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Por supuesto que como cada veinte de mayo desde que mi madre decidió que yo ya no iba a formar parte de su vida, volví a caer en el pozo de las miserias.
La última vez que me intenté acercar, por cuestiones de salud, ella explicitamente prohibió a sus allegados informarme cualquier novedad respecto a su estado, amenazandolos con cortar vinculo. Incluso hablando con una de sus amigas proclamó que si yo ponía un pie en el consultorio, ella misma se iba a encargar de tirarme por la ventana. En cuanto procesé la información, decidí que no merezco ese trato, por indirecto que haya sido, y elegí hacerme un paso al costado. Me resigné, fueron años de intentar distintas estrategias, terapia de por medio, analizando situaciones y buscándole la vuelta, empecé a entender que es imposible ayudar a alguien que no acepta que tiene un problema. Fue un antes y un después en mi vida, uno muy duro de afrontar. Aceptar que tu propia madre te odia sin conocer el motivo, sin un diagnóstico psiquiátrico qué lo avale o algo, es una experiencia que no le deseo a nadie en todo el universo.
A todos los que aún mantenían contacto tanto conmigo como con mi madre, pedí no vuelvan a hablarme de ella. La única noticia que no iba a permitir no enterarme era su muerte, y aunque eso no ocurrió aún, yo sigo enterándome de ella. La información aparece, sin buscarla. Y a pesar de que esto ocurrió hace ya casi tres años, justo el veinte de mayo, es decir, el día de su cumpleaños, recibo noticias de ella. Una de sus amigas de décadas me escribió para comentarme que mi progenitora estaba haciendo preguntas sobre mi aparición repentina durante esta situación crítica, y le dijeron la verdad: al menos 2 personas le confirmaron que yo estuve presente cuando la internaron, y se quedó muda.
La sorpresa me la llevé cuando recordé dos frases que me hicieron notar el avance en mi propia madurez emocional, a pesar del dolor posterior que sentí:
"que esperar de un burro más que una patada"
"no me dolió tanto la patada, sino el burro que me la dio"
La primera justifica, la segunda habla de decepción. El daño esta hecho, es irreversible aunque sane, la cicatriz queda para siempre, y toda acción tiene consecuencia. Me va a doler toda la vida, es mi madre de quien hablamos, y justamente por eso es que no estoy interesada en perdonarla tampoco, esa es su consecuencia. No merece mi perdón, no después de tantas muestras de desprecio recibidas, el rechazo continuo.
A pesar de todo, tengo la conciencia tranquila, le deseo lo mejor, salud, felicidad y abundancia. Como siempre, hice lo que pude con las herramientas que tenía. De todas formas, debo admitir que hace bastante tiempo fantaseo con decirle cara a cara un montón de cosas, mi versión más rencorosa y la sed de venganza lo piden a gritos, aunque sepa que es inútil. Lamentablemente cuando una persona tiene puesto el papel de víctima, es muy complejo comunicar un punto de vista sin estar midiendo cada movimiento para que el otro no se sienta atacado.
Me siento incomoda con el hecho de que no suelto el pasado, ni el pasado me suelta a mi. No se como interpretarlo. Entiendo que la repetición de este patrón es para aprender algo que quedó pendiente. ¿Será que finalmente lograré soltar el pasado? Me encantaría que ese sea el aprendizaje esta vez, aunque me intriga qué otra/s enseñanzas me deparará el destino. Lamentablemente el futuro es incierto y ocurrirá lo que tengan que suceder, no estoy en condiciones de sobrepensar respecto al futuro cuando claramente sigo aferrada al pasado.




















