Estoy aquí disfrutando del paisaje de mí campo, mí pueblo, mí naturaleza. Nunca pensé que podría vivir en medio de la sierra y seguir estando tan cerca de Madrid.
Hoy 25 de diciembre, la Navidad ha pasado al lado mío y la he visto de lejos. La vi llegando vestida de rojo, de recuerdos, muchos recuerdos. Vestida con la cara de mi mamá, de mi abuela, mi padrino, de toda mi familia, de Caracas. La vi en una sala hogareña, con todos ellos, bailando al ritmo de aguinaldos, tambores, cuatros y maracas. Y la vi tan viva como si estuviera allí, como si pudiera tocarla. Sentí tanta tristeza al verla… Intenté retener las lágrimas pero no pude. Intenté distraerme con TikTok, la TV, el alcohol y el atardecer pero siempre volvía a aparecerse al frente de mi. Sonriendo, alegre, cantando y bailando.
La verdad tengo todo el mes de diciembre viéndola de lejos. Caminaba a mi lado cuando iba a trabajar y aparecía como el escaparate de una tienda de lujo con cosas caras que jamás tendrás y que ves desde la calle. Tan cerca y tan lejana. Definitivamente hay algo extremadamente nostálgico y forzado de la Navidad.
También se me apareció con recuerdos tristes. Con la locura que embargó a mi mamá alguna vez. Con el vacío, las ganas de llorar, la frustración y la incomprensión de lo que estaba pasando. Sólo con la certeza de que las cosas podían mejorar, que podían ser diferentes. Y en cierta medida lo hicieron, mejoraron.
Y aquí es cuando pienso que la Navidad es como cualquier otra época del año, sólo que exagerada, a lo bestia, sin ningún tipo de compasión. Yo diría que es hasta cruel. ¡Compra! Aunque no tengas dinero.
¡Ríe! Aunque tengas ganas de llorar.
¡Baila! Aunque no quieras.
¡Sé feliz! Aunque no puedas.
¡Rodéate de mucha gente! De quien sea.
Pero sobre todo no sientas…. No sientas nada porque sentir duele y el dolor es peligroso. Nos recuerda lo que realmente amamos, lo que somos y lo que perdimos.
Ayer fue una Navidad muy diferente porque conscientemente elegí que fuese más adecuada a como me sentía, triste y resfriada. Elegí pasarla en mi pueblo, en mi hogar, con mi núcleo familiar: Fer, Púa, Cleo y Leía. Elegí que no tengo que hacer nada, extravagante o grande, o que haga mucho ruido para nublar la tristeza profunda que siento por estar lejos de aquellos momentos que tanto me recuerdan la Navidad. Lloré, comí, bebí, vi pelis y dormí. Fuimos nosotros, fuimos Fer y Cris.
Que tranquilidad da dejar de pelear con la tristeza y con la idealización de la Navidad. Que tranquilidad y que Paz da ser uno mismo y dejar de huir de ti, de tus recuerdos y tus afectos.
Que tranquilidad da el honrar tus memorias, tus tristezas y homenajear a los que ya no están llorando, porque si los lloras es porque los amas y no hay nada de malo en amar y tampoco en llorar.








