La trilogía Before y lo efímero
Hablando de la trilogía Antes del amanecer (Before sunrise, 1995), Antes del atardecer (Before sunset, 2004) y Antes del anochecer (Before midnight, 2013), todo el mundo me dice lo mismo: “la primera me gustó, las demás…”. Pero yo creo que ese es precisamente el objetivo.
Antes del amanecer nos presenta a Jesse y Celine, dos extraños que se conocen en un tren y deciden bajarse juntos en Viena, donde darán un paseo y charlarán durante horas hasta el siguiente tren, a la mañana siguiente, momento en el que tendrán que separarse. Antes del atardecer nos cuenta el reencuentro de estos dos protagonistas nueve años después en París, y se repite la fórmula narrativa del paseo, solo que esta vez permanecen juntos. Por
último, Antes del anochecer, aunque tiene un ritmo un poco distinto, es muy parecida a las anteriores, y a la vez muy diferente.
¿Por qué a la gente le gusta tanto Antes del amanecer y tan poco Antes del anochecer? Por el mismo motivo que a los propios personajes les gusta la situación de la primera película y les incomoda la de la tercera. En Antes del amanecer, como ya he dicho, Jesse y Celine pasean por Viena durante horas, teniendo conversaciones profundas, banales, contando anécdotas, hablando de la vida… en resumen, conociéndose. Esto es lo que hace que ambos se enamoren. La conversación empieza desde que se bajan del tren y de aquí en
adelante tenemos dos cosas que nos llaman la atención: la ausencia de música en gran parte del metraje y los planos de seguimiento largos, y ambas cuestiones están relacionadas. La película transcurre casi en su totalidad en tiempo real, lo que vemos es un largo paseo con una larga conversación, con planos muy largos que siguen a los personajes de frente y uno al lado del otro (esto es determinante en la percepción) en los que casi nunca les vemos el cuerpo entero. Cuanto más corto es el plano, más cerca estamos de ellos, más íntima es nuestra interacción, tanto como la suya. Estamos cerca, les seguimos
(por detrás, por delante), nos paramos cuando ellos se paran, prácticamente podemos ser partícipes de la conversación con esa lluvia de matices, ese choque de ideas. ¿Y por qué no hay música? El paseo en sí y el constante flujo de palabras ya marcan un ritmo. Variar el más mínimo detalle resultaría extraño: por ejemplo, si los personajes estuvieran quietos, el ritmo sería distinto. Si percibimos la conversación como un frenético cambio de tema y un bombardeo de información es, en parte, porque los personajes no están quietos. Por otro
lado, aunque en un filme nunca escuchamos la música de fondo conscientemente, en este caso la ausencia de ella nos permite concentrarnos más en las palabras, que juntos con los pasos, marcan el tempo de lo que sería la canción de sus voces.
En esta película tenemos una de las escenas más románticas que he visto nunca, y es cuando Jesse y Celine escuchan música en la tienda de discos. En esta escena sí tenemos música (además diegética, es la que sale del vinilo que pone Jesse). Aquí los protagonistas están en un espacio pequeño, ambos muy juntos y escuchando la canción, todo lo necesario para crear una atmósfera íntima. Es un minuto que se hace eterno, tanto para nosotros como para ellos. Ambos quieren mirarse, cuando Jesse mira a Celine y Celine le devuelve la mirada, él la aparta rápidamente, y lo mismo a la inversa. Aquí no hay conversación, solo música (con un ritmo más lento) y las ganas de mirar al otro sin ser descubierto. La tensión es tal que se puede tocar.
Jesse y Celine deciden no volver a verse, ni escribirse, ni ponerse en contacto, porque una relación a distancia sería doloroso, pero cuando llega el momento de separarse el deseo puede con ellos y acuerdan verse en esa misma estación exactamente seis meses después, cosa que no sucederá.
