Me preguntaba cuándo iba a dejar de doler, mientras respondía uno de los tantos mensajes que pretendía evitar, haciendo equilibrio entre las ganas de querer, agarrada del respaldo de los asientos de a uno del colectivo.
A él lo miré justo, terminaba de escribir un mensaje en ésa foto en la que lo habían etiquetado, lo estaba releyendo. Lo mandó y actualizó la pantalla para materializar ese deseo de hacer público lo que ya la seguridad le había dado. Con esa misma y certera persuasión que quería demostrar en la extensión de su voluntad, se puso a escribir un sms: "estoy yendo, llevo algo? los amo".
A ella la miraba de reojo, hasta que me dí cuenta que paraba en cada foto que Facebook se empeñaba en mostrarle. Una tras otra, con el mismo esmero con el que las hormigas van en fila llevando hojas del triple de su tamaño. Era una tarea igual de titánica, de la misma subsistencia. Dejaba comentarios en todas: feliz cumpleaños en una y un emoticon gigante sonriente en la foto de perfil de un hombre con casco, fueron las que llegué a ver con más precisión. Se acercaba y alejaba el teléfono de la cara, dejándome ver cómo la pantalla le iluminaba los pómulos enormes que tenía, apilados en lo más alto por las sonrisas sostenidas que tiraba al aire. Claro que lo hacía contenta, lo estábamos disfrutando las dos.
Ambos tenían esa premura que te da tener a donde volver y la tranquilidad de estar en camino. Me olvidé por algunos minutos que mi realidad pero no era la única.









