Una vez vi un pedacito de una serie de la bbc sobre este personaje de Charles Dickens. Fue hace muchos años, quince o más, y medio recuerdo haber visto una escena en la que Fagin, el viejo (no sabía yo que judío) les enseñaba a unos chiquillos a sacar carteras con dedos de seda. Nunca había leído esta novelita y apenas sabía algo del personaje. Hace poco me cayó el libro en las manos y no es lo que pensaba. Yo creí que la historia era más callejera, más cruda, más hostil; es lo malo de tener referentes como Luis Buñuel y los años cincuentas narrando la crudeza infantil en una ciudad que aspiraba a subirse a la modernidad pero nunca lo consiguió.
En varias páginas me tuve que saltar algunos párrafos o pasar la vista muy en modo escáner, porque los desmayos del niño, de la señorita que luego iba a pasar a ser su medio media hermana y las palideces y los asombros y todos los vahídos que hacen palidecer a las frágiles criaturas, me parecieron un poco caricaturescos. Fue la traducción, el cambio de siglo, el cambio de luces…no sé, pero lo acabé más por disciplina que por deleite. Sí padece el chamaco, claro, y aflora la explotación infantil y la miseria, pero siento que me faltó más espesor en el caldo.
La violencia de género es una epidemia y empieza desde casa.
El pasado 8 de marzo salieron una vez más a las calles contingentes de mujeres (y algunos hombres) a reiterar que se les sigue matando y agrediendo de diferentes maneras. Hay gente que manda cadenitas de felicitación por el whats a todos sus contactos femeninos. Hay quienes no dicen nada y quienes se molestan y piden que también haya día de los hombres. Para este último caso no vale la pena gastar palabras porque hay que vivir con la cabeza encajada en la tierra para hacer ese tipo de peticiones.
¿Vale la pena salir a las calles a marchar ese día? Como todo en la resistencia, hay elementos. La resistencia es un porceso dilatado que se compone de muchos ingredientes. Salir a visibilizar agrega; no resuelve, por supuesto, pero manifiesta y evidencia. Es un paréntesis en la larga lista de tareas que debemos realizar-con la conciencia de que los resultados no son mágicos ni inmediatos.
Hace unos días leí que en algunas sociedades, en algunos sectores y en algunas cabezas, algunas personas están entendiendo que los hombres no son el ombligo del mundo ni los reyes por derecho propio. Uno de esos cambios se está reflejando en la lengua, por ejemplo. Por ahí se escucha: no es la novia de ni “la vieja” de... es la compañera de; o mejor, éste es el compañero de ésta, desplazando del centro al mestizo equis ye.
Acá dejo una pista de Envidia, banda punk-crust-ñerita en proceso de rearmarse.
Si hay una persona que sabe del tema, es Anabel. Ni siquiera puede vivir en México debido a todo lo que tiene para probar los vínculos gordos del narco y la política. Sigue el teatrito del Chapo en Nueva York
Muchos bebedores son nacionalistas en seco; en mojado, peor. Siempre creyeron que una Victoria o una Corona eran tan mexicanas como el nopal... Sin embargo... "...Tras el fallecimiento de su abuelo, el magnate español Félix Aramburuzabala, exdueño y miembro fundador de la cervecería Grupo Modelo, Aramburuzabala Larregui tomó las riendas de la fortuna familiar,…"
El amor es más frío que la muerte (Liebe ist kälter als der Tod, 1969). Rainer Fassbinder.
Sí que se nota que es su primera película. Trama policiaca, con malo, más malo, prostituta, un turco también malo (claro, para variar), banco, polis, pum, tiros y huída final. Rainer parece estar calando una y otra vez el primer plano en la cámara. Miradas fijas a la lente, demasiadas veces. Todo parece demasiado, menos los cigarros. Siempre están con uno en la boca, siempre, en cada escena, y si se acaba sacan otro, y si uno es baleado, el que le disparó va y lo esculca para sacarle...¿la cartera? ¡No! La cajetilla de cigarros y en seguida encender uno. Por qué no. ¿Al editar la cinta no vieron que eran demasiados cigarros todo el tiempo, sin venir a cuento? ¿Sólo es notorio ahora, cincuenta años después? Esta ópera prima del Fassbinder bien se podría titular ¿No traes un cigarrito? La trama es atractiva pero hay que tener mucha paciencia; los planos fijos y los ritmos muy lentos demandan mucho oficio, mucho dominio, mucho callo, porque bien explotados arrojan perlas. Aquí no.
En el afán de usar lo más posible el inglés en la publicidad, cometen humoradas como esto: un brasier llamado “Date”. Claro, el publicista quiere que a huevo lo leamos.en inglés y en ese idioma lo entendamos. En México, ya tiene varios años que el verbo dar, con pronombre te, es la franca invitación a que goces de lo que se te ofrece: una cerveza, una fumadita, comida, etc. En este caso, el brasier y lo que contiene.
Ponerle Mía a una niña en un país hispanohablante, y más en México, donde mueren miles de mujeres al año sólo por serlo, es ponerle piedras en el camino. Y luego encima ¿Nichole? Hay Chole, que sale de Soledad, otro nombre más anatema que regalo de parte de los padres. Pero, ¿Nichole? ¿Nicolasa les da vergüenza? ¿Sienten que esa hache es algo fino, de categoría? Pobre niña. Lo malo es que ya apareció y vuelve al seno de esa familia que le dio dos nombres más desatinados que salir en mocasines con bermuda de futbol.
