Maybe. Forse. Quizá. Pero no hemos sabido decirlo en francés hasta hoy. Como Dios, que creó el mundo en siete días, hoy yo, descansando en el octavo caigo en la cuenta de que todas las palabras aprendidas son parte integral de esta historia. Merguez, hors, negedif, magni-fe, reaussir, coup, cour, oeuf bruillé y potencia mundial. Un Gazelle avec deux berres.
Y así, puntual como sólo es la desilusión cuando se la espera, llegó la frase primero, y luego la duda, seguida por el comentario y la respuesta, sucediendo a la pregunta. Esa que una no quiere hacer pero hace, corazón al galope, mitad por cortesía mitad por... justicia emocional.
Y vaya si hubo mazo. ¡Puta!, que dirían en Nicaragua. Pero también los martillazos enseñan aunque escuezan. Y es sano hablar del dolor cuando aparece, aunque ponerle nombre al destino y hacer del amor matemáticas sea una práctica nefasta cuando se quiere soñar.
Brillaba el mar, olas de espuma blanca bajo una luna borrosa. Un cerdo que sabe a pescado, una costilla escasa, poca hambre, menos risas. Y la gacela. Siempre la gazelle.
Curiosamente yo llevaba puesto el vestido rojo o naranja, no sé, que quise haberme puesto el primer día. Y como ya sabía entonces, nos separa el acento y nos une el idioma. Ese en el que a menudo ellos, tras unas semanas de caza y juego, empiezan a conjugar en futuro y luego pisan freno. Ese en el que la réplica precede a la miseria.
No sé qué pensar. Si creer su ayer o su mañana. Si hacerme a la idea que mi novela de amor de verano llega a su ultima página porque asi son los cuentos felices, que tienen un final, o si apuntarlo en la larga lista de pudohabersidoynofues que voy acumulando.
En cualquier caso, en este Paris-Dakar particular, las dunas me trajeron suerte. Vida. Vocabulario. Ahora se que no hay mejor adverbio que el que ayuda a navegar dignamente la sorpresa como hacen los senegaleses con el mar en sus alargadas barcas de colores: peut-être.