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Esto me hizo mierda.
Porque yo nunca escribí de ti, escribía de mí cuando estaba contigo. #EdelJuárez
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"Ya no duele tanto..."
CARTA AL NIÑO DIOS. Por Héctor Abad Faciolince.
Querido niño Dios:
Es muy difícil escribirte. Para empezar, no sé si tratarte de tú o de usted. Tú eres el único niño al que dan ganas de tratarlo de usted. Voy a optar por el tuteo, sin embargo, pues crea una atmósfera más familiar, más de conversación entre dos, pero no lo tomes como un exceso de confianza. Tampoco lo tomes como un irrespeto (ni hacia ti ni hacia los que creen en ti) si te digo que no creo que existas. No creo que puedas leer esta carta, y por lo mismo no te voy a pedir nada. Pedirte cosas son ingenuidades de niño, que tendrán su encanto en la infancia, pero en las que yo ya no quiero caer a mi tierna edad.
Voy a hacer un ejercicio. Te voy a escribir a ti como quien le escribe una carta a Cándido o al Quijote o a Cupido, alguna de esas maravillosas creaciones de la imaginación humana. También tú eres una encantadora creación humana: un niño para pedirle cosas, un niño divino, un niño para rezarle y creer que algo puedes hacer en esta rueda loca del mundo, que, te lo digo francamente, no parece que estuviera regida por ningún Dios Bueno, Sabio y Todopoderoso. Mucho menos por un niño amable, bondadoso y pacífico.
Y voy a proponerte un tema, niño Jesús, ya que tú fuiste un niño rozagante y sano: el tema de los niños enfermos que se mueren; o el tema de los niños a los que los matan carros, balas, minas, terremotos, incendios, bombas, o algo mucho más simple: hambre. ¿No te parece un tema alegre para estas navidades? Te cuento una cosa: también mi madre nació un 25 de diciembre, como tú, y por eso se llama Natividad. María Cecilia Ana de la Natividad de Jesús, para ser exactos. Le pusieron ese nombre para hacerte un homenaje, para que tú la vieras con buenos ojos. Y sobrevivió; ha vivido más de ochenta navidades y ella te lo agradece. Porque lo que es a un hermanito que le había nacido dos años antes de ella, te lo llevaste de fiebre; estuvo una semana agonizando y llorando, con escalofríos, sufriendo. Qué ironía. ¿Habrá sido porque no lo pusieron Natalicio? ¿Serás así de creído y vanidoso?
Además, en la casa tenemos un cuadro muy milagroso de Santa Ana enseñándole a leer a la Virgen María. Toda la vida mi abuela le puso una vela los viernes; ¿sabes por qué? Porque los viernes juega la Lotería de Medellín. Y nunca se la ganó. Pero el marco del cuadro quedó con un chamuscado al lado izquierdo, eso sí. Ponía el billete de la lotería debajo de la vela. Y nada. ¿Ves? Hay por lo menos dos niños en nuestro imaginario católico: tú, recién nacido en la cuna o en brazos de tu madre (o descalzo y muy orondo, ya crecidito, el Divino Niño, levantando los bracitos al cielo), y tu madre niña mientras aprende a leer. También están los Niños Mártires, que creo que son muchos. Pero no te voy a hablar de los niños del santoral. Ya te propuse otro tema: las personas que se mueren niñas, digamos entre los seis meses y los quince años de vida. Un bonito tema navideño, los niños que se mueren por estos días y todo el año, ¿no?
Mira lo que dice un poeta, Enrique Molina, hablando de un niño muerto: “No han sido tan graves mis errores para pagarlos con la vida”. ¿No has visto a esas madres que se arrodillan para pedirte por la vida de sus niños, no las has oído? ¿No has visto el llanto de esos padres, o el de los otros hermanos que te ruegan que no les hagas esto, que le salves la vida al hermanito? No, evidentemente no. Eres más sordo que una tapia. Se mueren los niños pobres y los niños ricos. Los pobres de hambre, y los ricos de cualquier otra cosa.
