“El fin del mundo está próximo”, comentaba con angustia la gente cuando se avecinaba el cambio de siglo. Pese a la profunda religiosidad que gravitaba sobre la sociedad, la gente no había dejado de creer en espectros, aparecidos y espíritus chocarreros; la superstición se mezclaba con la fe y el anuncio de un nuevo siglo, desataba un sinnúmero de extrañas profecías que aterrizaban en el lugar común: el fin de los tiempos. En el ocaso del siglo XVIII, una religiosa novohispana había tenido una terrorífica revelación: “El sábado de gloria, entre las diez u once de la mañana, unos cuerpos lampiños y sin cabeza, se situarían debajo de unos parajes sombríos que ya estaban destinados; entrarían á las ciudades sobre unos brutos ricamente enjaezados haciendo un ruido tan terrible que llamarían la atención de los vecinos, y más, de los viciosos; todos los que se familiarizaran con aquellos cuerpos se habían de poner como fatuos hasta el extremo de matarse unos á otros, decirse cuando menos mil dicterios, robarse, acabar con sus mujeres é hijos, y ser indecentes y escandalosos, hasta el grado de tirarse ellos mismos contra el suelo sin temer los porrazos ni la muerte”. La apocalíptica visión aterrorizó a la población, pues sin más, era el anuncio de que se avecinaba, ahora sí, el verdadero fin del mundo anunciado para la semana santa del año 1800. En la fecha señalada, un par de horas antes del medio día, la profecía se cumplió con una exactitud que erizaba los cabellos. Aparecieron en el horizonte las horripilantes criaturas: recuas de mulas y burros en cuyo lomo estaban colocados “cueros de pulque, que en efecto, son cuerpos de carneros sin cabezas y muy lampiños”. Caminaban lentamente haciendo gran escándalo con sus cencerros, sonido glorioso para los borrachos que, como embrujados, siguieron a los animales hasta las pulquerías en espera del apetecible y viscoso líquido. Bebieron durante horas y bajo su influjo dieron rienda suelta a las pasiones: pelearon entre ellos, insultaron a las mujeres, armaron la de San Quintín y en el punto culminante de la borrachera terminaron por arrojarse al suelo. Tal y como había predicho la religiosa, los “extraños seres” se habían apoderado de algunas almas novohispanas, pero el Mundo, seguía en pie. Profetas y profecías Profetas, cartomancistas, santos, religiosas, adivinos, brujos, chamanes, videntes, curanderos, psíquicos, nigromantes y toda una gama de excéntricos personajes han anunciado el fin del mundo desde que el hombre apareció en la Tierra. Hasta la primera década del siglo XXI hemos conocido cualquier cantidad de advertencias de que esto se acabó; algunas relacionadas con fenómenos cósmicos; otras con los cambios de siglo y algunas más surgidas de sueños y visiones “proféticas”. De ese modo, la humanidad ha conocido las profecías de la gran pirámide en sus distintas variantes; las de la temible esfinge, las profecías mayas y de otros pueblos antiguos, las visiones apocalípticas como las de san Juan o san Malaquías, pasando por el renacimiento con Nostradamus -el más popular de los profetas del fin del mundo-, o las más recientes lanzadas a lo largo del siglo XX, como los mensajes de la virgen de Fátima, las psicografías de Benjamín Solari Parravicini o las profecías del psíquico Edgar Cayce. Las visiones y profecías han impactado en el imaginario de la sociedad occidental, cuando su interpretación –eminentemente subjetiva- cuaja con cierta lógica y coherencia dentro de la realidad. Uno de los textos de Nostradamus, señala: “Antes de que esto se produzca los cielos mostraran señales anunciadoras, un gran meteorito o cometa aparecerá en los cielos… habrá grandes transformaciones climáticas, donde llovía no lloverá y donde no llovía habrá grandes inundaciones”. La profecía encontraría perfecto acomodo dentro de la situación actual del Mundo, sin embargo, la Tierra muestra fehacientemente que a lo largo de su evolución geológica han ocurrido periodos que se adaptarían también a la misma descripción profética. La interpretación permite todo. El Apocalipsis de San Juan, último libro del Nuevo Testamento es un escrito de carácter profético, lleno de símbolos, metáforas y recovecos literarios que anuncia que en algún momento llegará el fin de los tiempos, pero sin señalar la fecha, el día de la semana y la hora en que ocurrirá. La simbología se ha prestado a un sinnúmero de interpretaciones; incluso se ha querido establecer que desde su escritura se anticipaba la aparición de apocalípticos personajes