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You’ll always be my hero.
Noviembre 28, 2010. Los Ángeles, California.
Dos años exactos desde que había dejado mi hogar en Texas, dos años sin tener contacto con mi padre, sin siquiera ver una fotografía de él. Dos años, ni un día más, ni un día menos. Y ahí estaba, a punto de ver nuevamente a quién me había dado la vida. Llevaba minutos mirándome frente a el espejo mientras me inspeccionaba a mi misma por milésima vez, notando el como en solo dos años las cosas habían cambiado tanto. Me preguntaba si para él habían cambiado también, si es que él había cambiado.
Miré la hora en mi teléfono; 7:40 pm, tenía veinte minutos para llegar, así que, tomé el pequeño bolso de mano que traía conmigo y salí de casa sintiendo la fría brisa de invierno chocar contra mi rostro. Antes, me aseguré de dejar bien cerrada cada puerta de mi hogar, de llevar un arma conmigo aún cuando pudiese ser innecesario, nunca se sabía. Y, sin más, me dirigí hacia un lugar que ya conocía a la perfección, pero, que no había visitado hace mucho.
Veinte minutos exactos y mi auto estaba estacionado frente al restaurant, no había cambiado demasiado. Una vez que bajé del auto, acomodé el vestido negro que traía puesto y caminé hacia la entrada, escuchando el resonar de mis tacones con cada paso que daba. Iba, tan sumida en mis pensamientos que tardé en notar su presencia en la puerta del lugar, esperando por su hija. Mantuve mi expresión neutra, como siempre, pero, la suya... fue como si nuevamente estuviese viendo a la pequeña niña de sus ojos nuevamente. Su sonrisa era... inexplicablemente grande y sus ojos tenían cierto brillo al solo verme, pero, por otro lado parecía sorprendido con el cambio en mi, ya no parecía la niña de 16 años que había dejado su casa dos años atrás. Por un momento lo dudé, pero ya frente a él, dejé que mis labios teñidos de un rojo potente, dejaran un beso sobre su mejilla. Nos adentramos en el lugar; él indicó a la recepcionista que había hecho una reserva, y, sin más, nos guiaron hasta la cual sería nuestra mesa aquella noche. Acomodo la silla para que me pudiese sentar yo, y así, de la misma manera luego se sentó él frente a mi. Pidió un vino y luego, sin decir mucho más, se quedó mirando el menú en busca de lo que cenaríamos. Mientras tanto, me quedé mirándolo; siempre tan impecable, con un traje que como cualquier otro, le favorecía. En realidad, mucho no había cambiado, lo seguía viendo de la misma manera. Decidí no pensar mucho en aquello y llevé la mirada hacia el ventanal que daba hacia afuera el cual estaba a penas a unos pasos de la mesa, pero, su voz me obligó a dirigir mi atención a él.
—¿Qué tal tu estadía en Italia?—Lo miré alzando levemente mis cejas. No recordaba haberle mencionado que estaría allá. ¿Habría ido en alguna ocasión? Lo dudaba. Aparentemente, notó que de cierta manera le preguntaba el como lo sabía así que añadió.—Llamé a Ezio, estábamos preocupados por ti.—Su expresión cambió, ahora mucho más suave, tal como siempre lo había sido al momento de estar conmigo. —Sabes que no me gusta que llames así al abuelo. Pero, volviendo a lo otro: fue interesante, aprendí mucho, y... hice mucho, me gustó.—Respondí encogiéndome ligeramente de hombros viendo el como negaba levemente con su cabeza. —No quiero que arriesgues tu vida. Si nunca te lo mencionamos fue porque no queríamos que te dañaran. No quiero esto para tu vida, no quiero vivir con la preocupación de que algún día de estos te maten, menos aún quiero perderte.—Su mano llegó hasta la mía y sentí nuevamente la misma calidez que me había proporcionado toda mi vida. Pero negué, aún así no quité su mano de la mía, lo había extrañado, aún cuando quisiera negar aquello. —Papá, me dañaron aún cuando no me dijiste nada. Sé defenderme, sé como es todo esto y no voy a dejar que eso pase, pero no te aseguro que seré la misma, porque no lo soy.—Vi la decepción en sus ojos. No respondió, y me sentí aliviada de que no lo hiciera, prefería no hablar.
Así, la cena transcurrió tranquila y silenciosa. De vez en cuando uno de los dos hacía algún comentario, pero no hubo una conversación estable, no hasta que terminamos y pagó la cuenta. Me levanté de mi asiento viendo el como él al mismo tiempo lo hacía, aparentemente dispuesto a acompañarme hacia el estacionamiento del lugar; no me negué, simplemente caminé junto a él hacia mi auto una vez estando ya ahí. Pero, me quedé pasmada ahí, sin decir nada, al igual que él que me miraba de alguna manera intentando saber que era lo que mi mirada le transmitía en aquel momento.