Con la fiebre futbolera, se nos antojó en casa ver los partidos del mundial, pero recordamos que la tele no tenía antena. La primera que vi en una ferretería era como una tableta apagada, un poco curva y puesta en vertical. Cuando le pregunté a la señorita que si necesitaba ponerla en el exterior, me miró feo, arrugó la nariz y negó con la cabeza. Me dijo que no era como las exteriores, que simplemente era una antena. Las de conejo todavía existen pero son de la prehistoria. Esa que parecía tableta estaba muy cara para lo que la quería: ver los partidos del mundial. Más tarde, en un puesto afuera del metro, vi unas mucho más baratas que eran sólo un cilindro de pvc. Tampoco se debía poner en el exterior y el vendedor también arrugó la nariz cuando se lo pregunté.
Colocada la antena, vi de nuevo la tele “normal” después de varios años. Hay cosas diferentes. Cuando se pasa de un canal a otro hay un espasmo negro que dura nada, pero parece mucho. Alcancé a percibir que hay una cadena de canales públicos que pasan contenidos más o menos decentes, o al menos no son un microbusero con flequito, un comediante que no debe decir culo o culero y dice hulero y con eso quiere hacer reír, pobres entrecomillados ridiculizando a pobres de a de veras, etc. Los bodrios de siempre ahí siguen, acompañados de comerciales quita grasa, pero ahora en decimales: telenovelas y programas tipo “todos siéntense aquí en el sofá y hablen al mismo tiempo” en el canal tal punto tal; el tres ya existe y es de los Vázquez Raña y descendientes, con contenidos igual de sosos que los de los antiguos dos jeques de la televisión mexicana. En el once punto algo pasa lo mismo que en el once punto otro, pero diferido por treinta segundos en el espacio-tiempo. La UNAM por fin tiene su canal en tele abierta después de la birlada que le dio Televisa hace muchos años. Lo tiene ahora que los universitarios ya no ven la tele.
Los partidos son narrados como siempre por los de siempre. El tubito de pvc que trabaja como antena me da escozor. Tenerlo ahí conectado es como tener la puerta de la calle sin seguro; una vez acabado el mundial, apenas encienda yo la tele (que ya no era tal porque no tenía antena que la comunicara con el mundo exterior) se van a meter en tropel Azcárraga, Salinas, Vázquez-Raña, la SEP, el INE, el quita manchas, el quita arrugas, el quita pon y los boletines disfrazados de noticias. Todos junto a mí, sobre mí y dentro de mí.
Un grupo de científicos que orbita un planeta al borde de la guerra prueba un dispositivo para superar una crisis energética, pero acaba enfrentando una realidad sombría.
Fracasé en mi segundo y en mi tercer intento por ver una serie nueva de ciencia ficción de Netflix: La paradoja Clover…algo. Me llamó la atención el cartel promocional y la puse en mi lista de pendientes. Apenas pude, comencé a verla. Luego de unos minutos, vi que iba por el mismo camino que la gran mayoría de historias (casi de cualquier género) para consumo masivo: apelar a la sensiblería, particularmente, en la forma de relaciones personales como motor para la acción.
No tiene fin la lista de películas en las que se salva al mundo por una novia, una esposa, una hija, un hijo anodino o por alguna idea cursi de familia (hetero, homo, de él a ella o viceversa). Aun hablando de ciencia ficción palomera, una veta del cine en la que cabe y se acepta lo que sea desde la comodidad del sofá, aun así, me fue difícil llegar al minuto 30 del primer episodio.
Recientemente leí que homenajeaban al autor de Tintín, Hergé. Un homenaje polémico porque parece que no acaba de quedar claro si era o no era simpatizante del nazismo. Cuando pudo no se deslindó, pero tampoco lo enarbolaba, pero hizo números muy racistas y colonialistas, etc. En esa nota, se analiza al autor y a su personaje y se suma a la sospecha de su frío nacional socialismo el hecho de que en los más de cuarenta años que duró el cómic, apenas aparece por ahí una mujer en un papel secundario y el asexuado niño periodista no tiene ni familia ni necesidades de novia o algún que ver con dama o caballero…nada. Eso que unos ven como indicio de nazismo, a mí me parece centrarse en el punto; a lo que iban, tanto autor como personaje. ¿Para qué adobar con un enredo amoroso una trama de ciencia ficción? A nadie le interesa si la pilota de la nave que está zarpando a los confines de etecé, para una misión muy importante, tiene un par de moquientos chamacos a los que extraña y acaricia en una pantalla plana y un pelele chillón en forma de marido. Eso no abona, es prescindible. El punto es la nave, la misión, el por qué, el mosntruo, el salvamento o la extinción de la humanidad, no si la protagonista tiene novio o no, si tiene escuincles o no, si está enamorada o no…eso sobra. En fin, que es imposible que los guionistas se deshagan de la farragosa necesidad humana televisera de ver amorsh y pasión y más leladas melosas en una trama en la que la vida sentimental estorba.
Para cerrar: Lovecraft (que me cae tan bien como su amado Jorge Tercero de Inglaterra), por ejemplo, lograba muy buenas historias sin necesidad de que el lector se enterara de si el protagonista en turno tenía o no tenía novia (o si la quería mucho, poquito o nada).
La combinación celular + redes sociales metió a la gente de la tercera edad de lleno en la tecnología... pero para prodigar bendiciones y videos de gatos. Hasta los más relapsos somos colmados de bendiciones casi cada día.
“When my skin feels good, I feel happy: my skin is a miraculous six-pound organ that keeps my blood and muscle from spilling all over the C train, and I’d like to treat it well. At the same time, it’s impossible to ignore that the animating idea of the beauty industry is that women should always be working to look better, and that means, in our culture, that we should always be working to look as young as possible—shielding ourselves from what Susan Sontag, in her essay ‘The Double Standard of Aging,’ calls the 'humiliating process of gradual sexual disqualification.’”
—Jia Tolentino
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