como Hitler, Stalin o Napoleón. San Malaquías (1094-1148), obispo católico de Armagh, Irlanda, religioso profundamente comprometido con la iglesia y la propagación de la fe, pasó a la historia por una serie de profecías que dio a conocer, luego de una larga peregrinación a Roma, a la que encontró en franca decadencia. Dejó 111 lemas proféticos con los que, según sus seguidores, describía rasgos de cada uno de los papas que asumirían el trono de Roma desde la época de San Malaquías hasta nuestros días. La interpretación no puede ser más amplia; San Malaquías habría escrito hace siglos, entre muchas otras frases, ésta: Pastor et nauta (pastor y navegante), con lo cual se refería al papa Juan XXIII (1958-1963) quien, curiosamente, había sido pastor en una ciudad marítima por excelencia, Venecia; o bien, también escribió: De Medietate Lunae (De la mitad de la luna), para referirse a Juan Pablo I (1978), quien nació cerca de Belluno (luna bella) y su nombre, Albino Luciani significaba luz blanca, como la que refleja la luna. De acuerdo con San Malaquías, Benedicto XVI, será el último papa, antes de que llegue al pontificado Petrus Romanus que anuncia la última persecución de la iglesia y el juicio final. En el siglo XX, Benjamín Solari Parravicini alcanzó cierta notoriedad -sobre todo dentro de los círculos milenaristas que insisten desde hace siglos que el Mundo está por acabarse-, con sus famosas “psicografías proféticas”, una serie de visiones psíquicas que dibujaba a través de la llamada escritura automática. Nacido en Buenos Aires (1898-1974), Solari dejó más de 700 psicografías que al igual que otros videntes o profetas, encontraron acomodo en la realidad una vez que se les daba una interpretación manipulada. Luego del atentado terrorista sobre el World Trade Center de Nueva York, en septiembre del 2001, comenzó a circular la versión de que Solari lo había profetizado en una de sus psicografías dibujada en 1939. Sobre una estilizada ilustración de lo que podría ser la estatua de la libertad, rodeada de algunos rascacielos, el vidente escribió: “La libertad de Norteamérica perderá su luz, su antorcha no alumbrará como ayer y el monumento será atacado dos veces”. Aunque Solari se refería a la estatua de la libertad, como se podía mostrar en su dibujo, se ha querido interpretar que la estatua era sólo un símbolo y que verdaderamente pudo prever que el ataque sería sobre las torres gemelas aún antes de ser construidas. Solari parecía más un analista de la situación mundial que un vidente o un profeta. En 1960 escribió lo que sus adeptos, señalan hoy, es el anuncio de una guerra nuclear. “Llega la atómica sin solución y estallará al fin. No es verdad la actual actitud de las naciones al decir y hablar de Paz. Ellos comercian con la guerra organizada. Ellas atemorizan con el hongo azul creyendo que jamás se llegará a las manos, pero el recio amarillo dirá: Va, y en ofuscación, irá, después final de finales.” Sin embargo, su psicografía encuentra mejor explicación en el año en que fue escrita, 1960, que ahora. Por entonces el Mundo vivía bajo el periodo de la guerra fría, en el cual la guerra nuclear era una amenaza constante en la vida cotidiana. Psíquico norteamericano, Edgar Cayce (1877-1945), era reconocido como clarividente y estudioso de la reencarnación. Una serie de sueños que dejó por escrito parecían profetizar acontecimientos importantes en el siglo XX. Una de sus visiones señala: “A través de Rusia, viene la esperanza del mundo. No por relación con el comunismo, no, sino la libertad…. ¡la libertad! Cada hombre vivirá para su amigo. Y este principio saldrá de Rusia. Claro que esto tardará años en hacerse realidad. Sin embargo, de Rusia surgirá la esperanza del mundo. Ya que, esos regímenes que desean reglamentar no sólo la vida económica de la gente, sino su vida mental y espiritual, no pueden durar largo tiempo.” Sus adeptos interpretaron esta profecía, lanzada en la primera mitad del siglo XIX, como el anuncio de la caída del comunismo, pero bastaba tener algo de conocimiento de la situación mundial para saber, desde los años veinte, que se avecinaba un enfrentamiento franco entre el comunismo y el capitalismo, y que por las propias contradicciones internas de la Unión Soviética, a la larga era más factible el triunfo del capitalismo liberal. Cayce incluso se atrevió a decir, que en un futuro próximo emergería la Atlántida de las profundidades del mar. Si bien Michel de Nostradamus (1503-1566) publicó su obra Las verdaderas