Al final, uno sólo busca alguien a quien contarle las bobadas que pasaron en el día y que genuinamente se interese por eso, que escuche, que pregunte, que se ría.

❣ Chile in a Photography ❣
trying on a metaphor
Sweet Seals For You, Always
Misplaced Lens Cap
macklin celebrini has autism
No title available
he wasn't even looking at me and he found me
Xuebing Du

roma★

★

gracie abrams
No title available
𓃗
The Stonewall Inn
cherry valley forever
d e v o n
occasionally subtle
One Nice Bug Per Day
TVSTRANGERTHINGS
PUT YOUR BEARD IN MY MOUTH

seen from Australia
seen from Canada

seen from Germany
seen from United Kingdom
seen from United States

seen from T1

seen from T1

seen from Poland

seen from United States
seen from Australia

seen from Türkiye
seen from United States

seen from Malaysia
seen from Netherlands

seen from France

seen from United States
seen from United States
seen from Colombia
seen from France

seen from Belgium
@damianvazkez
Al final, uno sólo busca alguien a quien contarle las bobadas que pasaron en el día y que genuinamente se interese por eso, que escuche, que pregunte, que se ría.
¿Por qué me dijiste que me amabas, un día antes de irte...?
Dime, chico: ¿existe algo que logre llenar tu vacío?
-Pattinson_v
La mejor forma de conocer a alguien es compartir el insomnio hasta que amanezca.
Full Power | Stranger Things 5
Me di cuenta de lo mal que estaba cuando le rogué que por favor me soltara, que por favor dejara de darme esas migajas que me hacían mantenerme a su lado, se lo pedí por favor...
"Entre el Silencio y el Despertar"
Había llegado al campo sin urgencia.
El sol bajaba lento, dorando la tierra y estirando las sombras. La ruta se abría entre los árboles, y el auto se detuvo solo, como si también quisiera contemplar lo que venía.
Bajé.
El aire era distinto.
Quieto. Vivo. Antiguo.
Frente a mí, un paisaje tan sereno que dolía: pasto verde como esperanza fresca, árboles altos como guardianes dormidos, y un cielo tan azul que parecía prometer algo. Todo era hermoso. Tan hermoso que quise capturarlo.
Saqué mi celular. Enfocaba el horizonte cuando, en la rama de un árbol cercano, vi un ave.
Majestuosa. Solitaria.
Como si también estuviera posando para una foto.
Alcé el celular para capturarla. Justo en ese instante, algo se movió rápido, como un latido oscuro en el pasto.
Una serpiente.
Saltó directo hacia mí, con los colmillos listos.
Reaccioné sin pensar. Me hice a un lado y la esquivé.
Mi corazón golpeaba fuerte. La ví serpentear de nuevo, y otra vez se lanzó.
La esquivé otra vez, pero no era solo reflejo: había algo más.
Sabía que era un sueño.
Sentí ese pensamiento con la certeza de quien lee una palabra escrita con fuego.
"Esto no es real", me dije.
"Si grito… ¿alguien me va a escuchar? ¿O estoy solo?"
Por un momento dudé. Tal vez grité. Tal vez solo lo pensé.
El silencio era absoluto.
La serpiente se enrolló a la distancia, mirándome, midiendo.
Y entonces otra idea me atravesó, como una flecha:
> "¿Y si me muerde? ¿Y si no puedo despertar a tiempo? ¿Qué pasa si muero acá?"
El miedo era tan real que dolía.
Sentí la tierra bajo mis pies, el viento leve en el rostro, la tensión del cuerpo…
Era un sueño. Pero no uno cualquiera.
Era un límite. Una frontera.
Y justo cuando la serpiente se alzó de nuevo, lista para un tercer ataque, algo dentro de mí decidió despertar.
No por miedo.
Sino porque entendí algo.
Al abrir los ojos, el cuarto era oscuro, pero tranquilo. Mi respiración era rápida, como si hubiese corrido.
El cuerpo en sudor.
El alma… despierta.
No sabía si había vencido a la serpiente.
No sabía si el ave seguía ahí.
Pero había algo que sí sabía:
No todo lo hermoso es seguro. No todo lo que nos ataca viene de afuera. Y, a veces, soñar es otra forma de recordarnos que estamos vivos.
Desde entonces, cada vez que veo un paisaje que me emociona, me detengo.
Lo observo. Lo respiro. No lo fotografío.
Porque ahora sé que hay cosas que no se pueden capturar.
Solo vivir.
El Último Grito – Capítulo 2: El Guardián del Recuerdo
Pasaron días. O tal vez semanas. El tiempo se movía distinto desde que la humanidad dejó de escribir su historia. Trabajábamos para los simios en campos de recolección y restauración tecnológica. Nos vigilaban, pero no siempre hablaban. Solo ordenaban. Solo observaban.
Yo seguía vivo, pero no me sentía así.
