Mejor sola que mal acompañada, me dije alguna vez como quien se cura con frases prestadas.
Pero la soledad no negocia. No es una decisión, es un huésped que no entiende de despedidas.
Me sigue. No como sombra: como memoria.
La llevo en la piel incluso cuando río, en la forma en que asiento sin ganas, en ese silencio que aparece aunque haya ruido alrededor.
La veo con los ojos cerrados. Porque ahí es donde vive de verdad.
No afuera. Adentro, donde no hay puertas.
Y cuando intento dormirla, me despierta igual.
Me habla. No con ternura. Con precisión.
Con la voz exacta del pasado repitiéndose sin cansancio, como si aún tuviera algo que corregir en mí.
—Eiran Vale