centurias astrológicas y profecías en 1555, y a lo largo de los siglos se han imprimido decenas de traducciones e interpretaciones, el mundo lo conoció y popularizó a raíz del estreno del documental The man who saw tomorrow (1981), del director Robert Guenete –en México se conoció como Las profecías de Nostradamus-, cuya mayor atracción junto con la narración de las cuartetas del profeta adaptadas a los principales acontecimientos del mundo desde el siglo XVI, era la presencia del mismísimo Orson Wells, como conductor de la cinta. El documental combinó el excéntrico carisma de Wells, con pietaje de momentos históricos del siglo XX y recreaciones de acontecimientos de otras centurias, así como dramatizaciones donde se podía apreciar a Nostradamus, con la media luz que le proporcionaban un par de velas, escribiendo incansablemente sus profecías. Los creyentes en Nostradamus afirman por completo que vaticinó la caída de Luis XVI, la elevación de Napoleón –de quien dijo sería uno de los tres anticristos que vendrían a la Tierra antes del fin del mundo, el segundo sería Hitler y el tercero está por venir-; también afirman que pudo divisar el asesinato del presidente Kennedy. Nostradamus profetizó que una gran guerra sobrevendría en 1999, desde el Medio Oriente y luego el Mundo entraría en mil años de paz. Entre profecías y visiones fallidas o interpretaciones a modo, el único denominador común que une a estos videntes o profetas del fin del mundo, es que todos, en alguno de sus escritos hablan de un cambio climático importante que transformará la faz de la Tierra –como muchos otros que ha sufrido el planeta en millones de años. La verdad del perogrullo. Profecías a la mexicana México también ha aportado una que otra profecía que anunciaba la desaparición del hombre, sobre todo en los cambios de siglo o ante un fenómeno natural que amenazaba a la humanidad con una hecatombe. Según cuentan algunas crónicas, los llamados “presagios funestos” de Moctezuma fueron una serie de sucesos atípicos, ajenos a la cotidianidad del imperio, que sorprendieron a propios y extraños. Ocurrieron en los últimos años del reinado de Moctezuma y supuestamente anunciaban el fin de los tiempos del imperio azteca. Fueron ocho los presagios. El avistamiento de “una espiga de fuego en el cielo”, es decir, un cometa que se vio por el Oriente; un incendio sin causa aparente que cubrió en llamas el templo de Huitzilopochtli; un rayo que cayó sobre el templo del dios Xiuhtecutli, en medio de una llovizna, pero lo relevante es que no se escuchó ningún trueno; una lluvia de estrellas que se movían del Oeste hacia el Este; una marejada –lo cual no sucedía en el lago de Texcoco-, que inundó parte de Tenochtitlan; la aparición del espíritu de una mujer que por las calles de la capital imperial dejaba escuchar un lamento: “Hijitos míos, tenemos que irnos lejos”, “Hijitos, ¿a dónde los llevaré?” –de ahí surge la leyenda de la Llorona-; la captura, en el lago de Texcoco, de un extraño pájaro que parecía grulla. Se lo llevaron a Moctezuma y según refieren, la cabeza del pájaro tenía una especie de espejo donde el emperador vio jinetes, cabalgando en una especie de venados sin cuernos, y en actitud de combate, y cuando llamó a sus acompañantes a que lo vieran, la extraña visión se desvaneció y por último, la noticia de que varios súbditos vieron creaturas bicéfalas, especies de monstruos que luego desaparecían. Ciertos o no los presagios, de cualquier forma el imperio azteca vio el fin “de su mundo” en 1521. Con la aparición del cometa Haley en 1910, se creyó que terminaba el Mundo, e incluso, algunos vivales hicieron su agosto ofreciendo pastillas anticometa, para evitar que los gases tóxicos provocados por el cometa envenenaran a la humanidad. En 2012 esperábamos ansiosos el fin del Mundo, porque los súper increíbles sabios mayas sabían cosas que el resto de los mortales desconocíamos, y sin embargo, ni el regreso del PRI a Los Pinos significó el fin del Mundo, aunque sí para muchos mexicanos, hoy desaparecidos. No creo en profecías, ni agoreros del final de los tiempos, tarde o temprano todos tendremos nuestro propio fin del mundo y en primera fila. Pero si hay que creer en algo, personalmente me quedo con una cita de la famosa “tía de los dichos” –mi tía Beta-, a quien le llegó su fin del mundo en la década de 1980, pero que durante la Crisis de los misiles en octubre de 1962, cuando parecía inminente el fin, dijo: “Avísenme si se va acabar el mundo, para ya no lavar los trastes”.