La imagen de aquella niña –la que me había llamado hermano sin decirlo, la que me miró como si yo fuera su única familia en ese infierno– seguía viva en mi mente. Su ausencia pesaba más que las cadenas. Su última mirada me perseguía en cada rincón del silencio. Y la música… esa melodía seguía sonando en mis sueños, como un lamento que el alma no quiere soltar.
Una noche, mientras limpiaba partes oxidadas en una estación abandonada, encontré algo enterrado en el barro: un cuaderno pequeño, cubierto de tierra y humedad, pero con hojas todavía legibles. Alguien lo había escrito antes del colapso. Eran dibujos, pensamientos, frases de esperanza. Entre las últimas páginas, una oración me sacudió el pecho:
“Aunque caiga el mundo, alguien tiene que recordar que alguna vez fue hermoso.”
Entonces lo supe.
Yo no iba a vengarla.
Yo iba a recordarla.
Y con ella, a todos los que ya no estaban.
Comencé a escribir en ese cuaderno cada noche. No solo sobre ella. Escribía sobre los rostros que veía, las voces que el miedo apagaba, los nombres que ya nadie decía en voz alta. Me convertí en cronista de los olvidados. El silencio de los campos se fue llenando con sus historias.
A veces, al terminar una página, sentía que ella estaba ahí.
Leyendo.
Sonriendo.
Libre.
Un día, mientras entregaba herramientas reparadas a un grupo de simios, uno de ellos –más viejo, más sabio– se detuvo a mirarme. Me señaló el cuaderno. No dijo nada. Pero en sus ojos, por un instante, no vi dominación. Vi comprensión. Y por primera vez, creí que no todo estaba perdido.
Esa noche, subí a la cima de una torre derruida. El viento soplaba fuerte. Abrí el cuaderno y lo até a una cometa vieja que encontré en el depósito. La lancé al cielo.
Y mientras volaba, mientras el cuaderno danzaba entre las nubes grises, sentí que lo que había escrito ya no era mío. Era del mundo. Era de ella.
Era de todos.
✨ Epílogo:
Dicen que en los cielos del nuevo mundo, a veces aparece una cometa de papel flotando entre las ruinas, y que quienes la ven sienten una paz que no saben explicar.
Yo sé por qué.
Porque alguien recordó.
Porque alguien amó.
Porque, en medio del fin…
alguien eligió no olvidar.
"El Último Grito”
El cielo tenía un tono gris permanente, como si el mundo hubiese olvidado cómo ser azul. Las ciudades estaban en ruinas, los campos cubiertos de polvo, y las montañas ya no cantaban con el viento. La humanidad había caído. Nadie sabía bien cuándo, solo que un día despertaron, y ya no eran los dueños del planeta.
Ahora lo eran ellos.
Los simios.
Habían evolucionado, organizado, dominado. Pero no eran bestias. No gritaban ni aullaban por locura, sino que hablaban, pensaban, juzgaban… y cazaban. A los humanos sobrevivientes los atrapaban como si fueran ganado. Los revisaban uno por uno, en silencio, con aparatos que brillaban con una tecnología desconocida. Si eras "útil", te dejaban vivir. Si no… desaparecías.
Yo fui uno de los capturados.
Nos llevaron en una especie de jaula sobre ruedas, atravesando lo que alguna vez fue una autopista. Éramos unas treinta personas, todos distintos, todos con miedo. Entre ellos, había una chica joven. No sabría decir si era una nena o una adolescente, pero su mirada tenía esa mezcla de inocencia y terror que te parte el alma. Se pegó a mí en el viaje. Me pidió que no la dejara sola. Le prometí que no lo haría.
Nos revisaron en una especie de centro de selección. A mí me dejaron pasar. A ella no.
“No cumple con los parámetros vitales”, dijeron en su lengua gutural pero clara.
“No está sana.”
Traté de interponerme. Luché, grité. Me pegaron. Me empujaron. La arrastraron lejos.
Ella me miró una última vez, con una expresión que no me voy a olvidar jamás: no era miedo, era tristeza por mí.
En ese instante, se escuchó un canto lejano. Una melodía suave, pero cargada de tragedia. Como una voz humana, pero etérea, flotando en el aire como si el mismo planeta llorara con nosotros. Era la misma música que escuché en esa vieja película de “Troya”, cuando matan al héroe caído.
Solo que ahora, la heroína era ella.
Y yo no pude salvarla.
Me arrodillé, con las manos atadas, pero el alma suelta. Lloré. No era solo por ella. Era por todo lo que se había perdido. Por todo lo que éramos y ya no somos. Por todo lo que no pude decirle, por ese instante en el que sentí que era mi hija, mi única luz, mi única esperanza en ese mundo oscuro.
Y entonces, como si la música fuera una señal, me desperté.
Pero algo quedó.
Algo adentro.
Una herida que no sangra, pero arde.
Una melodía que no se olvida.
The End of the F***ing World (2017)
Llegará el día.