What is erotic about reading (or writing) is the play of imagination called forth in the space between you and your object of knowledge. Poets and novelists, like lovers, touch that space to life with their metaphors and subterfuges. The edges of the space are the edges of the things you love, whose inconcinnities make your mind move.”
— Anne Carson, Eros the Bittersweet
«Quería ser tan famoso como él. Y no porque me influyera su estilo o sus personajes. Más bien era su forma de vivir, de plantearse la vida. Aunque, naturalmente, con el paso del tiempo, creo que él hizo algo que los escritores suelen hacer con frecuencia. Sorprende que le dedicara tanto tiempo a empresas fútiles. Me refiero a que ese rito de bajar todos los días a las once de la mañana a Cojimar, subirse a su barco y meterse mar adentro en la Corriente del Golfo a ver si podía atrapar el pez más grande que pudiera haber, era pura paranoia. No tenía nada que ver con la vida real, y sí mucho con la fantasía. Fui con él en el barco y me pareció horriblemente aburrido. Desde las seis de la mañana a las cuatro de la tarde lo único que hacía era beber. Se emborrachaba con vodka y terminaba tirado en la cubierta, sin poder hacer nada el resto del día, o casi todo el resto del día. Luego, de pronto, se levantaba otra vez: se había terminado el efecto del vodka y ahora volvía a Cojimar. Si aquello era una forma de vida, créame: yo no quería llevarla. O ir a África a matar animales para coger una disentería horrorosa y tener diarrea. O ir a España a perseguir toreros. Estaba loco de verdad, sin duda alguna. Y, al mismo tiempo, vivía en una preciosa casa en las afueras de La Habana donde tenía todo lo que quería, con un huerto de frutas tropicales y una enorme biblioteca. Venía a La Habana conduciendo un Mercury descapotable, e iba al Floridita o a la Zaragozana a comer y beber. Eso no estaba mal, pero el resto de su vida fue horrible. Hay algo que los escritores hacen mucho: perder el tiempo. Faulkner pensaba que era un caballero del Sur que tenía que cazar zorros todos los sábados.
En ese aspecto, los escritores europeos eran más profesionales. No me imagino a Joyce cazando en Irlanda, ni tratando de pescar un pez espada en el Canal de La Mancha. Llevó una vida muy seria, consecuente consigo mismo, con su familia y con su obra. El único problema de Joyce era su actitud distante, su tremenda vanidad y el hecho de que fuera un borracho, como la mayoría de los irlandeses. Beber es también una forma lastimosa de perder el tiempo».
—Cabrera Infante sobre Hemingway.
Y por qué tienes esos ojos y esa estatura y ese pelo y esas manos y esa sonrisa y ese ser como eres, que viviendo a tu lado cuando por la calle te encuentro me parece un milagro.
—Concha de Marco, fragmento.
Mucho debo a quienes no amo. El alivio al enterarme que intiman con otros. La alegría de no ser el lobo de sus corderos.
En paz estoy con ellos, y en libertad, dos cosas que el amor no puede dar ni sabe tomar. No les espero yendo y viniendo de la puerta a la ventana.
Con la paciencia de un reloj de sol, comprendo lo que el amor no comprende, perdono lo que el amor jamás perdonaría.
Entre una carta y una cita no transcurre la eternidad sino sólo días o semanas.
Los viajes son siempre perfectos a su lado, los conciertos se escuchan, las catedrales se visitan y los paisajes se contemplan.
Y cuando siete montes y ríos nos separan, son montes y ríos señalados en el mapa.
Suyo es el mérito de poder yo vivir en tres dimensiones, en un espacio no lírico y no retórico, frente a un horizonte movedizo y, por tanto, real. Ignoran cuánto me entregan sus manos vacías.
"Nada les debo", diría el amor acerca de tan discutible cuestión.
—Wislawa Szymborska, Agradecimiento
Hay una razón por la que nunca debes hablar de más, y Vargas Llosa la aprendió a la mala.
Son conocidas las entrevistas a Borges donde este genio de la literatura demerita o minimiza a otros autores, a Vargas Llosa por ejemplo.
Cuando el entrevistador le preguntó por Gabriel García Márquez, Borges contestó “He leído Cien años de soledad, uno de los mejores libros no solo de nuestros tiempos, sino de cualquier tiempo”.
Pero cuando le preguntaron por Vargas Llosa, dijo simplemente “No, no lo conozco”.
