Mi manifiesto más moderno
2. De la tristeza y los hombres que amé
Mi aroma siempre ha sido diferente; todo depende de la ocasión, el clima y las personas a las que veo. Sin embargo, a donde quiera que voy, aves hermosas me encuentran; aves hermosas, pero siempre con una de sus alas rotas, esperando ser sanadas.
Quisiera decir algo memorable de las hermosas aves que cuidé, a pesar de que fueron actos desinteresados y de que siempre he sentido que despierto solo en este mundo. No pudo ser, puesto que dichas aves echaron a volar demasiado pronto, ya fuera porque las espantaba o porque mi cuidado no era el adecuado. Pues siempre me he quedado sobre la tierra.
Los hombres que amé, mis hermosas aves, no solo dejaron una ruindad en mi corazón, también hicieron que cambiara mi forma de vestir, mi forma de hablar, todo aquello externo, con la oportunidad de poder conservar una de esas aves y, así, de pronto, un día ya no despertara solo en el mundo y pudiera vivir el amor feliz y el amor joven de Keats.
Un día, ninguna de esas aves volvió, y mi mente preguntó: “¿habré curado su ala?”. Fue entonces cuando caí en una crisis de identidad. En esa donde mis amigos me aconsejaban perder mi esencia por esas aves, y desperdiciar mi tiempo con ellas.
Todo fue muy rápido, y en un momento noté que también padezco una terrible crisis de identidad, una que me entristece, que me propina un dolor tan insufrible que apenas tengo fuerzas para quedarme sobre la tierra pensando que, de verdad, he despertado solo en el mundo.
Una de esas aves se llevó consigo algo muy valioso: mi amor joven de John Keats. Mi espíritu asumió que acaecía la destrucción siempre en silencio, siempre discreta; pues de niño me hicieron creer que hasta el más mínimo deseo sería un berrinche.
Por ello, dicha tristeza se esparció dentro de mí, cubriendo mi pecho y dejándolo con bordes que descienden a lo profundo. Es como cuando me identifico con el vacío: apagar la luz y no ver nada, pero aun así sentir intranquilidad.
Poema a mi hermosa ave herida
y la mirada llena de inviernos.
como quien recoge una promesa,
que el amor es un vendaje
en que pronuncio mi nombre,
que mis manos también sangran—
mirando el espacio que dejaron,
que no necesite ser salvada,