—Cuídate mucho.—Su voz rompió finalmente el incómodo silencio ante lo que me limité a apenas asentir con mi cabeza para así voltearme dispuesta a entrar a mi auto cuando su mano me detuvo, tomando mi brazo. Así que nuevamente habló.—Te extrañé, mi niña.—Cerré mis ojos por breves segundos y lo miré; con sus ojos mirando el piso como si estuviese realmente arrepentido. No lo pude evitar y cuando menos lo pensé, mis brazos estaban alrededor de su cintura y una de mis mejillas apoyadas en su pecho. La presión de sus brazos a mi alrededor no tardó en hacerse presente. No podía creer que después de tanto, podía volver a sentir uno de sus cálidos y reconfortantes abrazos, los había extrañado, aún después de haberme sentido tan decepcionada por él. —También te extrañé, pá.—Apenas fui capaz de susurrar aferrando mis brazos con fuerza a su alrededor. Ahora sí, ambos nos alejamos del otro, con la certera seguridad de que nos volveríamos a ver nuevamente. Así que, sin más, me di media vuelta para volver a mi auto, cuando escuché el chirrido de unas llantas frenar e inmediatamente me volteé para saber que sucedía. Mi padre me miró con un rostro de preocupación inexplicable y lo primero que hice fue abrir el maletero del carro para así sacar una de las armas que ahí tenía. Por otro lado, no fue necesario darle una a mi padre, pues ya había sacado la suya.
Todo pasó tan rápido que de un momento a otro, de una camioneta negra, bajaron probablemente unos diez tipos, cada uno de ellos armados. En cosa de segundos, se hicieron presentes los disparos por parte de ellos como de nosotros. Estaba claro que demasiado no podían contra yo y mi padre, quienes, juntos, eramos mucho más que ellos. Entre disparos, golpes y quejidos de algunos, terminaron por, aparentemente acabarse las balas de muchos de ellos, lo cual solo nos dio más facilidad para acabar con ellos. No tenía ni idea de como había hecho tanto cuando estaba tan incómoda con aquel estúpido vestido, pero, al menos me había quitado los tacones. Mi corazón como siempre estaba acelerado y aquella familiar adrenalina corría por mis venas. Mi padre, seguía intacto, quizá con uno que otro corte en su rostro, como seguramente yo también lo tendría, pero, seguía luciendo elegante y guapo con aquel traje. Aún quedaban cinco de ellos y no tenían mucho con lo que defenderse más que sus manos, así que, como si prácticamente estuviésemos pensando lo mismo, tiramos nuestras armas a un lado. Lo miré y él me miró a mi, estaba segura de que ambos teníamos la misma mirada oscura y deseosa de sangre, aquello no lo dudaba. Y sin más, nos abalanzamos contra ellos con nada más que nuestras manos para matarlos. Teníamos que encontrar la manera de encargarnos de cinco cuando nosotros éramos solo dos. Así que él se terminó por ir con tres de ellos y yo con los otros dos. No fue trabajo difícil ya que ninguno de ellos era lo suficiente como para pelear con nosotros. Apenas en cosa de unos minutos, me encontraba azotando la cabeza de uno de ellos contra la camioneta. No podía parar, y no lo haría hasta deformarle el maldito rostro y muriera. Mi mano estaba aferrada a su cabello y constantemente su asqueroso rostro chocaba contra el capó del carro hasta que, sus quejidos se detuvieron y, estaba segura de que su corazón igual. Mis manos estaban totalmente ensangrentadas a al igual que, en realidad todo mi cuerpo. Por un lado, se sentía de puta madre aquella sensación nuevamente pero por otro, me preocupaba el quién podría haberlos enviado para atacarnos. Miré a mi padre que pateaba a uno de ellos en el suelo, precisamente en el rostro, hasta que comenzó a aplastarlo una y otra vez con su pie, estaba segura de que había muerto hace unos minutos, pero estaba empeñado en seguir golpeándolo. Miré a nuestro alrededor, cada uno de ellos en el suelo, completamente ensangrentados o simplemente su ropa gracias a las heridas de bala.
Mi padre camino hacia a mi serio, sin decir una sola palabra, sabía que para él recién ahora era un golpe duro el que yo lo hubiera visto de aquella manera, cuando en algún momento aborrecí el saber que hacía ese tipo de cosas, pero, era momento de entender que era igual que él al momento de asesinar. Alcé la mirada solo para observarlo ya que seguía siendo mucho más alto que yo. Estábamos más tranquilos aunque aún algo agitados por toda la situación, aunque, no tardamos en vernos alertas en el momento en que unos pasos resonaron en el estacionamiento. Me volteé con rapidez lista para enfrentar a quién fuese que se nos acercara pero me quedé sin aliento al ver de quién se trataba: Dmitry Blackwell. Me quedé inmóvil, casi incapaz de poder reaccionar, no creía estar preparada para aquello, pero no sé de dónde saqué las fuerzas suficientes como para en un rápido movimiento sacar el arma que de alguna manera traía bajo el vestido. Le apunté, y no aparté la mirada de él ni una milésima de segundo; tenía aquella asquerosa sonrisa pasmada en su rostro el cual reconocería en cualquier situación, estaba vestido un tanto elegante, y me estaba apuntando de igual manera con un arma, lo cual ni siquiera había notado.
