Quiero compartir una breve -mentira, no es tan breve la huevá-experiencia, un poco mula, pero igual trae una reflexión media bacán.
Jamás he tenido ataos con los cuerpos. Cuerpo de carne que nos tortura a todos en una constante agonía. A veces el cuerpo es más que carne y te enloquece con distintas emociones y manías. No obstante, el cuerpo pleno y primitivo siempre se ha mantenido bajo múltiples e infinitos juicios morales. Esto lo podemos vislumbrar -pajeramente- en la invocación a la musa la cual consagraba las delicias de la lengua y bellezas de palabras: "Decidme ahora, Musas, dueñas de olímpicas moradas, pues vosotras sois diosas, estais presentes y lo sabeis todo" (Homero, Iliada). Mujer como beso virginal de los buenas pasares de la vida. Musa, musa y abstracción de la delicada y bella melancolía. No obstante, ésta misma concepción del cuerpo ésta bajo percepciones -me atrevo a decir- eugenésicas y patriarcales. Concepciones que se potenciarán hasta la ilustración, puesto que no cumple con promesas del ámbito de la mujer: seguimos siendo el sector que las luces no quieren iluminar. Lejos de la racionalidad, la mujer se le sigue considerando el deseo o lo natural. Ante esto, el feminismo puede adoptar dos posiciones: considerar que la discriminación a la mujer es un accidente punto ciego en la razón ilustrada que podría subsanarse a los principios de la ilustración, o bien la razón ilustrada es per se razón patriarcal: no es concebible sin la exclusión de la mujer de ámbito de lo público. Pero siendo objetivos, no hay racionalidad inocente en sus prácticas, por lo que sí la racionalidad ilustrada es un conjunto de prácticas de dominación, consumando y justificando la sujeción de la mujer una vez definido lo femenino como naturaleza.
Perfecto.
Hoy, 2017, país sudaca que se retuerce en las huellas que nos dejó el colonialismo, imperialismo y el patriarcado. ¡Ah! y nos dejemos de lado al amigo indiscutible del trío apocalíptico: el compadre capitalista. Hoy en día caminamos sobre publicidad que sólo acoge a la fotografía del cuerpo sin pelos, a la mina con unas tetas de reality y el compadre galán que la desea desde su posición de dominación. Esto es evidente, lo vemos todos los días en todas las malditas partes. Esa misma exposición desmesurada del cuerpo femenino nace desde el interés se vender y determinar a la mujer como objeto de deseo, y no sólo eso, es un objeto idealizado. Yo creo que toda mi generación -y claramente más- hemos crecido con la delicada inquitud de que nuestros cuerpos se balancean sólo entre parámetros de fealdad.
Malditas sean las inseguridades contemporáneas.
Ahora, estamos más viejxs. Quizá con las mismas inseguridades, pero con el conocimiento necesario para saber que las debemos eliminar desde la raíz.
Ahora, estoy más vieja. Y con varias inseguridades. Es por ello que quise sacar la seguridad sobre mi cuerpo de la manera más mula y fácil, pero que me ponía al límite con todos mis miedos y prejuicios: fotos en pelota. Una fotito por acá, otra por allá. Las subí, con un pudor de putamadre, pero las subí. Debo reconocer que la pasé bien sacándome fotos. Pura libertá para mis estrías y pelos en todo el cuerpo. Pura libertá para posar como quería y sentir deseo por mi performance de revista. Sentí, por un momento, que la libertad sobre nuestros cuerpos se había suavizado e incluso enamorado de los múltiples e infinitos cuerpos que están volando por los rincones xxx de internet.
Al rato, me sentí podrida. Mi libertad se había condicionado por el malestar del sexo universal. Mi expresión corporal jamás fue libre, siempre estuvo atada por los parámetros ideológicos de lo que es considerar un cuerpo de deseo, pero sin que éste fuese sexualizado ni encasillado por el objeto que se me etiqueta por ser mujer. No había manera de naturalizar mi cuerpo incluso cuando ya éste me gustaba. No había camino alejado del sistema ni de las poderosas estructuras de poder para que nuestros cuerpos de plasticina y juicios se desmonorarán.
Nuestros cuerpos siempre sarmoneados. Quizá debemos dejar de hablar de cuerpos y su doble vida que lleva con el erotismo -la cual siempre será observada bajos la mirada morbosa del sexo sexo-.
Así fue como llegué a la conclusión -nuevamente- que mi cuerpo -ningún cuerpo- jamás será deseo de otros, y no porque sea fofito y chico, sino porque estoy más que decidida en no buscar el deseo sobre él; aquél mismo ideal que ha torturado a la mujer desde hace más que la cresta. Prefiero quererlo, y quererlo caleta.
Mi cuerpo no deseado está empoderado. <3
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