Aunque es verano en el pueblo bajo la temperatura, hizo diecinueve grados. Nosotros estábamos frente a la ventana para hablar sobre el atípico día, tomando algo. Ella me dijo: - Estuvo más que fresco, te digo más; empecé a querer un invierno que no conozco, pero incluso así lo quiero- . Generalmente cuando toma vino se pone poética pero esta vez lo dijo tan al pasar, como si no fuese ella la predicadora de tremenda verdad. Era cierto, bastaba solo mirar por la ventana para ver a la gente contenta, como sí el frío de esas horas fuera un regalo. Así de contentos con esa felicidad que te producen las cosas que sabes que no van a durar; como unas vacaciones, un helado o un amor de esos fugaces. Al instante recordé que mañana volverá a hacer unos treinta cuatro grados en el sombra y ella tendrá que salir igual. Aunque me pregunto, después de lo que me dijo, ¿Podrá hacerlo igual?, ¿Será la misma?, ¿Cómo hará para hacer de cuenta que no conoció a ese invierno? ¿Para no esperarlo con ansias? ¿Cómo hará para no comparar este día de invierno con cualquier otro día? ¿Cómo pudo decirme que lo quería, si tan sólo lo sintió un día?... Me preguntaba tantas cosas y entonces le dije: -¿No te parece arriesgado decir te quiero? - Y levemente me dijo: - Sí-.










