No podía porque sus sentimientos por Bastian amenazaban con explotar ahí mismo.
Lo que sentía por él era como fuego. Había comenzado con una chispa provocada por una sonrisa, pero ahora era una flama. Una flama que había dejado crecer y que lo quemaba por dentro y que luchaba por volverse un incendio.
Desde la fatídica noche en la que se conocieron, el ilardiano había despertado algo en él. En ese entonces el sentimiento fue débil, tan sólo un indicio. Pero luego se reencontraron en la costa de Valias y Ezra recordaba perfectamente que, en cuanto lo volvió a ver, su corazón dio un vuelco. Pero no fue hasta que lo empezó a conocer,
hasta que empezó a convivir con él día con día, cuando ese sentimiento empezó a crecer. Cada vez más.
Ahora, un año después, sentía fuego puro; abrasador y potente.
La Ladrona de la Luna.



