El problema es que sí lo conocía, y no solo por la lectura, sino personalmente.
Hay una razón por la que nunca debes hablar de más, y esa fue la causa de este desprecio: una entrevista. Vargas Llosa realizó muchas de estas entrevistas a figuras clave de la literatura, y cuando pasó por Argentina, decidió viajar al departamento de Borges.
Vargas Llosa diría a la revista París Review (recuperada por Ricardo Piglia) que cuando visitó a Borges, se dio cuenta que era un departamento muy modesto. El pequeño departamento tenía goteras, y había una charola para evitar que se inundara la casa. Cuando se sintió en confianza, le preguntó a Borges “Maestro, ¿cómo puede vivir en estas condiciones”.
En ese momento Borges se levantó y le dijo “Gracias por venir. Los caballeros argentinos no hacemos alarde”.
Borges contaría la anecdota diciendo “Vino un peruano que debe trabajar en una inmobiliaria, porque quería que me mudara”.
Desde entonces Borges habría quedado inconforme con Vargas Llosa: el propio premio Nobel dijo que tenía la impresión de que “Borges quedó resentido con algunas de las preguntas”.
Aún así, Vargas Llosa admiró mucho a Borges, confirmó que lo respetaba y hasta escribió el libro “Medio siglo con Borges”, para rendirle homenaje al argentino.
"No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos pierda entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños… Hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Pues cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como arrojar piedras al mar".
—James Salter, Años luz.
Llevo días pensando mucho en la amistad, en esas personas que nos sostienen de cerca o de lejos con su mera presencia. Lo cuento porque el otro día sonó aquella canción que tanta gracia me hacía de niña: «Si los hombres han llegado hasta la luna, si desde Sevilla puedo hablar con alguien que esté en Nueva York…». Me enternece aún pensar en ese hilo invisible que imaginaba atravesando el Atlántico. Quizá la amistad consista, precisamente, en eso: en la certeza de que, si un día levantas el teléfono, al otro lado habrá alguien que se alegre de escucharte.
El septiembre pasado, cuando la temporada de verano tocaba a su fin, terminamos cenando un domingo en un restaurante muy bonito de un pueblo de la Costa Brava.
«Es el último día que abrimos la terraza», me dijo el encargado.
Como hacía fresco y llevaba un bebé, pedí una mesa dentro. El camarero me explicó que no había servicio en el interior, salvo una excepción: la mesa grande junto al ventanal. Estaba reservada para un tal Nicolás.
Me contó entonces su historia. Durante treinta y nueve años, seis amigos habían cenado allí todos los domingos. Con el tiempo fueron muriendo y ahora solo quedaba él, que seguía ocupando la misma mesa.
Me pasé la cena imaginándolo. Pensé que encontraría a un hombre triste, melancólico. Pero cuando entré lo vi elegantísimo: camisa blanca, americana azul marino, una copa de vino delante y una sonrisa serena. Presidía una mesa en la que, aparentemente, faltaban cinco personas. Pero, ¿faltaban?
Hace una semana regresé, también en domingo, a ese mismo restaurante. «Es el primer día que abrimos la terraza», me informó el encargado.
Ya no pedí mesa dentro. Miré a través del ventanal y allí estaba otra vez Nicolás. Lo vi más pequeño, pero igual de sereno, de sonriente. Seguía cenando frente a sus amigos. Ellos ya no estaban allí,pero eso no significa que no estuvieran. Por eso, volví a pensar en aquel hilo invisible que va de Sevilla a Nueva York, dondequiera que estén todos aquellos a los que quisimos, a los que queremos
No estamos solos. Nunca lo estamos. Cuando me fui del restaurante me di cuenta de que la mesa de Nicolás no estaba,en absoluto, vacía. Solo era yo la que no podía verlos.
—Laura Ferrero
«Cuando leo las oscuridades, con frecuencia impenetrables, de poetas que admiro, como Lezama Lima o Wallace Stevens, y pienso en el contraste con lo que escribo yo, tan claro, tan movilizado por la lógica de la explicación y la comprensión, no puedo evitarlo: me encuentro antipoético, servil para con el lector, demagógico, frente a la altivez aristocrática de los poetas. Me consuelo pensando que yo practico otra clase de oscuridad, quizás no menos oscura, y es la que se construye con sucesivas claridades que no terminan de crear una claridad general sino quedan a la espera…
Pero la oscuridad de los poetas no es lo único que envidio, en el campo de la literatura. No terminaría nunca de hacer la lista. La literatura parece hecha para eso, tantas son las cualidades que se ponen en juego, y tantas son las excelencias que se han acumulado. Por ejemplo, querría tener la claridad de esos relatos en los que pasan hechos simplemente, sin reflexiones ni comentarios ni referencias a los mecanismos literarios (como en lo que escribo yo). Me hace avergonzar de mis infatuaciones de ingenio, de invención, frente al autor de esas narraciones prístinas desentendido de vanos narcisismos, elegantísimo. En su claridad sin sombras está agazapada una oscuridad discreta, que es muy difícil de ver.»
