El sexo con él es como una llama que no se apaga. Su cuerpo no solo me roza: me incendia. Me toma con la urgencia de quien ha esperado siglos, me penetra con una cadencia que duele bonito, como si cada embestida fuera una confesión, como si el placer fuera un idioma que solo hablamos nosotros. Gime mi nombre y me desordeno, se hunde en mí como si buscara algo que se le perdió en la vida.
Su forma de seducirme me encanta, porque no improvisa: me disecciona con las manos. Me abre las piernas con la naturalidad de quien ya sabe lo que hay, y me mira mientras lo hace, como si fuese arte en carne viva. Se arrastra entre mis muslos y me devora sin pudor, con la lengua firme, con la boca hambrienta, con la seguridad de quien conoce el paraíso y regresa por más. Ahí, entre jadeos y temblores, se hace dueño de todo.
Cada palabra suya en mi oído me enloquece. No son dulzuras, son órdenes veladas, promesas indecentes. Me pide que no pare, que no me calle, que me rompa para él. Me dice cosas que me enrojecen incluso con los ojos cerrados, y mientras lo dice, me embiste más profundo, hasta que no sé si estoy llorando o derritiéndome. En la cama no hay espacio para lo tibio —todo arde o se extingue.
La forma en la que me excita es incomparable, porque sabe que el sexo no es solo carne: es mente, es juego, es vértigo. Me ata con su voz, me gira, me monta, me lame el alma. Juega con mis pezones hasta que grito, me emboca en posiciones que no sabía que deseaba, y cuando creo que no queda más por explorar, me vuelve a abrir como si fuera la primera vez. Es brutal, es delicado, es adictivo.
Sus besos los amo. Porque no son apenas besos: son la antesala del caos, el punto de partida de todas mis rendiciones. Después de él, ningún otro me sabe igual.
— SMDG.














