Amamos el ship de Mikasa y Levi, hablamos sobre ellos, novelas que leímos, imágenes, videos y todo lo que tenga que ver con el rivamika 🤫

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Amamos el ship de Mikasa y Levi, hablamos sobre ellos, novelas que leímos, imágenes, videos y todo lo que tenga que ver con el rivamika 🤫
Mi mejor accesorio siempre será el buen corazón que tengo 🌺.
Tamara Ralph
Que recuerdos...
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6月に結婚するリヴァミカ
🩸 “Reflejo eterno” – Universo alterno vampírico Rivamika 🕯️
La mansión dormía bajo el hechizo de la noche perpetua. Solo el leve crujido de las velas y el murmullo del viento al chocar contra las vidrieras góticas rompían el silencio.
En el gran salón, entre sombras que danzaban con la luz de los candelabros, se erguía un espejo antiguo. Su marco era una sinfonía de maderas nobles y espinas doradas, talladas con manos ya olvidadas por el tiempo. Frente a él, sus figuras aparecían no como simples reflejos, sino como fragmentos detenidos de una eternidad compartida.
Levi la observaba, con sus ojos de acero encendidos por el fuego tenue. Mikasa estaba de pie ante él, majestuosa y letal, con aquel vestido rojo que parecía haberse tejido con vino, sangre y noche. La falda de encaje caía suave como neblina sobre sus piernas largas y su piel blanca brillaba como mármol en la penumbra. Una rosa negra pendía de su mano, atrapada por sus dedos como si supiera que ese era su destino.
—Te ves… inhumana —murmuró Levi con voz grave, más una caricia que un juicio.
Mikasa inclinó apenas el rostro hacia él, con una leve sonrisa que sólo los siglos podían aprender a hacer tan silenciosamente devastadora.
—¿Y tú no? —respondió—. Estás hermoso cuando niegas lo que eres.
Levi esbozó una sonrisa ladina, una que en otros siglos fue el preludio de muerte para muchos… pero con ella, era diferente. Con Mikasa, no fingía nada.
—He tenido mil nombres. He derramado océanos de sangre. He visto imperios nacer y arder... —alzó una mano y la posó en la cadera de ella, firme, como si necesitara anclarse a algo real—. Pero nunca me había sentido completo… hasta que te vi.
Sus palabras, tan escasas como él mismo, cayeron como una daga dulce. Mikasa parpadeó, y su expresión se ablandó, como si el hielo eterno en su pecho se resquebrajara un poco más. Bajó su rostro hasta el de él, superándolo en altura pero inclinándose con reverencia silenciosa.
—Levi… —susurró.
La rosa resbaló de sus dedos y cayó al suelo, entre los candelabros, donde ya yacían otras. Las gotas carmesí que adornaban el piso parecían recién caídas, aunque algunas llevaban siglos allí.
Los cuerpos se encontraron en medio del reflejo. Él la atrajo con una seguridad que no se medía en tamaño. Su fuerza era contenida, sutil, como un veneno letal en frasco de cristal. Mikasa descendió hasta sus labios, sus bocas apenas rozándose, el beso suspendido entre la promesa y la rendición.
Levi alzó la mirada —ella lo envolvía como una deidad melancólica— y luego la besó. Un beso profundo, antiguo, de colmillos entrelazados y silencios rotos. Las manos de Mikasa se enredaron en su cuello, bajando hasta su pecho mientras lo empujaba suavemente contra el espejo.
El cristal no tembló. Ya los conocía.
La escena se volvió más íntima. Cuerpos rozándose entre sedas y encajes, sombras acariciando piel expuesta, respiraciones contenidas. Mikasa ante él, aún siendo más alta, reconocía a su feroz amante y la eternidad que ambos compartían. Levi, con sus manos sobre su cintura, se permitió cerrarse por completo al mundo, salvo a ella.
Allí, frente al espejo que lo había visto todo, Levi Ackerman se desarmó.
Y en ese reflejo de tiempos sin nombre, con rosas negras y velas chorreando luz, sus figuras se entrelazaron como una sola sombra.
Los últimos vampiros puros.
Los únicos que sabían amar de verdad.
“No asustes a la gente, papá”
La luna colgaba redonda y blanca sobre el cielo otoñal, bañando las calles empedradas con su luz pálida. Las hojas crujían suavemente bajo los zapatos brillantes de Kuchel, que caminaba de la mano de su padre. La niña llevaba un vestido negro con lazo carmesí, a juego con el forro de la capa de Levi. Sus ojos oscuros brillaban con curiosidad y su expresión era tan serena como resuelta.
Levi, impecable en su traje oscuro, caminaba erguido, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando la pequeña mano de su hija. Su rostro, como siempre, serio. Inamovible. Casi intimidante. Las pocas personas que pasaban por la vereda les echaban un vistazo apresurado y desviaban la mirada de inmediato.
Kuchel lo notó.
—Papá… —dijo de repente, jalándole suavemente la mano.
Levi bajó un poco la vista, sin dejar de andar.
—¿Qué pasa?
—¿Estás aburrido?
—¿Qué? —arqueó una ceja—. No.
—Entonces, ¿por qué esa cara? —preguntó ella, ladeando su cabeza—. Parece que te molesta estar conmigo.
Levi frunció el ceño, casi ofendido.
—No es eso. Es mi cara.
Kuchel apretó los labios, pensativa. Luego suspiró con seriedad exagerada, como si cargara una gran responsabilidad.
—Bueno… deberías cambiarla.
—¿Cambiarla?
—Sí. Esa cara asusta a la gente —dijo con total honestidad, señalando a una pareja que justo en ese momento cruzaba la calle para no pasar cerca de ellos.
Levi se detuvo, mirándola con incredulidad. ¿Su hija de cinco años acababa de corregirlo?
—¿Sabes cuánta gente me ha dicho eso a lo largo de mi vida?
—¿Y lo cambiaste?
—No.
—Bueno, entonces ahora sí tienes que hacerlo. Porque soy tu hija.
Levi parpadeó. No sabía si se sentía desafiado o rendido… pero una esquina de sus labios se curvó apenas. Una sonrisa minúscula. Difícil de ver. Excepto para Kuchel.
La niña se le quedó mirando, sonrió de vuelta… y asintió satisfecha.
—Así está mejor —sentenció—. Ahora pareces menos vampiro malvado.
Levi se encogió de hombros con resignación.
—Con lo que me costó parecer uno.
Y juntos siguieron caminando bajo la luna, uno con la dignidad silenciosa de un soldado… y la otra con la alegre convicción de quien sabía que podía mover el mundo, empezando por el corazón de su papá.