Solo en aquel momento mi atención no estuvo en mi padre, sino que en él, en ese bastardo que había arruinado mi vida en todo sentido. Lo odiaba como a nadie en este mundo, pero si estaba segura que alguien lo podía odiar más que yo, era mi padre. Escuché la voz de mi progenitor y me distrajé por breves segundos, ni siquiera había escuchado lo que dijo, pero de lo único que fui consciente fueron de los disparos segundos después. Cerré mis ojos, creyendo que habían ido contra mi, pero cuando los abrí me encontré con mi papá en el suelo, con su ropa completamente ensangrentada. Habían sido al menos tres disparos; uno en el pecho, estómago y uno en su pierna en donde tenía una hemorragia bastante grande, ya que la sangre no se detenía. No podía creer que, se hubiera puesto en mi lugar cuando él solo quería acabar conmigo. Había dado su vida por mi, y, cuando pude analizar la situación luego de estar en shock, mi mundo se vino abajo. Caí de rodillas tomando su cuerpo entre mis temblorosos brazos. Ni siquiera noté que estaba llorando descontroladamente ante su débil mirada.
—No, no. Papá, no me puedes dejar, no puedes.—Negué con mi cabeza presionando con una de mis manos en su pecho en un intento de detener la hemorragia, pero era imposible, y es que se desangraría en pocos minutos y no lo podría evitar. No fui consciente de que ahora éramos solo yo y él, menos aún de las sirenas de la policía, pero no me importó aún cuando luego lo noté, no sería capas de dejarlo ahí. Una de sus manos llegó a mi mejilla la cual acarició débilmente. —Debes irte... no puedes dejar que te encuentren acá.—Su voz fue tan débil que lo único que hice fue negar, no quería que hablara. No quería que se esforzara, en lo absoluto. —No te voy a dejar, no lo voy a hacer. Lo siento.... siento haberte dejado, siento haber sido tan distante contigo, haberte hecho sentir mal por mi actitud. No sabes cuanto te amo, papá, te adoro, eres... mi super héroe, ¿recuerdas? como cuando era pequeña. Y dijiste que no me dejarías nunca, que me protegerías, así que no te puedes ir... no.—Cada vez se escuchaban las sirenas de la policía más cercanas al lugar, quizá a unas cuantas cuadras. Podía notar sus verdes ojos llenos de lágrimas las cuales se deslizaron por su rostro. No podía afrontar la idea de que estaba ahí, falleciendo en mis propios brazos. —Sabes... sabes que siempre te voy a proteger, mi... princesa. Pero, ahora... tú tienes que cuidar de tu madre, y... del abuelo.—Tosió prácticamente entre cada palabra y yo asentí con la cabeza. No me permitiría decepcionarlo, aún cuando no volviese a estar a mi lado.—Te amo, niña de mis ojos.—Lo vi sonreír de una manera débil y lo único que hice fue llorar aún más dejando que mis labios llegaran a su frente en donde dejé repetidos besos, hasta que, su mano, la cual seguía en mi mejilla, cayó al suelo. Me separé negando con la cabeza de manera desesperada, no, estaba segura de que no era verdad, que abriría los ojos en cualquier momento, pero no, no parecía ser así.
Las sirenas estaban resonando ya en el lugar así que, sin más, me levanté, arrancando de su cuello un collar que, desde que tenía memoria, él usaba, uno que, conservaría como mi mayor tesoro. Lo aprisioné entre una de mis manos y viendo bastante borroso con mis ojos gracias a las lágrimas, escapé de ahí por una puerta trasera la cual me dio a un oscuro callejón por el cual no hice más que correr, tal como lo hice por las siguientes oscuras y vacías calles hasta llegar a mi hogar. Estaba destruida, sentía el punzante dolor en mi pecho, no podía creer que por mi, había muerto. Pero... no podía dejar que aquello me tirara abajo; él quería que cuidara de mi familia y lo haría con mi vida, tal como lo hizo él por mi. Por lo que, desde ese momento, mi prioridad sería mi familia y nada más que esta, además de, el poder vengarme de quién acabó con mi padre.
