Ya debería poder escribir. Veamos.
En el último vuelo que tomé a Seattle, me tocó junto a una señora mayor, amable, que me contó que se la vive, igual que yo, micha y micha. Tiene dos hijos, uno allá y el otro acá. En Seattle vive no sé dónde. En Houston vive en Magnolia, cerca de mí. Venía leyendo algo. Le costaba la movilidad pero seguía fuerte.
En el vuelo de antier, me tocó junto a un techbro hiperactivo, altísimo, que se metía pastillas a la boca como si se estuviera metiendo cocaína. De hecho, en algún momento se paró al baño y volvió más agitado que antes. Cocaína. Antes de despegar, le había mandado un mensaje a una muchacha con nombre étnico, musulmán o indio, no tuve tiempo de corroborar, y le había dicho: "If wifi doesn't work, I'll go insane". En el camino, vine leyendo el libro de Juania Sueños (qué tremendo, por cierto) y él vino platicando con una inteligencia (qué rara frase, "una inteligencia", pero así fue: una inteligencia artificial; entre los dos armaban un informe de seguridad de no sé qué vergas). El internet se le caía a ratos y se desesperaba. Fidgeteaba (no sé cómo decir "tamborileaba", le entraba la temblorina) y clavaba la mirada en mi libro. Malditos techbros, entitleados, ni siquiera disimulaba.
Los poemas de Juania tienen títulos como "dismorphia", "sex beast", "undocumented"... En algún momento el techbro me pregunta, sonrisa amplia, consciente de su perfección occidental:
Can I ask you a question? What is your book about?
Me río, porque en esa pregunta está confesando su metichismo, y le contesto, de buenas pero sin gran interés: Trauma. It's a poetry collection.
Le enseño las fotos, las erasures, los collages.
Childhood trauma, and more. She was undocumented.
No sé para qué le digo esto.
Me mira sin quitar su sonrisa y dice "Okaaay".
Me quedo pensando en el superpoder que adquirí el día que dejó de importarme la validación masculina. Me liberó, es cierto, como también me liberó volver a usar ropa grandota, como en la infancia, y ademanes masculinos, como en la infancia. Sin embargo, también perdí una cualidad performativa. Y, a lo lacaniano, el desinterés es recíproco. De alguna manera medio intuitiva, medio mágica, pienso, el techbro sabía que su mandíbula cuadrada no tenía el menor efecto en mi persona. No el que tiene sobre la población normada. Hay algo ahí que me resulta más dificultoso. Era inconveniente para mí, sí, claro, sobre todo a la larga, pero la verdad que a veces era más fácil navegar con putifalda... ¿me explico?