Tú también conocerás al maestro Fernando Botero. Todo el mundo lo conoce, sobre todo por estas tierras que se llaman Colombia y que han estado encomendadas a tu corazón de niño (pero cuando te creció). Pues fíjate, también el maestro Botero tenía un niño: Pedrito. ¿Y qué le pasó? Pues que Botero estaba en una loma parado en un carro, una lomita de nada, muy tranquilo. Y de un camión que iba adelante se zafó una lámina de acero. La lámina entró al carro. ¿Y sabes dónde fue a dar? En el cuello del niño. Lo degolló como de un guillotinazo, como a los criminales de la Revolución Francesa, y el maestro Botero perdió dos dedos tratando de quitarle la lámina de encima a Pedrito. Y todo el amor de su madre no pudo detener la sangre que manaba de la arteria yugular. Un espectáculo triste, ¿o no? Pudiste haber hecho algo y tú en cambio como si tal cosa, igual que con los niños que se mueren de hambre. Al menos no eres clasista: a todos, muertes por igual. Para medio recuperarse, el maestro Botero estuvo pintando a Pedrito como un loco, durante años, pero la cicatriz le quedó para siempre, en los dedos y en la memoria. ¿Y la mamá? La mamá ya nunca se recuperó. Le destrozaste la vida.
¿O me vas a decir, como los curas, que te llevas a tu presencia a los que más quieres para que te hagan compañía con su alma blanca y pura, sin pasar por el Purgatorio? Si es así, pudieras haberles evitado la venida al mundo. Te doy una idea: te los llevas de una vez del vientre de sus madres, sin traerlos aquí a que se encariñen con la vida y a que nosotros nos encariñemos con ellos. De verdad no te entiendo ese jueguito de mostrarnos unos niños por unos cuantos años para después llevártelos de aquí. Y además con torturas: dolores, sangre, un hueco en el estómago, llanto, deformidades, fiebres, llagas. Dices que tu amor es infinito. Pues qué manera la que tienes de amar: el marqués de Sade no me parece sádico, al lado tuyo.
Antes de Navidades los niños le escriben cartas al niño Dios para pedirle algo: cosas fáciles como regalos (si los papás tienen plata); cosas difíciles, como paz en este mundo (si en el colegio les dicen que pidan cosas importantes); o cosas imposibles, como que le cures la leucemia a un niño que conozco y que se está muriendo en medio de los sufrimientos más horribles. No se la vas a curar, ¿cierto? Bueno, allá tú. Entonces no eres tan omnipotente como dicen los que sí creen en ti. Si fueras omnipotente no dejarías que ningún niño se muriera de leucemia, de sida, de accidente, de hambre, de lámina de acero en este mundo.
En la novena, desde que me conozco, llevamos media eternidad cantándote lo mismo: “Ven a nuestras almas, ven, no tardes tanto”. Y tú no llegas. El 24 a las doce de la noche sacamos al niño de un baúl y lo ponemos en el pesebre. Después empezamos a repartir los regalos. Como somos de familia acomodada, las cartas que los niños te escribieron se cumplen al menos en parte. Pero de ti, ni la sombra. Siglos rogándote que no te tardes tanto, y tú escondido por allá, en las interminables regiones de la nada. Allá tú.
Yo no me explico de dónde viene esta costumbre de rendirle culto a un niño. A un bebé. Supongo que es muy fácil creer en la bondad de un niño: no tiene todavía capacidad para hacerle daño a nadie: no pega, no habla, no envidia, no odia. Ni siquiera ama: llora, come, duerme y caga, llora, come, duerme y caga. Esa es la vida, tan simple y tan bonita, de un bebé sano. ¿Y los niños enfermos? Te lo recuerdo, niño Dios. Hay millones de niños enfermos. Y millones de niños que se mueren de sida. Y más millones a los que les duele la barriga vacía, porque la barriga vacía duele aterradoramente. Y tú allá sentadito a la diestra de Dios Padre, tranquilo, bien comido y bien dormido, viendo pasar el río de la eternidad, como si tal cosa. ¿Qué es para ti el sufrimiento de millones de padres? Nada, lo mismo que para mí el sufrimiento de una hormiga, si llego a pisar diez hormigas sin darme cuenta.
Por eso no te quiero, niño Dios, porque no haces nada, porque no te inmutas. Porque por muchas cartas que te escribamos, ni una sola vez te has dignado contestar. Con mis más sinceros sentimientos de asombro, incredulidad y desconcierto, me despido, ?