—César Aira
Desde el principio de su obra, Rimbaud señalaba que en el poema hay, visto subjetivamente, una irresponsabilidad. El poema es como un poder que atraviesa la lengua involuntariamente: “peor para la madera hecha violín”, o “si el cobre se despierta hecho clarín no es por su culpa”.
Esta idea es capital: el poema no es una descripción ni una expresión. Tampoco es una pintura emotiva de la extensión del mundo. El poema es una operación. El poema nos enseña que el mundo no se presenta como una colección de objetos. El mundo no es lo que objetiva el pensamiento. Es —para las operaciones del poema— aquello cuya presencia es más esencial que la objetividad.
Para pensar la presencia, es esencial que el poema disponga una operación oblicua de captura. Esta sola oblicuidad destituye la fachada de objetos que compone el engaño de las apariencias y las opiniones. Que el procedimiento del poema sea oblicuo es lo que exige entrar en él más que ser atrapados en él.
La regla es simple: entrar en el poema, no para saber de qué habla, sino para pensar qué pasa con él. Como el poema es una operación, también es un acontecimiento. El poema tiene lugar.
Opondría con gusto la poesía, que es poetización de lo que pasa, al poema, que es él mismo el lugar donde eso pasa, que es un pasaje del pensamiento.
—Alain Badiou.
Resulta irónico que, en la mayoría de los mitos religiosos de la creación, el varón preceda a la mujer. En biología ocurre lo contrario: en el principio era la hembra. El plan genético inicial para todos los humanos, como para todos los mamíferos, es una hembra. En una combinación XY, la tarea del corto pero laborioso cromosoma Y es desbaratar ese plan femenino cuidadosamente trazado. Los hombres son «básicamente mujeres modificadas genéticamente», en palabras del genetista de Oxford Bryan Sykes. La tarea número uno del Y, unas siete semanas después de la fecundación, es hacer crecer los testículos. A continuación, el embrión se somete a un baño de testosterona, un andrógeno, que lo encamina hacia la virilidad. Los andrógenos masculinizan el cerebro. Luego, bajo las órdenes del gen SOX9 en las células de Sertoli, un equipo de dos trabajadores genéticos —AMH en el cromosoma 19p13.3 y AMHR2 en el cromosoma 12— reprime el desarrollo de las partes reproductivas femeninas del cuerpo. Las hormonas masculinas se toman entonces un descanso de unos años, hasta la pubertad, cuando la testosterona vuelve a ser necesaria, entre otras cosas para hacer crecer el pene y la próstata.
Todo el proceso de determinación del sexo es tan extraordinariamente complejo que resulta sorprendente que la mayoría de las veces salga según lo previsto. Pero así es. Casi todos nacemos definitivamente de sexo masculino o femenino. Ocasionalmente, un embrión XX se expone a más hormonas masculinas de lo normal, ya sea como resultado de una anomalía genética o de ciertos medicamentos tomados durante el embarazo, lo que puede dar lugar a que se le considere «intersexual» en vez de masculino o femenino. Esta parte del espectro del desarrollo sexual es, como dice Konner, «como una exótica escultura de cristal: pequeña, pero hermosa y extraña». Históricamente, sin embargo, las propias personas intersexuales han sido tratadas más como extrañas que como bellas, así como objeto de victimización, cirugía no deseada y vergüenza. Incluso hoy en día, se violan a menudo sus derechos. No existe una definición única de intersexualidad, y las estimaciones de prevalencia varían, pero aplicando la definición más amplia, una estimación razonable es de aproximadamente una de cada cien personas. A las personas intersexuales con una anatomía más típicamente femenina se les suele asignar el sexo femenino al nacer, pero muchas se sienten más cómodas con una identidad masculina, y a menudo realizan la transición más tarde. Esto constituye una sólida evidencia de que el sexo viene determinado en gran medida por lo que ocurre en el útero, y no después del nacimiento.