The beginning
Todo comienza con mi madre Mandy, siendo una adolescente de apenas diecisiete años, en busca de cumplir sus sueños, de hacer lo que siempre ha amado: el arte, y, tras no tener el consentimiento de mis abuelos quienes esperaban que ella fuera seguramente una abogada o doctora, decidió marcharse directamente a una ciudad de la que estaba enamorada aún cuando nunca hubiese estado en aquel lugar. Génova, Italia, terminó por ser su paradero. Y si bien no podría quizá tener los recursos suficientes aún para poder estudiar Arte, decidió al menos conseguir un no muy mal pagado trabajo en una pequeña tienda. El trabajo no era malo, quizá un tanto cansador los primeros días, pero fue solo cosa de acostumbrarse para que se hiciera nada más parte de la rutina diaria. Y quizá, esas no eran sus expectativas desde un principio, pero, todo se comenzaba con algo pequeño, tal como lo era el apartamento que su paga le permitía tener.
Al cabo de un par de meses, las cosas iban más que bien para mamá; había conseguido un trabajo nuevo en el cual le pagaban mucho mejor, lo cual le permitió darse uno que otros gustos al comprar las cosas necesarias —y que ella se podía permitir—, para, por lo menos en su tiempo libre hacer lo que tanto le gustaba. Y qué hablar de el amor; había conocido a un chico: Cameron Volttier, alguien que, para tener veintidós años, era casi un hombre hecho y derecho; alguien maduro, seguro de si mismo como también de las decisiones que tomaba. No obstante de su mala reputación en la ciudad, en el fondo era una persona común y corriente a la hora de no estar haciendo lo que para él era considerada su pasión, la cual precisamente para muchos no era el mejor… trabajo, pero, a fin de cuentas era lo que él amaba. Mi padre era sin duda alguna alguien demasiado dedicado, esforzado aún cuando lo tenía todo, perseverante y más que nada alguien fuerte, por lo que no se dejaba intimidar por nada ni nadie, sin contar el que era alguien guapo y más que codiciado por mujeres, pero la mayoría de ellas lo querían más que por su poder, dinero, aunque muy pocas de ellas tenían siquiera el valor de acercarse a él. Pero, de alguna extraña manera, mi madre logró cautivarlo como probablemente lo habría hecho con muchos otros hombres anteriormente. Y es que ella, aún cuando no lo notara era realmente bella, era como si de alguna manera la dulzura y belleza emanara de sus poros por montones, sumándole unos que otros encantos que ella ni siquiera notaba que tenía, y es que, siendo alguien un tanto tímida ante el sexo opuesto, siempre logró destacar de entre el montón llamando así la atención de muchos. Al conocerse, la química, fue casi instantánea. Él, como nunca antes se sentía cautivado por la belleza y naturalidad de mamá.
Así, luego de unos meses, nació una relación entre ambos, y claramente la vida de los mismos dio un cambio rotundo y grande, ya que, como era de esperar, mi progenitor no quería que la mujer a la que tanto amaba, estuviese desprotegida, por lo mismo fue que se la llevó a vivir con él en la casa de mi abuelo, Ezio, en donde sin duda alguna, mi madre estaría mucho más segura y protegida de cualquier peligro al que estuviese expuesta. De igual modo, aquello no quitaba de la mente de ella el constante miedo de que él no volviera a casa, o que le hicieran algo a ella misma, pero, por suerte nunca fue así, y es que, era quizá el amor que papá sentía por mi madre, era el que le hacía querer cuidarla con su vida si era posible, como también no permitir el que nunca lo separaran de su lado. Y gracias a el amor entre ellos, como también la voluntad y el deseo de estar juntos, lograron permanecer juntos por un buen tiempo, y, fue así como al cabo de dos años, en una noche un tanto fría y oscura en Italia, fui concebida, convirtiéndome en el pequeño fruto de tan gran amor entre mis padres. Instantáneamente me convertí en la pequeña luz de los ojos de ambos como también mi abuelo quién desde aquel momento se vio empeñado en cuidarme y protegerme ante todo, aún cuando probablemente nunca fue demasiado necesario, al menos no mucho en mis primeros años de vida. Mi infancia, fue como la de cualquier otra pequeña niña normal, apenas cuando tenía dos años, mis padres decidieron irse a Grand Prairie por el inminente peligro que yo corría en Italia, aunque aún así la mayor parte del tiempo visitaba a mi abuelo. Y ahí, en esa pequeña ciudad de Texas fue donde pasé la mayor parte de mi infancia, una totalmente normal para mi, una como la que cualquier otra pequeña niña tendría. Aún siendo —aunque no lo supiera—, quien dirigiría el legado que papá me dejaría. De todas maneras, mi vida o al menos mi infancia era más de lo que siquiera pudiese haber pedido, o al menos así lo veía yo en mi condición de niña pequeña e inocente; teniendo el amor de mis padres, como el de mi abuelo quién era y es prácticamente la persona a la que más quería y amo en el mundo, porque más que nada él era en aquellos tiempos, y ahora, la persona que me consentía y de alguna manera, con quién mejor me sentía, y bueno, era más que feliz con aquello. Pero, como siempre, no todo es color de rosas, o al menos lo fue hasta cumplí 16 años, en donde por primera vez me atreví a siquiera preguntar a mamá sobre cierto tipo de dudas las cuales me perseguían desde quizá los nueve u diez años. Fue aquel acontecimiento el que, terminó por cambiar mi vida por completo aún cuando no lo quisiera así. Me vi confundida y aterrada ante tantas cosas como el trabajo que llevaba mi padre con mi abuelo, que, no vi otra salida más que el querer protegerme por mis propios medios. Desde ahí, mi vida no fue la misma en ningún sentido, menos aún mi mentalidad, como también mi actitud comparado con lo que había sido anteriormente. Estaba confundida, me sentía sola y más que nada engañada por las personas que se suponía debían ser quienes me protegerían, pero aparentemente no habían hecho eso. Aunque, por muy doloroso que hubiera sido el descubrir tantos secretos en solo un día, aquello le daría paso a mi nueva vida, una vida en la que no permitiría que nadie siquiera pensara en mentirme, engañarme o hacerme daño nuevamente. Buscaría venganza, más que nada contra Blackwell, quién era la única persona culpable de mucho de lo que sufrí.
