Era enero y se había corrido la voz por toda la isla: un barco de China estaba por llegar al puerto. Mis vecinas alemanas y otros chicos del barrio se preparaban desde la mañana temprano para saludar a los marineros, que visitarían por dos días y dos noches Ushuaia. Mi mamá nos dejó ir porque iba Valeria, la más responsable de las hermanas alemanas, y porque era toda una experiencia ver un transatlántico, cuándo vas a volver a ver un transatlántico.
Nos encontramos a las ocho y media en la esquina de las doscientas viviendas. Yo tenía puesto un pantalón de corderoy marrón y un sweater de lana rojo con la letra M que había heredado de mi hermano mayor. Mi hermano mayor tenía puesto un jean con pitucones y un buzo gris con guardas azules. El sol ya se sentía fuerte; así es Ushuaia en verano, a veces, son las doce de la noche y todavía hay sol de mediodía. Cuando llegaron Marian, Valeria, Patricia y Gerard dijeron en tono serio: “En el centro, comentan que los marineros chinos ya pisaron tierra firme -dijeron así,"tierra firme"– y están caminando por la ciudad, es mejor que vayamos en bici”.
Nosotros no teníamos bicicletas en esa isla que fue nuestra casa por unos años. Nuestras bicis, una Aurorita roja de Mariano y una sin marca azul marino con rueditas que era mía, habían quedado en el balcón de la casa de Zapiola. Pero eso no fue un obstáculo para la aventura, las hermanas alemanas, que tenían un loro (Morgan), un papá con un dedo menos que fumaba pipa, una casa con chimenea, cuatro perros, chocolates importados, palitos chinos, una hermana que se había casado con un andinista en la cima del Monte Olivia, tenían, también, dos bicicletas para prestarnos.
Salimos en malón para el puerto, levantando tierra como en los dibujitos animados. Yo no sabía andar en bicicleta sin rueditas. Hasta ese entonces, me limitaba a tres o cuatro vueltas a la manzana por semana y alguna ida a la plaza de Belgrano R con mis abuelos, que terminaban trayendo la bicicleta que yo había abandonado a la altura de la tintorería japonesa de la calle Mendoza. No sé cómo pasó, pero pasó. Fue selección natural: por la calle de ripio, empecé a pedalear la bici prestada, uno, dos, tres, cuatro pedaleos, y me agarraba del hombro de mi hermano; uno, dos, tres, cuatro, cinco, ponía los pies en el suelo, porque perdía el equilibrio, el asiento era duro, me hacía doler la cola; una, dos, tres, cuatro, me caí. Nadie me había preguntado si sabía andar en bici y yo tampoco lo había dicho; tenía seis años. Patricia me ayudó, se puso a mi lado y dijo cuando sientas que perdés el equilibrio, agarrate del manubrio de la mía. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, Patricia y yo pedaleábamos a la par, Mariano me escoltaba, unos, dos, tres. Llegamos al puerto. Dos marineritos orientales me regalaron caramelos y unos billetes chicos y marrones que todavía conservo. Antes de volver, nos sacamos una foto todos juntos: los chinos, mi hermano Mariano, Valeria, Marian, Patricia, Gerard, yo, las bicicletas, el mar del sur, el transatlántico art decó de fondo.