Uno de los resultados del baño de testosterona del cerebro masculino es una mayor tendencia a la agresión física, no sólo en los humanos, sino en casi todos los primates y mamíferos. Los machos humanos son más agresivos físicamente en todas las culturas y a todas las edades. Los niños son cinco veces más propensos que las niñas a ser frecuentemente agresivos a la edad de diecisiete meses. La diferencia aumenta hasta los primeros años de la edad adulta, antes de reducirse de nuevo. En todo el mundo, los hombres cometen más del 95 por ciento de los homicidios y la inmensa mayoría de los actos violentos de cualquier tipo, incluidas las agresiones sexuales.Sin embargo, la relación entre testosterona, masculinidad y agresividad es compleja. Por un lado, parece que la testosterona no desencadena directamente la agresividad, sino que la amplifica. Hasta qué punto se produce esta amplificación depende en gran medida de las circunstancias. Como muestra Carole Hooven en su libro Testosterone: The story of the hormone that dominates and divides us, la tendencia innata a la agresividad en niños y hombres es real, pero no se expresa necesariamente. No somos esclavos de nuestras células.
También es importante tener en cuenta que la mayoría de las sociedades se han vuelto mucho menos violentas con el paso del tiempo, y que hoy en día existen grandes diferencias en los índices de delincuencia entre países. «Que todos estos factores importen no es prueba de que la relación entre T (testosterona) y la agresividad sea débil —escribe Hooven—, más bien nos muestra que es complicada, como lo es la investigación que estudia cómo funciona dicha relación.» Nadie niega que la cultura y la socialización importen. De lo contrario, sería difícil explicar las dramáticas diferencias respecto a los niveles de violencia machista entre distintos lugares y en distintas épocas. Pero igualmente absurdo es negar que la biología también importa, sobre todo en lo que respecta a las diferencias entre hombres y mujeres.
Estas diferencias de sexo no son el resultado de un accidente cósmico. Los humanos somos, como dijo Desmond Morris, «primates erguidos, no ángeles caídos». Los rasgos que se transmiten son los que han sido eficaces desde el punto de vista reproductivo. En eso consiste la selección sexual. Las estrategias reproductivas óptimas han sido diferentes para hombres y mujeres, con consecuencias a largo plazo para nuestra psicología. Los hombres, por ejemplo, son más propensos al riesgo. Esto no es un constructo social. Se puede identificar en todas las sociedades conocidas a lo largo de la historia, como muestra Joyce Benenson en su libro Warriors and worriers: The survival of the sexes. «Las diferencias entre sexos existen prácticamente en todos los ámbitos en los que se ha estudiado el riesgo: los hombres asumen más riesgos que las mujeres —escribe un equipo de expertos que estudian los distintos tipos de liderazgo—. Se han observado resultados similares tanto en los cazadores-recolectores como en los CEO de bancos.»Al igual que la agresividad, la asunción de riesgos es otra de las diferencias entre la psicología masculina y la femenina que hunde sus raíces en la historia evolutiva. Asumir riesgos debe tener más sentido para los hombres. Pero ¿por qué? Básicamente, porque los hombres tienen muchas menos probabilidades que las mujeres de reproducirse. De hecho, tenemos el doble de antepasados femeninos que masculinos. Cuesta hacerse a la idea. Al fin y al cabo, genéticamente hablando, todo el mundo debe tener un padre y una madre. Pero, claro está, un hombre puede engendrar muchos hijos con muchas mujeres, mientras que otros ninguno. Esto es exactamente lo que ha sucedido históricamente. Gengis Kan, antepasado directo de una de cada doscientas personas en la actualidad, es quizá el ejemplo más conocido. La forma educada de expresarlo es que «los machos tienen mayor varianza en el éxito reproductivo que las hembras». Baumeister es más directo: «Para maximizar la reproducción, una cultura necesita todos los úteros que pueda conseguir, pero unos cuantos penes pueden hacer el trabajo. Suele haber un excedente de penes». Añádase el hecho de que la mayoría de las sociedades humanas han sido poligínicas, permitiendo a los hombres tener varias esposas, y se llega a lo que el psicólogo evolucionista de Harvard Joseph Henrich denomina el «problema matemático de los hombres sobrantes». Aquí es donde el riesgo entra en juego. Los hombres que corren peligro de convertirse en fracasados evolutivos estarán dispuestos a correr graves riesgos para acceder a una compañera, quizá cometiendo un delito para obtener más recursos o luchando en una guerra potencialmente lucrativa. Incluso una probabilidad de éxito del 50 por ciento parece lo bastante buena para un hombre que, de otro modo, probablemente no tendría descendencia. Por consiguiente, escribe Henrich, «la psicología masculina cambia de tal manera que provoca una competencia más feroz entre los hombres».