Desesperada y aún demasiado confundida con todo lo sucedido, una fría noche de invierno, el 28 de Noviembre del 2008, terminé por irme a Los Ángeles, California, una ciudad que apenas conocía por unas pocas veces en las que había viajado con mis padres, pero, ahí tenía pensado comenzar una vida ‘nueva’, o quizá solo buscaba un poco de espacio, tiempo, yo que sé. Lo único que si sabía era que estaba más que decidida a seguir con lo que me correspondía y estaba dispuesta a hacer lo que fuese necesario para hacer sentir orgulloso a mi padre y abuelo siendo una Volttier como se debía, porque, luego de que se me hizo bastante dificultoso entenderlo, noté el que, en realidad no era una mala vida y aún no sabía si podría llegar a gustarme, aunque no lo dudaba demasiado. Pero antes de siquiera tener que hacer algo o intentarlo, necesitaba claramente de la única persona en la que sentía que podía confiar, y aún cuando no fuera así, era el único ser humano en el que recurriría sin importarme nada. Y así, con lo poco que tenía y había podido conseguir de dinero en un par de meses de trabajo en un bar, me fui directamente hacia mi ciudad natal, en busca del hombre al cual consideraba casi mi progenitor.
❝El hombre con ya 56 años, pero aún conservando la apariencia de un hombre con quizá 45 años me recibió con un cálido abrazo y un beso en ambas mejillas. —La mia ragazza, che grandi tu sèi.—Los azules ojos de mi abuelo me miraron de aquella cálida manera que me hacía querer simplemente abrazarlo y decirle cuanto lo amaba. Su voz seguía conservando aquella calidez, aunque seguía siendo aún de áspera, pero para mi era como sentirme en casa el sólo escuchar su voz. —Nonno, mi sei mancata. Ma non solo ho venuto a visitare.—Sentía mis mejillas casi entumecidas gracias a la amplia sonrisa que en mis labios se formó. Por primera vez durante semanas sentía que podía sonreír de una manera real. —Cosa succede, figlia?—Su voz sonaba preocupada al preguntar aquello, y claramente no era nada por lo que debería preocuparse, o al menos no por lo que tenía pensado en decirle en aquel momento. Quizá si lo haría con otras cosas pero conociendo bien a mi amado Nonno, no duraría mucho aquello antes de que me consolara. Nos adentramos en la casa considerablemente grande la cual consideraba mi hogar. Mis ojos no se despegaban de ningún rincón de esta, era ya casi una costumbre el llegar y casi inspeccionar la casa con mi vista cuando la conocía prácticamente al revés y derecho. Me vi en la comodidad del sofá en el salón junto a mi abuelo quien no tardó en posar la calidez de sus manos sobre las mías provocando así aquella inminente seguridad dentro de mi. Tenía tan claro que mientras permaneciera con él, nada me podría suceder. —Lo sono pronto a prendere il business. E voglio che tu mi insegni tutto ciò che ho bisogno di sapere.—Ni siquiera yo podía creer la seguridad con la que había dicho eso, sonaba como mi padre, pero, después de todo, llevaba su sangre, sería algo extraño el no llevar muchas de sus características conmigo. De un momento a otro la mirada de mi abuelo cambió por completo, sus ojos casi brillaban fascinados ante las pocas palabras que había pronunciado, parecía más que encantado con haberme escuchado decir aquello.Sonrió de una manera muy poco común en él. —Oh, figlia… Ho aspettato così a lungo, e alla fine questi elenco.—No me dio siquiera el tiempo de responder cuando su mano tomó la mía y prácticamente tiró de mi cuerpo para comenzar a caminar por uno de los interminables y largos pasillos de la casa hasta que, entrando y saliendo por algunas puertas, llegamos a una habitación que, en mi vida había visto ahí. Dentro de esta había lo que era para mi un arsenal de armas, diferentes tipos e incluso muchas cosas que nunca en mi corta vida había visto y menos aún tenía idea de que eran. Y, si bien creí por un momento que no me gustaría aquello o que me asustaría, extrañamente un tipo de adrenalina comenzó a correr por mi sangre, sentía mi respiración casi errática y no sabía por qué pero me veía encantada con todo lo que mis ojos apreciaban. Estaba de más decir que mi emoción por tener cada uno de aquellos implementos entre mis manos en algún momento, era gigante. Pero no creía que mucho con las ansías de siquiera pensar en lo que se vendría en los próximos meses para mi.❞