Antes del atardecer transcurre nueve años después. Jesse escribe un libro basándose en su encuentro con Celine y, durante la presentación en París, ambos se reencuentran. Esta película en su totalidad nos muestra el tiempo real que Jesse y Celine pasan juntos, sin elipsis, sin saltos, sin demasiados cortes en el montaje, es decir, no nos ocultan nada, lo que vemos es lo que hay, y gracias a esto cada vez los conocemos más a la vez que ellos se conocen más. Repetimos la fórmula del largo paseo y la conversación, solo que esta vez
con un toque más pesimista: los protagonistas han madurado. Incluso a niveles de espacio encontramos algunos paralelismos con la primera película (se sientan en un café, dan un paseo por un parque…). Recuerdan su primer encuentro nueve años atrás mientras se cuentan lo bien que les va ahora con sus nuevas parejas, pero cuanto más hablan, cuanto más se conocen, más valor ganan para confesarse que no son tan felices como decían en
un primer momento.
¿Y la música? Bueno, hacia el final de la película Jesse le pide a Celine que le cante una de las canciones que ha compuesto y ella lo lleva a su casa. En las escaleras del edificio repetimos la escena de la tienda de discos, pero sin música: ambos suben despacio por las escaleras, mirándose de vez en cuando, sonriendo, de nuevo en una atmósfera cargada de deseo. En el apartamento, Celine canta con la guitarra un vals que ha compuesto inspirándose en Jesse, después pone música y la película se acaba con la decisión de Jesse de perder el avión que le llevaría de vuelta a su vida en los Estados Unidos y quedándose con Celine. Hablaremos de esto más tarde.
Antes del anochecer tiene un ritmo distinto. La película nos cuenta unas vacaciones en Grecia de Jesse y Celine, nueve años después, casados y con dos hijas. Ya no transcurre en tiempo real, hay algunos saltos de tiempo y espacio, pero seguimos manteniendo, en cierto modo, las conversaciones entre ellos, aunque ahora son menos. La escena del hotel es la más incómoda de la trilogía. Mantenemos el ritmo de una larga conversación, es decir, los personajes son los mismos, pero el montaje, la relación entre ellos, es distinto, más frenético, más violento. Si en las dos películas anteriores el formato conversación se nos presentaba en un plano frontal muy largo, con los personajes uno al lado del otro y caminando lentamente, en este caso la conversación (que más bien es una discusión), se nos muestra en constantes planos-contra-planos, con los personajes enfrentados y en muy pocas ocasiones en el mismo plano, en muy pocas ocasiones de acuerdo, y caminando constantemente de un lado de la habitación al otro. Ambos se dicen todo lo que no soportan del otro y la pelea acaba con Celine diciéndole a Jesse que ya no le quiere.
En esta película la música aparece en contadas escenas de Jesse y Celine y, sobre todo, siempre que aparecen sus hijas. Si recordamos las situaciones en las que aparece la música a lo largo de toda la trilogía (en la tienda de discos que visitan juntos, la canción que le canta Celine a Jesse y posteriormente el disco de Nina Simone que suena cuando Jesse decide quedarse en París, y en las escenas en las que aparecen sus hijas), podríamos decir que la música simboliza la unión entre ellos, sobre todo en las niñas (¿qué une más a dos
padres que sus hijos en común?). Aparece en las escenas en las que están juntos, en las que se quieren.
Nada en la producción de esta trilogía es casualidad. No es casualidad que cada película se estrene nueve años después de la anterior (pues es el tiempo que tardan en reencontrarse Jesse y Celine). No es casualidad tampoco que por título lleven un fenómeno efímero: amanecer, atardecer y anochecer son momentos que duran unos pocos minutos, son preciosos en su existencia pero al poco tiempo desaparecen. Por ese mismo motivo nos gusta más Antes del amanecer que Antes del anochecer, porque mientras que en la primera
nos muestran el encanto de un encuentro efímero, místico, íntimo y finito, en la última nos muestran el deterioro de eso que estaba destinado a quedarse en un breve momento en el tiempo y que al estirarlo pierde su magia. En Antes del anochecer nos dan muchas pistas: mencionan bastante el carácter efímero del anochecer, el personaje de Anna admite que sabe que algún día ella y su novio no estarán juntos, incluso Celine al inicio de la película advierte que será el principio del fin. Cada película nos gusta menos que la anterior porque sabemos que va contra natura alargar algo que era bonito en su finitud. El encanto de lo efímero reside, precisamente, en es que es efímero.