Me levanté a las 4 de la mañana (me estaba costando trabajo dormir), quizá por la incomodidad de estar tanto tiempo en cama por una enfermedad global, aunque tal vez fue la incomodidad de la metrópoli, no lo sé.
En cualquier caso me quedé observando una inusual luz junto a la ventana, en algo que parecen los ojos de un gato.
No pude evitar pensar que la vida sigue aunque uno este detenido.
¿Pero porqué tenía los ojos de un gato frente a mí? Eran como los ojos de ese cuervo -pensé en un principio-, luego observé bien.
Lo que veía ahí eran mis ojos (no eran de un gato), eran los ojos de un zorro.
Era el reflejo de luz de lo que yo veo todos los días en las ventana.
El pasar de una vida en la que cada día veo gente con la misma rutina, la luz que se desplaza y se mueve milemetricamente de un punto a otro.
Pensé ¿será qué solo yo deseo mover mis patas y que ahora que me ha sido arrebatada esa pequeña libertad de metrópoli me quedé solo con la vista o será qué de una u otra forma está nos fue arrebatada a todos?
¿Pero en el fondo qué ven los ojos de un zorro? ¿Lo qué han visto siempre? muchas cosas pendientes, un bosque, la montaña, muchos corazones dispersos y tranquilidad.
No, ahora perciben otra cosa.
Olfatean un compromiso, un solo compromiso con la vida, ineludible e inevitable, uno que va más allá de cualquier deseo moral.
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Nota del día
D. (en Escuadrón 201, Distrito Federal, Mexico)