Apenas después de unos meses, mi nombre, o más bien el que era mi segundo nombre: Adalia, era pronunciado en media Italia. Había sido un golpe el que de un momento a otro, quién solía ser la pequeña y adorable nieta del temido Ezio, se convirtiera en alguien igual o quizá más peligrosa que su abuelo y su padre. En menos de unas pocas semanas, había aprendido tanto y había hecho demasiado, mucho más de lo que creí en un principio que haría. Y, aunque eso fuera algo nuevo para mi, me encantaba, era como si desde un principio hubiera estado destinada a lo que mi padre se dedicó, y aquello ya estaba más que claro; la adrenalina que sentía al solo tener un arma en mis manos, y lo bien que se sentía el escuchar la voz de muchos bastardos suplicándome muchas veces por piedad era sin duda alguna para mi una sensación increíble. Pero, si algo no tenía precio alguno, era el orgullo que mi abuelo sentía al verme haciendo lo que aparentemente desde un principio estuve destinada a hacer. Comencé también a ganar mucho dinero, poder y bastante mala fama en mi ciudad natal, pero, realmente eso era lo que menos me importaba, No cuando más que nada sentía que hacía todo aquello porque me gustaba, lo amaba y porque también quería ver el orgullo reflejado en los ojos de mi abuelo. Porque sinceramente ni el dinero, poder y menos aún la fama podrían comprar aquello. Mi abuelo fue siempre alguien a quien he admirado y el pensar que el estaba así de orgulloso de mi, era más que suficiente para saber que lo estaba haciendo bien para ser siquiera la primera mujer en la familia en dedicarse a esto.
❝Mi corazón chocaba contra mi pecho de una rápida manera, mi respiración ya era pesada y como siempre sentía aquel tipo de familiar adrenalina al tener el arma entre mis manos. Además de lo gratificante que era el ver a aquel hombre amarrado, inmóvil, con su rostro lleno de sangre como también su ropa teñida de rojo, era alguien… irreconocible, y eso solo lo había logrado yo, con nada mas que mis manos. Tenía la seguridad de que mis oscuros ojos brillaban casi con diversión y excitación al ver al hombre a tan solo unos metros lejos de mi siendo lo que siempre ha sido como todos los demás de los cuales me había encargado: una basura. Una torcida sonrisa se encontraba pasmada en mis carnosos y rojos labios a medida que me acercaba a grandes y largas zancadas hacia el hombre. Una de mis delgadas y frías manos terminó por verse en un puño el cual en cosa de segundos chocó contra el rostro del hombre una y otra vez, resonando así en el solitario sótano de mi hogar los quejidos de aquel mal nacido quien rogaba por su vida. Me detuve. Mi pecho subía y bajaba, mi respiración era pesada y en mis ojos se veía reflejado el enojo, la furia, y en los de él, el pánico y el miedo. De un momento a otro, una cálida y conocida mano se posó sobre uno de mis hombros. La voz de mi maestro y abuelo, se hizo presente: —Ucciderlo, Adalia. Finiscilo, figlia.—La voz de mi amado abuelo fue casi un susurro. Aquellas palabras fueron como pisar el acelerador en mi interior, aumentar mucho más el deseo de acabar con aquel hombre frente a mi, como tanto quería hacerlo. Y con solo aquellas palabras, no dudé ni un segundo en tomar el arma que mi abuelo me ofrecía, y, en cosa de segundos me vi frente al hombre nuevamente. Una de mis manos sin siquiera vacilar, apuntó con el arma directamente hacia su cabeza causando así el pánico en él quién casi balbuceaba piedad. Y eso no era más que satisfactorio para mi, era… la gloria, definitivamente aquella sensación era algo incomparable. Me quedé apenas por unos segundos mirándolo y sin siquiera dudarlo, apreté del gatillo, viéndose así mis oídos sumidos en un ensordecedor pitido gracias al disparo que había acabado con la vida de él. Tiré el arma lejos mirando luego mis ensangrentados nudillos. Me quité la capucha de la sudadera y observé el resto de mi cuerpo, la mayor parte de este ensangrentado gracias a la previa tortura que le había otorgado al ahora cuerpo sin vida frente a mi. La blanca camiseta que traía ahora estaba teñida de un rojo carmesí tal como los desgastados pantalones que traía puestos. Definitivamente necesitaría una ducha. Mi respiración aún era un tanto errática y en mi sangre aún corría aquella adrenalina tan familiar para mi persona. Una apenas pequeña sonrisa de lado se formó en mis labios, viéndome orgullosa de lo que acababa de hacer, siempre se sentía de la misma satisfactoria manera. Mi abuelo se acercó y dejo un pequeño beso sobre mi ensangrentada frente, beso que más que dichosa ante la mirada de mi abuelo, recibí, procediendo luego a retirarme en busca de una ducha caliente para deshacerme de cada pequeño rastro de sangre en mi piel. Definitivamente ese era el comienzo, el comienzo de lo que sería una buena vida haciendo lo que amaba y a lo que probablemente me dedicaría el resto de mi vida. Sin duda alguna, estaba lista para lo que fuera que se le viniera encima, Italia debería prepararse porque Adalia estaría en la gloria cuando menos lo pensaran. Yo quemaba, y definitivamente lo haría con cualquiera que se me acercase.❞