Una prueba reciente de esta afirmación procede de un estudio sobre la política china del hijo único, que se introdujo en momentos diferentes en distintas provincias, dando a los investigadores la oportunidad de examinar su impacto. Como las familias preferían tener un hijo varón, una vez implantada la norma, la proporción de sexos se inclinó bruscamente hacia los varones. La economista Lena Edlund demuestra que dieciocho años después de la introducción de la política en cada zona, a medida que los niños sobrantes se convertían en hombres, los índices de delincuencia empezaban a aumentar. Y no precisamente de forma moderada: los índices de detenciones casi se duplicaron.El trabajo de Edlund hace hincapié en un punto crucial. Aunque la psicología masculina está más predispuesta al riesgo, éste sólo se manifiesta en formas antisociales de riesgo (como la delincuencia) en circunstancias de intensa competencia.
Huelga decir que la actitud masculina hacia el riesgo tiene numerosos inconvenientes. Cuando, desde la perspectiva de un padre de mediana edad, recuerdo algunos de los «juegos» que practicábamos de adolescentes mis amigos y yo, me estremezco. Destaca sobre todo aquel en el que intentábamos ser los últimos en cruzar la autopista delante de un camión que se aproximaba. (Yo nunca fui el último.) Sin embargo, la disposición de los hombres a jugarse la vida también tiene sus ventajas. Los hombres parecen estar más dispuestos a correr riesgos para salvar a otros, lo que tiene un perfecto sentido evolutivo dada la importancia relativamente mayor del cuerpo femenino para la reproducción.
Anualmente, el Carnegie Hero Fund, creado en 1904, concede medallas a civiles por actos de valor, concretamente por arriesgar la vida para salvar a un desconocido. En 2021, 66 de las 71 medallas concedidas fueron para hombres.26 Entre los medallistas de ese año se encontraban Lucas Y. Silverio Mendoza, de 19 años, que murió al intentar sacar a un niño de 3 años de un edificio en llamas, y Christian Alexander Burgos, de 17 años, que se ahogó tras salvar las vidas de un niño de 9 años y su madre. Podemos intentar reducir los inconvenientes de la mayor disposición masculina a asumir riesgos, pero también fomentar y celebrar los beneficios que puede aportar. Como escribió Margaret Mead: «Es esencial que las tareas del futuro se organicen de tal manera que, a medida que morir por la propia patria se vuelva inviable, arriesgarse por aquello que se ama siga siendo posible»"
—Richard V. Reeves. "Hombres - Por qué el hombre moderno lo está pasando mal, por qué es un problema a tener en cuenta y qué hacer al respecto"
Yo que no he tenido nunca un oficio que ante todo competidor me he sentido débil que perdí los mejores títulos para la vida que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución) que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos que me arrimo a las paredes para no caer del todo que soy objeto de risa para mí mismo que creí que mi padre era eterno que he sido humillado por profesores de literatura que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo que tengo vergüenza por actos que no he cometido que poco me ha faltado para echar a correr por la calle que he perdido un centro que nunca tuve que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo que no encontraré nunca quién me soporte que fui preterido en aras de personas mucho más miserables que yo que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces más burlado en mi ridícula ambición que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo («Ud. Es muy quedado, avíspese, despierte») que nunca podré viajar a la India que he recibido favores sin dar nada en cambio que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma que me dejo llevar por los otros que no tengo personalidad ni quiero tenerla que todo el día tapo mi rebelión que no he ido a las guerrillas que no he hecho nada por mi pueblo que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas y por otras cuya enumeración sería interminable que no puedo salir de mi prisión que he sido dado de baja en todas partes por inútil que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno que me niego a reconocer los hechos que siempre babeo sobre mi historia que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo que no lloro cuando siento deseos de hacerlo que llego tarde a todo que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas que ansío la inmovilidad perfecta y la brisa impecable que no soy lo que soy ni lo que no soy que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras que he vivido quince años en el mismo círculo que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado que nunca usaré corbata que no encuentro mi cuerpo que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros y de mí hasta el día del juicio final.
—Rafael Cadenas