Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015): el ‘amusement’ vacío y sus monstruos.
Como John Hammond, no reparé en gastos a la hora de ver esta cinta: la sala más grande del multicine, versión 3D, sillón rojo que hacía vibrar mi refresco de litro con cada pisada de dinosaurio… una inmersión completa en la oferta deluxe palomitera y un salto en el consumo del audiovisual en comparación con aquel que fue a ver Parque Jurásico en 1993 (yo no, aún no había nacido). Dos apreciaciones interesantes a raíz de esto: la primera, todos estos “extras” poco influyen en el contenido estricto del film y convierten el visionado en una suerte de ‘amusement’ de parque de atracciones —valga la referencia—, cosa que entronca con la segunda apreciación, este efecto ‘parque de atracciones’ rompe con la consideración del silencio y la quietud en la sala de cine, más allá, saca al energúmeno que llevamos dentro para hacer toda clase de consideraciones, chistes malos, gritos, risas y conversaciones ajenas a la película. No voy a esconder que en algún momento deseé que ese pterodáctilo saliera de la pantalla y se llevara —por favor— al tipo de atrás que no paraba de decir estupideces. Primera conclusión: el consumo en salas comerciales me vuelve bastante misántropo. Ahora vamos con la película.
Estos veintitantos años de diferencia entre Jurassic Park y Jurassic World no solo suponen un cambio en la forma de acercarse a una película, en el tipo de público y en definitiva en lo referente a la distribución en salas de cine. Tampoco se limita al debate animatrónico versus imagen generada por computadora (o CGI) que sinceramente me importa un bledo. Lo más interesante de la comparación de estas dos películas es lo mucho que ha evolucionado nuestra forma de configurar un mismo discurso en tan solo veinte años, y como lo histórico, político o social —en definitiva lo contextual— convierte lo que a primera vista es un simple remake del blockbuster por excelencia en posiblemente el análisis más objetivo y certero (precisamente porque no se hace a sabiendas) de la cosmovisión occidental contemporánea, que se deja vislumbrar en varios elementos clave de la cinta que no son otra cosa que reflejos de nuestro imaginario.
La película se construye sobre la ficción desde los primeros minutos, no porque se hayan devuelto a la vida animales extintos desde hacía millones de años, no porque a través de la ingeniería genética se hayan construidos nuevas —grandes y molonas— especies (ups, spoiler), sino porque se inicia con un niño entusiasmado por la ciencia y los dinosaurios que se recrea en un juguete de finales del siglo pasado antes de ser enviado a Isla Nublar para aprender y hacer su sueño realidad. ¿De verdad? ¿Ningún póster de Minecraft? ¿Call of Duty? ¿Solo juguetes retro, dinosaurios y ciencia? Bueno, vale. Primera conclusión (de verdad): un niño inteligente con vasto conocimiento científico chirría de forma singular —hace veinte años no lo hacía—, más al contrastarlo con la figura de su hermano mayor, una suerte de adolescente ciberadicto con un líbido colosal. O los niños en los 90s eran más inteligentes —que lo diga yo siendo de esa generación queda bastante mal— o el arquetipo de niño genio ya no da para más. Lo bueno, que toda esa pantomima familiar estereotipada y refrita —porque la historia de “padres que están a punto de divorciarse pero que se reconcilian porque a sus hijos casi los devora un ser del cretácico” ya se usó en otras películas de la franquicia— no dura más que unos minutos del primer acto. Lo malo, el resto de la película es la caza del monstruo transgénico. Este punto es tremendamente interesante, ya que se hace una distinción moral entre jugar a ser Dios y jugar mucho a ser Dios. Todo el debate de crear vida desde la probeta que existía en el primer film ya está superado y la evolución y/o control del parque de atracciones es prueba de ello. Ahora el problema es explotarlo hasta sus límites, ya saben, el concepto de productividad capitalista neoliberal. La idea occidental de progreso y la postura del determinismo tecnológico mcluhanista tienen un protagonismo absoluto en la cinta. El ‘amusement’ del que hablaba al principio se desarrolla en el film como principal motor de la ciencia: la felicidad final como fruto del desarrollo tecnológico y la inversión capitalista (nunca reparar en gastos) en pos del ocio y la diversión. Por otro lado el especismo inherente en la cinta dice mucho de la lógica de dominación y subordinación contemporánea, tanto del ser humano hacia el reino animal como del ser humano respecto a sus iguales. El héroe —interpretado por Chris Pratt— no vence al “dragón”, sino que se vale de otro “dragón” más puro y primitivo para que lo haga por él. A su vez, el velociraptor que era sin lugar a dudas la especie más temida en las anteriores entregas ahora se llama Blue y el protagonista pasa de ser su comida a ser el alpha en poco más de veinte años. El discurso respecto a la mujer —ese maldito estereotipo de la mujer empresaria de falda de tubo que repudia a la familia y es adicta al trabajo— sigue siendo bastante paternalista por mucho que se remangue la falda o corra delante de un T. Rex.
El parque jurásico siempre se reafirma por encima de los fallos de seguridad, como el capitalismo después de cada crisis se refunda para ofrecer más y mejor diversión, seguir jugando con fuerzas que no controla pero que pretende explorar —y explotar—. Fuera del discurso, el contenedor cuasi-publicitario en el que se convierte la cinta nos anuncia de forma explícita que lo emotivo es la palanca del consumo y que la industria cultural se vale de grandes discursos para articularlos desde el beneficio económico, o peor, desde el adoctrinamiento mediático. Parque Jurásico de alguna forma versaba sobre las incontrolables fuerzas de la naturaleza y lo complejo de crear vida, ponía al ser humano como víctima de su propio crimen y como superviviente a duras penas. Esta nueva versión intenta “ser más grande, dar más miedo y molar más”, pero no deja de ser un sucedáneo de los planteamientos deshumanizados que se articulan en nuestros días, y un producto de ocio vacío como tantos otros en nuestras carteleras.