The Stranger (1967)
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The Stranger (1967)
Imagino el sol de las mañanas descubriendo cual manto tus secretos taciturnos. ¿Qué se sentirá ser rayo de luz que te abrasa para traerte de nuevo, en vigilia, a esta realidad tuya?
Un calor que te acaricia, que besa tu frente e irradia tu rostro. ¿Qué se sentirá verte dormir y despertarte gentilmente? Inerme, al unisono de tu respiración. Como si de tu tersa piel se despidiera la fuente de la motivación que mueve el mundo.
Punto y seguido
Otro punto y seguido y la vista hacia el frente. No sabía que el deseo podía ser dador y opresor de sí mismo y permanecer, arder, contemplarse en la mirada en donde descansa frenético. Desear no es un listado que sumerge, es puntuación que continúa.
Un deseo por respirar libremente sin las secuelas del error. Un deseo por probar un sabor de antaño. Un deseo de concretar un sueño. Deseo por lo mínimo y lo inalcanzable. Y hambre, hambre intensa de presente, de futuro, una pizca de ayer. Deseo que se libera y se somete en el yugo de su propia oscilación.
No saber quiénes somos, a dónde vamos o qué deseamos y a dónde nos dirige. Y aún así, saber que es eso lo que nos hace ser humanos. Seguir, en cada punto y seguido venciendo lo que no se sabe, lo que se desea y no desea ser deseo o no sabe desearse.
Al final, ¿quién sabe qué desea? Porque no saberlo pero saber a qué sabe el deseo es lo que cual puntuación marca el inicio de una nueva oración.
Deseo de ese roce, deseo de ese beso, deseo de esa vida. Deseo de ser y no saber qué se es. Desear inconscientemente la incertidumbre y ser una contracción que casa la noche con el día. No lo sabía y no sé tantas cosas, ni que el deseo contiene tanta vida en esa doble connotación de la contención misma.
Desear ser todo y que todo sea deseo. Y que sin importar que se anule, persista, como cada herida que es una victoria y todo año que culmina para renacer en forma de deseo.
Caminata
En algún lugar y en algún momento, se encuentra el suceso que revierte y reconstruye lo hasta ahora resuelto.
Quizá este suceso tomará la forma de un edificio, o quizá será tan inmaterial como un aroma o un recuerdo. Una persona, un sentido estimulado. A veces una enfermedad.
En nombre de quienes ya se han encontrado con el suceso de su vida que irónico, quizá la amenace, es que nos queda vivir por aquellos y disfrutar las simplezas.
Porque, ¿qué es aquello que le otorga valor a las cosas cotidianas? Nada más que el pensamiento consciente de su existencia. Por eso las quejas, con frecuencia, minimizan al valor, en ocasiones incluso lanzan una negación ontológica. Todo se esfuma, se olvida y todo muere, con excepción de la propia muerte.
Terminamos siendo una oscilación, un absurdo. Un deseo cuya lucha intestina no sale de sí misma. La fatiga, el horror y la monotonía nos vuelven miopes, aún si la mirada apunta a algún lugar.
Entonces pasan los años, de deseo en deseo, de queja en queja, negación tras negación. Un bucle temporal que inicia con un "ya no quiero esto" y termina en "lo hubiera disfrutado". Y así somos la suma de la contradicción y la contingencia.
Esto es por quienes ya no logran admirar el amanecer ni el ocaso y por quienes dejaron ir su último respiro con el viento que golpeó su rostro una vez abierta la ventana. Por los días festivos que dejamos pasar, por el privilegio de llegar a casa, de seguir soñando, de una caminata.
En algún lugar y en algún momento, se encuentra el suceso que revierte y reconstruye lo hasta ahora resuelto. El final de una historia, el amor que desprende.
Y aunque a veces somos espectadores en una obra que poco a poco culmina, esto es en nombre de los actores, cuyo aplauso resuena más agradeciendo al mismo tiempo la oportunidad de despertar al día siguiente, intentándolo, de pie.