Permanecí dos años junto a mi abuelo, aprendiendo todo lo que fuera necesario para, de alguna manera llevar ella las riendas del negocio. Y, cuando estuve completamente preparada y lista para lo que fuera, decidí mudarme hasta Los Ángeles, California. Solo para escapar un poco de tanta ‘acción’ por así decirlo, y llevar al menos por unas semanas, meses, o el tiempo que fuese, una vida un tanto más… 'normal’ y tranquila. Aunque de todas maneras aquello no significaba que mi trabajo me siguiera hasta casa, por así decirlo, ya que fueron incontables las veces en que muchos de mis enemigos llegaron hasta mi hogar en busca de dañarme, cuando lo único que hacían al ir por mi era cavar sus propias tumbas. No obstante, la poca tranquilidad que había logrado ganar en Los Ángeles se desvaneció en el momento en el que mi padre falleció. Y si bien nunca, luego de lo que sucedió, volvimos a ser cercanos. Me vi destruida y, no lo negaré ni mucho menos porque su partida fue una de las cosas más dolorosas que me pudo haber sucedido. Pero, la vida debía seguir y estaba segura de que el no querría que yo fuera a dejarme caer por algo como eso. Y, comportándome exactamente como él lo hubiese hecho, me levanté con la cabeza en alto y desde ese momento busco venganza contra el hijo de puta que acabo con su vida, alguien a quien conocía bastante y que me debía muchas, por así decirlo. Y fue también quizá aquello lo que me hizo casi de piedra, porque… quizá mi vida no fue la peor de todas pero tampoco fue la vida fácil aún cuando tenía recursos y demás, muchos pensarán que por solo tener dinero, una buena familia y gente que me amaba, mi vida fue un cuento de hadas porque nunca fue así. Pero, pienses lo que pienses, ten claro que tarde o temprano si te metes conmigo, acabaré contigo.Te consumiré tal como el fuego a un cerillo al momento de encenderlo, y te aseguro que querrás más, y no podrás detenerte.
Sempre a tua disposizione.
Era el primer viaje que ambos hacíamos juntos, lo mejor de todo aquello era que él finalmente conocería a mi tan nombrado abuelo, y mi abuelo finalmente terminaría por conocer a aquel amigo al que aparentemente le tenía tanta confianza como él decía. Italia, hogar dulce hogar, nada mejor que estar en donde comenzó todo, en casa de la persona más importante en mi vida.
Estábamos sentados en la sala frente a una pequeña mesa con un par de cervezas encima, ambos con un cigarrillo entre nuestros dedos. Aparentemente mi abuelo había salido, o al parecer eso era lo que las empleadas y los de seguridad me habían informado al momento de llegar. Esperábamos su llegada con ansías, o al menos por mi parte era así, necesitaba ver a aquel hombre nuevamente luego de un par de semanas. Llevábamos al menos diez minutos esperando, diez minutos en los que nos dedicamos a conversar sobre cualquier cosa, riéndonos de unos que otros recuerdos, simplemente pasando un buen rato. Mi teléfono sonó; número desconocido. Bastante extrañada, y cómo nunca me quedé en silencio en cuanto a nuestra conversación y contesté.—Ciao?—Musité exhalando el denso humo por mi boca mientras esperaba una respuesta por parte de quién fuera que estuviera en la otra línea. “Dire addio al tuo amico” fue lo único que escuché desde el otro lado del teléfono y ni siquiera pude reaccionar cuando sentí el retumbar de disparos atravesando en cosa de segundos las ventanas de la sala. Con suerte fue que pude tirar la mesa hacia un lado en un intento te protegernos pero era lo suficientemente tarde, podía ver la camisa de mi amigo manchada de sangre. Logré llevarlo hasta detrás de uno de los sofás en donde lo dejé recostado en el suelo.—Mierda, mierda. Por favor, dime que puedes resistir aunque sea un poco.—Murmuré intentando detener con una de mis manos la hemorragia justamente en su estómago. Él tosió y asintió con la cabeza de una manera bastante débil. Sentía mi corazón latir con rapidez debido a los nervios y quizá aún más por la adrenalina y la rabia.
