“La próxima vez, o cagamo’ a trompada’ a alguien o le robamo’, ya fue”, gruñe a su teléfono destartalado acostado en su cama. Sus ojos achinados se entrecierran mientras el aceite de 1920 de las papas fritas del puestito de Plaza Rocha y los litros de cerveza se mezclan revolucionando su panza. Se hace un bollito para un lado de la cama y se entrega al sueño que, esta vez, llega sin preguntar y sin histeriquierle.
Tonga me reveló una vez que en su otra vida fué un perro. Y yo debería haberle creído cuando noté la manera en la veía a Leia mientras ella intentaba (y fracasaba miserablemente) establecer a toda costa un vínculo con él. Su mirada curiosa y desconfiada por encima de la taza de café hacia la pobre gata, mientras ella se estiraba en la mesa, debería haberme bastado para confiar en su premisa. Pero no fué hasta después de unos días que pude entender lo que me había dicho esa noche.
Camina sereno pero apurado, como si estuviera llegando siempre tarde a algún lado pero mira a los ojos a los que pasan y mueve la cola a los que se acercan a abrazarlo o acariciarlo. Sus ladridos pueden ser acordes de una criolla o palabras con voz ronca y cansada, eso sí: siempre fuertes, siempre consistentes, siempre en ese tono que lo sentís en el estómago y no en los oídos.
De primera puede que te mida. Te rodea, te ventea, te empuja un poquito con su hocico húmedo (por su eterna sinusitis); te dice un par de chistes, te empuja en algún pogo sin querer por el uso irracional que hace de sus brazos y de su cuerpo, te convida cerveza y te observa sin que lo notes. Está siempre tan alerta que los movimientos bruscos lo asustan: una campana, un estornudo, una puteada fuera de lugar. Su cresta se eriza cada vez que una injusticia se acerca a buscarle pelea. Si siente que alguien de su jauría es atacado, es capaz de torear y de batirse en una pelea a mordidas limpias sin importale las heridas que pueda llegar a conseguir. Y si me pedís un consejo, solamente quiero que sepas que a los animales no se los molestan cuando comen. No digas que no te avisé.
Robar para Tonga no solamente es mirar en las mochilas de los fisuras que lo vienen a molestar o llevarse vasos de un bar; él roba tiempo de donde no existe, roba melodías de cualquier gotera (a pesar de que las odie); roba sonrisas con cualquier ocurrencia; roba verdades y las hace propias; roba consejos y después los regala, roba su propia plusvalía ateniendo boludos en un buffet; roba pensamientos que no sabías que tenías y que de repente ya no son tuyos.
Y cuando no puede robar y hacer propio ese objeto que tiene en el medio de sus gruesas cejas, gruñe y sale a atropellar: no hay grito de advertencia que pueda parar el incendio en sus ojos, en su cabeza, en lomo erizado. No le tires del collar de piedras e hilo marron que lleva colgado, te va a arrastrar metros hasta que tus manos se quemen y por acto reflejo te sueltes; dejalo ir, dejalo que se estrelle y que le duela, que se revuelque en una polvareda confusa donde lo único que se puede ver son sus blancos colmillos y su grande boca entre empujones y tironeos.
Pero no te vayas, quedate ahí. Quedate ahí esperando que vuelva. Porque vuelve. Puede volver enseguida y puede tomarse su tiempo en considerar ganada o perdida la batalla. Puede venir caminando ligerito o puede pausar su paso como si estuviera caminando en una tarde de primavera en Casares. Puede venir lastimado o puede salir ileso, pero siempre va a volver bufando, quejándose de algo o de alguien. Y ahí, en ese momento es donde tenés que prestar más atención: te tenés que agachar, mirar sus heridas y pasar las yemas de tus dedos despacito para que no se asuste, contarle que van a ir y que vas a limpiar las lastimaduras y que no se tiene que lamer porque se puede seguir lastimando; tenés que agarrar su cara con las dos manos, acariciar su cabeza, sus mejillas, sus orejas; mirarlo directo a los ojos marrones claros mientras el fuego va amainando y vuelve a esa llama tranquila y pareja que lo caracteriza. Le besás el hocico y él te va a devolver lengüetazos de los más dulces que te hayan dado.
Después volvés, dejás que se acomode arriba tuyo mientras están acostados y su respiración tranquila va a aparecer como una brisa de verano. Quizás te susurre alguna melodía conocida mientras sus ojos se entrecierran y sus largos brazos te envuelven en un abrazo caluroso. Y cuando al otro día te despiertes y lo primero que veas sea “Pretextos no hacen estribos” tatuado en su brazo, vas a entender que ahora es tiempo de escupir los huesos de esos sueños y volver a porfiar el norte (que asoma alla, en el horizonte).