Continuando la caminata progresiva a través de los andares del adiós de quienes una vez dijeron "basta" y llenaron de significado su partida.
Por tanto, en nombre de aquellas personas que hoy ya no pueden o quieren negar y se reafirman día tras día, somos nosotros quienes tenemos bajo nuestro cuidado las simplezas, los instantes y el ahora. Por quienes ya no están, pero no dejaron de luchar.
“I want a kiss that burns like madness. I want a kiss that destroys me.”
— Helaena C Moon @ http://hapless-hollow.tumblr.com/ (via hapless-hollow)
Ciudad de México, México, 1965-1966, de la colección Bernard Plossu
Nosferatu, Phantom der Nacht (1979), Werner Herzog.
La flecha
No importa que la flecha no alcance el blanco
Mejor así
No capturar ninguna presa
No hacerle daño a nadie
pues lo importante
es el vuelo la trayectoria el impulso
el tramo de aire recorrido en su ascenso
la oscuridad que desaloja al clavarse
vibrante
en la extensión de la nada.
— José Emilio Pacheco
Give me more
Than one caress
Satisfy this
Hungriness
Let the wind
Blow through your heart
For wild is the wind
Wild is the wind
M. Tau - doom
Quimera
¿Y si la muerte sólo es impactante para el otro, pero para uno mismo, es una amnesia intencionada? Qué tal y al morir de pronto el evento se esfuma y lo que creemos es vivir es tan solo un estado onírico prefabricado, en donde el interludio sólo lo conocen las personas que nos rodeaban. Una ficción.
Cómo tener noticia acerca de la ilusión de mi café por la mañana o al menos sobre las respuestas de quienes amamos que se sienten tan genuinas. Posiblemente tanto el sueño prolongado como la muerte al final son indistinguibles, sin embargo, el meollo del asunto no estriba en su naturaleza, sino en las cosas antes imperceptibles que renacen cuando pensamos en la posibilidad de la inexistencia.
La nostalgia tiene un cuerpo escalonado: evidentemente en lo más alto se encuentran quienes han estado a nuestro lado desde nuestro primer respiro en las manos del partero. Quizá después esté el hogar en donde más cosas vivimos, un amigo o amiga, un objeto preciado. Lo que usualmente no notamos es que la nostalgia no se recorre de escalón en escalón, sino que vamos de arriba a abajo una y otra vez.
Los pequeños sucesos, las personas, los dolores más intensos... Todos surgen acompañados de esas pequeñas añadiduras que son capaces de traer de vuelta el recuerdo más opaco o de acentuar un "¡vaya tiempos!". Qué aterrador el pensar vivir dentro de la imaginación, el no sentir la viveza de los arbustos en las yemas de los dedos el día de la entrevista laboral mientras los nervios se quedaban en sus hojas, o el momento en que el transporte se detuvo a causa de un diluvio torrencial, deseando con vehemencia llegar a casa para abrazar a alguien, pues teníamos destruido el corazón.
Cómo no añorar cuando, tras pasar horas bajo el sol, ardían las quemaduras en la piel un día de fiesta cuando infantes, o el sabor de la comida en la primera cita con quien sentimos era la persona indicada. Las mañanas con café y pan, los domingos con televisión y un desayuno retrasado. Cómo no añorar el camino recorrido día con día hacia la universidad o el viento frío del invierno que asaltaba los espacios más ocultos de nuestro cuerpo por las noches durante las fiestas decembrinas.
Qué atrocidad pensar en un día sin percibir un aroma real como la loción que despide un abrazo, los nervios del primer contacto, el sabor de un antojo consumado, una caída, una mirada, el final de una serie o conocer algo por primera vez.
Por suerte somos paradójicos y de la nada sabemos construir sentido. A veces olvidamos que los momentos son un chispazo que enciende una flama, que efímera, se consumirá. Pero la flama no es flama sin los chispazos o el tronco en que reposa. Si todo es una quimera, qué fortuna, porque al no saber qué es cierto, ahora se siente más real.