No sé en que momento fue que entraron finalmente los de seguridad con sus armas en mano. Malditos idiotas, era recién en ese momento cuando llegaban.—Dove cazzo erano? Portarlo a una stanza.—Prácticamente les ordené en un grito mientras me levantaba dejando que ellos se lo llevaran a una de las habitaciones que habían arriba en donde seguramente lo curarían, o al menos eso esperaban que aquellos inútiles pudieran hacer. Mi espalda se vio pegada a una de las paredes mientras sacaba el arma que se encontraba en la parte trasera de mis jeans. Los disparos no se detenían, aunque no dudaba que no era demasiada la gente que se encontraba fuera de la casa. Remojé mis labios y prácticamente corrí hasta las escaleras las cuales subí de esa misma manera rápida. El pisar rápido de mis pies resonaba a través de los pasillos hasta que llegué a una de las habitaciones en las que mi abuelo solía tener armas. Sabía que esos hijos de puta no conocían la casa, y no tendrían ni idea de donde me podría encontrar yo. Tomé la Hämmerli 850 AirMagnum XT, una de mis favoritas. Me posicioné agachada frente a una de las ventanas abiertas. Apunté con tranquilidad; cuatro hijos de puta justo frente a la casa, me seguía preguntando como los imbéciles de los guardias no se habían percatado, si los cuatro idiotas estaban escondidos tras unos arbustos. Tomé una respiración profunda, apunté justo a la cabeza de uno de ellos y sin pensarlo dos veces apreté el gatillo, y, uno menos. Quedaban tres, tres que no tardaron en verme, y eso era mejor aún, prefería que vieran mi rostro antes de morir. Comenzaron a disparar hacia aquella zona de la casa y no hice más que apegarme a un lado de la pared en un intento de cubrirme. Esperé el momento preciso en el que tuvieran que cargar, porque en algún momento deberían hacerlo. Tiré la Härmmerli lejos y tomé lo primero que encontré; un revolver, y, en cuanto se detuvieron los disparos, no esperé un segundo y me vi frente en la ventana con el arma entre mis manos; ni siquiera me moleste en apuntar y disparé a lo que mi precisión daba; justo en el hombro de uno de ellos. No le disparé de nuevo, me preocupe de los otros dos, y les di justamente donde quería; en su mano y lamentable y gratificante mente en la cabeza de el otro hijo de puta. No creí que sería tan fácil. Los dos que quedaban me miraron aterrados. Creo que no podían hacer mucho sin moverse y el otro sin poder hacer mucho con la mano prácticamente destruida. Sonreí como no solía hacerlo desde hace tiempo y me di la molestia de dejar un beso sobre el arma justo antes de disparar a cada uno de ellos las veces que fuera suficiente para estar segura de que había acabado con ambos.
Tiré el arma lejos pasando una de mis manos por mi rostro bastante cansada después de todo, y, sin pensarlo me fui directamente hacia donde suponía debería estar mi amigo. Y así fue, apenas abrí la puerta de la que era mi habitación cuando me quedaba en casa de mi abuelo, me encontré con él, sobre la cama sin su camiseta, con un par de vendas sobre su abdomen. Se veía débil, pero, estaba segura de que al menos algo habían hecho los muchachos de seguridad, de algo debían servir además de ser unos imbéciles. Con solo una mirada los presentes en la habitación comprendieron que debían largarse e ir a limpiar el desastre que había en la casa. Me acerqué con cuidado y silencio hasta un lado de la cama. Lo observé, y como nunca, desde hace tanto tiempo, sentí preocupación. Una de mis manos tomó la osadía de llegar a su cabello el cual apenas acaricié de una suave manera sonriendo de lado, no me habría imaginado como hubieran sido las cosas si algo peor hubiera pasado.—¿Estás bien? Por favor, dime que sí.—Murmuré poniendo toda mi atención sobre él que apenas abrió sus ojos con algo de dificultad, vi un intento de sonrisa sobre sus labios y al menos asintió, o eso intentó hacer, lo cual fue suficiente para mi como para estar más aliviada.—Me encargaré de que estés bien en cosa de días, no te preocupes.—Un tono extrañamente suave de voz se hizo presente al momento de hablar. Dejé una última caricia sobre una de sus mejillas y me levanté de la cama. Sabía que después de toda esa mierda lo que más necesitaría él sería descansar. Debía llamar a un doctor porque estaba segura de que había perdido bastante sangre. Y luego de eso, me encargaría personalmente de que mejorara, de la manera que fuera, lo cuidaría con mi vida si era posible.