Héctor Abad en SOHO.COM
Querido Don Quijote: Te escribo esta carta porque el mundo, ya no es el mundo que te toco vivir a ti, tampoco es el mundo que yo esperaba vivir, es el que me toco. Y bien dicen que uno es de donde le toca y no de donde sueña partir, uno debe amar su tierra y todos sus desalientos. Te escribo porque haces falta, porque los hombres dejan de soñar, los niños viven engañados, hay un aparato llamado televisión que desorienta la realidad, hay periódicos llenos de amarillismo y muerte, hay computadoras que adelantan o distraen la vida, hay guerras entre los hombres, hay murallas mentales, hay divorcios y embarazos en exceso, hay un caos tremendo. Hace falta levantar estas ruinas, volver a ser caballeros, revivir a los moribundos, hacerles creer lo imposible a los escépticos, curar el dolor a los rotos, volver a convertir a los adultos en niños, aprender a luchar por una mujer y morir por ella. ¿Y Rocinante? sigue corriendo en la pradera, sigue viajando a tierras lejanas, sigue haciéndote caer, sigue siendo tu fiel compañero, sigue escuchando tus historias. Haría bien que te tomaras un viaje hasta este puerto y resolvieras todo este alboroto.
Carta a Don Quijote, Joseph Kapone (2000) Sígueme en Facebook (via el-escritor-sombrilla)
Porque no venías en alfombra roja ni llena de gala. Te levantabas a la hora que deseabas y te vestías como te daba la gana. Porque eras tan mía y a la vez de nadie. Porque no esperabas ser salvada ni tampoco amada. Porque te reconocías bella y sin esperar una sola palabra. Porque se rompía el espejo y nadie te retrataba ni posesionaba. Porque eras suficiente para ti y demasiado para cualquiera. Porque…
Ni bendita ni llena de gracia (Verso II), Joseph Kapone Sígueme en Facebook (via el-escritor-sombrilla)
¿Podrías hacer por favor un pequeño escrito sobre una graduación o una persona graduada? cx Muchas gracias, ¡excelente blog! ♥ :DD
Claro, es un placer ; )“Cuando pienso en la graduación se me vienen muchos recuerdos a la mente. No es precisamente ese reconocimiento que colgué en la pared lo único que he ganado. Ese es sólo el aspecto material de un asunto tan profundo de una lucha constante para alcanzar una meta. Me imagino que extrañare muchas cosas pero no precisamente porque las haya perdido sino porque he llegado lejos y ahora cada quien toma caminos distintos. Pienso en mi primer día de clases, la forma en que entré a ese salón, la manera en que me vieron los compañeros, el pupitre que tome al azar o más bien porque alguien me inspiraba confianza y se convirtió en una gran amistad. Recuerdo todas esas charlas tan divertidas, las ocurrencias que vivimos, los líos en que nos metimos, todos los obstáculos que superamos, todas esas memorias en las que reí y llore por distintas razones. Y siento que el tiempo paso tan deprisa cuando antes me desesperaba porque terminaran las clases o apresurar las vacaciones. Ahora todo es diferente. Llevo a muchas personas en mi corazón gracias a este viaje. Todos los maestros con los que realmente aprendí, los desafíos que me pusieron, mi manera de trabajar y conocerme mejor a mí mismo. Entender que no existen límites cuando se lucha por lo que uno quiere y que es valioso trabajar en equipo. Desde conocer nuevas personas, coincidir en ideas, aceptar las diferencias y pasar momentos de diversión. Cuando veo ese reconocimiento de todos los pasos que he dado y en el punto en el que me encuentro. No sólo veo algo tan vano y material, veo un mundo de memorias y personas que se quedaron dentro de mi. Que seguramente también han tomado caminos diferentes y al ver esa fotografía, siento el ánimo para seguir adelante y sentirme feliz por haberlos conocido. Ahora debo llegar más alto y dedicarme a lo que deseaba. Ser cada vez una mejor persona y libre de prejuicios, que este es mi momento y he saltado una inmensa muralla que pensaba no poder superar. Y también me siento seguro por la manera en que cada una de esas personas me recuerda y le preocupa mi futuro, que me resguardan desde sus lugares y me desean una grata vida. No puedo quejarme porque he volado lejos y nada puede detenerme, el camino es largo y este es sólo el principio, siempre cuando salimos se abre otra puerta nueva y un mundo desconocido. Es extraño… se extraña regresar a aquellos días y no queda más que continuar, siempre es así, cuando apenas tomamos afecto a algo ya estamos saliendo de ello y corriendo a gran velocidad, más rápido que otros.”
