“¡Hey, tú!” con su teléfono sin batería y las calles casi vacías ante la cercanía del toque de queda, no le queda otra opción que llamar la atención de la persona que milagrosamente aparece en aquella fría noche. “¿Puedes ayudarme a llevarlo a la veterinaria?” preocupación tiñe su voz al esperar buena predisposición del ente ajeno, por que sus brazos no terminan siendo lo suficientemente fuertes como para cargar al viejo perro que, con una severa herida en su pata, yace en el piso tras ser atropellado por bestia humana que siguió en su camino como si nada.










