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Al final del día queda un vacío. Hay días en los que me siento la más inteligente y productiva. Otros en los que me llego a caer muy mal. El deseo de ser amada por los demás es lo que alimenta ese vacío. Eso y las ganas de siempre querer más. El problema es pensar que el mundo es un gran escenario donde debemos estar bajo los reflectores. Me rindo. No soy a quien deben mirar. No tengo un gran talento. Y aún sí lo tuviera, no debería de ser aplaudida por eso. Porque los talentos son sólo para ayudar a los demás. Debería de escribir la oración de San Francisco de Asís en donde pueda verla todos los días y repetirla. Soy un instrumento. Y desearía poder amar más, que ser amada.