Si usted la ha visto por la calle; ya más loca, más perdida, más enferma, más desmemoriada. Dígale que si me recuerda en alguna memoria o en algún lugar que alguna vez pisamos. Dígale que aún la quiero aunque su corazón ya no lata ni sus labios digan mi nombre.
La mujer sin memoria, Joseph Kapone Sígueme en Facebook (via el-escritor-sombrilla)
Querida Julia: Dicen que te has ido de este mundo para siempre y que ahora duermes en paz. No sé qué signifique eso. Para mi sigues viva en todas las cosas que me recuerdan a ti, en todos los lugares donde nunca haces falta, en tu voz que resuena en mi pensamiento, en mi corazón que te nombra a cada rato. A veces voy a visitar ese árbol que plantamos juntos y ha crecido tanto. Aún lleva la marca con tu vivo pulso y no creo que le moleste. Después de todo él también debe sentir tu partida como la siento yo. En los días que da frutos lo llevo a esas calles olvidadas y llenos de niños sin hogar, soy afortunado de tener uno y vivir como vivo. Me gusta recostarme debajo de él y ponerme a escribir mis tonterías, cuanto te enojaba que llamara así a mis poemas y que te hacían suspirar. Y que amaras mi terrible letra, decías que un artista como yo debía tener ese estilo y que sólo pocos pudieran leer lo que yo escribo. Cada mañana que me levanto, que abro los ojos a la vida, te beso, te añoro, te quiero como mejor se hacerlo y me nace como un acto natural tanto como respirar. Dijiste que cuando uno se va sin despedida siempre se desea ese último adiós, ese instante para vivirlo, ese gozo de haber estado ahí. ¿Por qué me diste tanto amor? ¿Por qué a mi? nunca estaré tan agradecido, nunca estaré tan maravillado, por haber conocido a una mujer como vos y que se esfumo como un sueño. He vivido poco pero he sentido tanto y eso no se puede resumir en palabras, en las lágrimas que brotan y después río como un tonto. El parque donde gastábamos las horas, donde moría el día junto con nosotros, donde la noche nos veía y se asombraba por nuestro afecto. Nunca me sentiré vacío porque tuve la gracia de toparme contigo, por todo lo que hicimos y nos falto por hacer. Por ese profundo amor y por todo lo que viste en mi. ¿Cuando yo me vaya de este mundo haré falta? creo recordar que un día lo dijiste: -No harán falta tus letras. Harás falta tú; tu voz, tus ocurrencias, tu carisma, tu manera para reírte de la muerte y de todo lo que pasa en el mundo. Eres un niño viejo que aparenta que no corre el tiempo. Así eres tú. Por eso te quiero, por eso te aguanto todo, por eso me haces feliz. Aunque tus letras son parte de ti, son tu idioma, son tu manera de hablar y gritar lo que llevas dentro. No puede irse uno sin el otro. Por eso cuando se va el poeta también se van las letras con él. Se va lo que falto por decir. Julia: Creo que es cierto y también que nos faltaron cosas por hacer, porque siempre deseábamos hacer más, vivir más, agotar todo lo que somos. Y ahora me has dejado aquí, en este mundo absurdo, lleno de locos, para agotar mi tiempo y sentirme satisfecho con mis pasos. Cada vez que camino tengo la creencia de que tu sombra me sigue y me cobija a mis espaldas. Gracias por existir y nunca irte del todo. Déjame pensar que estas letras las lees desde otro lugar que ignoro y ríes con ellas, que me ves desde lejos y me cuidas de todos los que intentan destruirme. He dejado debajo de nuestro árbol el primer poema que te escribí. Con mi horrible letra y que tanto te gusta. Esta vida no se hizo para llorar sino para reír, reír con todas las ganas, sin cualquier excusa, sin motivo, reír por todos lados. Te quiero, Julia.
Cartas a Julia IV, Joseph Kapone Sígueme en Facebook (via el-escritor-sombrilla)
Nos queríamos tanto que ella se quitaba los tacones para estar a mi altura, y aún así yo no le llegaba ni a los talones.
Carlos Miguel Cortés (via huelesalluvia)
Ni modos :(
Ojalá fuera suficiente con dejar el orgullo. Parece que también tengo que dejarte a ti o en su defecto, a mí.
V.R