Mario De Biasi. New York, 1955
Elegía
Le dijo adiós... Y ni siquiera era persona. Se despidió de los días azules que resaltaban su semblante acorazado; de aquellos instantes cuando los rayos del sol subsumían con su destello la penumbra que restaba. Sólo se paró frente al espejo, suspiró y recordó que los momentos son eternos dentro del infinito deseo. Pero ya no hay más deseo, no hay más infinito y por lo tanto, no existe más la eternidad irreductible a los exámenes y las miradas.
De pronto todo esos destellos se esfumaron junto al anochecer y la penumbra resaltó con todo y sus esquinas: "¿Qué es esta grieta? ¿Desde cuándo está aquí?". Observó como el recién nacido que intenta escudriñar el mundo y falla en virtud de la ausencia de conceptos. Sólo abrió los ojos y se preguntó por qué no había visto esa grieta, por qué siendo tan evidente la pasó por alto. Creyó que esa fue su perdición y se convenció de que nunca más podría ignorar esa molesta grieta en la pared. Intentó colocar un cuadro encima aunque al final decidió mover un poco el escritorio.
Pero la grieta seguía ahí y ella lo sabía.
Cada amanecer, la misma discusión con el inconsciente se le convirtió en rutina: "¿por qué me traicionas haciendo que abra los ojos en aquella dirección?". El reloj marcaba las 7 y sin falta el mismo monólogo le retumbaba en las sienes. No importaba si al acostarse se amarraba los brazos con la sábana para no moverse en el transcurso de la noche. Al día siguiente, resignada al fatalismo de su casi superado insomnio, despertaba y sentía cómo el reflejo de la grieta en sus ojos se le clavaba en la retina.
Estaba cansada de voltear la vista y aún más, de fingir que no le distraía ese molesto relieve que interrumpía el espacio liso de la pared. Encontró como solución girar la cama al otro extremo de la habitación, porque así, dando la espalda, lo que estaba ahí dejaría de estarlo. Ingenua, afirmó que si pasaban los días y ya no la veía, finalmente el recuerdo de su incomodidad se esfumaría y que, nuevamente, los rayos del sol con su intensidad deslumbrarían su memoria.
Nada fue como lo esperaba.
Pasaron los meses y le resultó aún más sencillo ya no entrar siquiera en la habitación. Cerró la puerta, se encargó de descorrer las cortinas y exclamó: "Maldita grieta... Si no te miro, no existes". Sin embargo, no hay pensamiento metafísico que logre hacerse efectivo en el plano de la realidad. Todo estaba ahí sofocado en el encierro. Ella sólo quiso ver la luz y terminó produciendo sombra.
El martes un temblor sacudió la casa. Con su estrépito tiró los libros de los estantes y, en la habitación cerrada, los recuerdos que yacían sobre el escritorio cayeron y desvistieron nuevamente la pared. Le resultó increíble el shock, pues, los temblores, por definición, son impredecibles. Entre recoger y reacomodar las cosas de vuelta en su lugar, aceptó que no podía evitar más entrar a la habitación tan indeseada. No sabía si era una señal, no sabía si por el contrario todo era una hiriente coincidencia. Sólo tuvo en claro que debía girar la perilla y recoger y reordenar los recuerdos que descansaban en el suelo, así como la imposibilidad de hacer todo aquello sin encender la luz.
Abrió la puerta, entró. No había escombros pero sí una nube de polvo concebida del encierro y la sombra. La luz le ayudó a no pisar objetos valiosos, pero también le ayudó a observar, estupefacta, la segunda grieta que se formó a un lado de la anterior. Sin quitarle la mirada de encima, comprendió el origen de la primera, comprendió que nada quedaba en sus manos más allá de los recuerdos que había recogido del piso. La grieta estuvo ahí desde que un año atrás un sismo, exactamente como el de ahora, dejó la marca de su efímera presencia.
Así, un ardiente aliento de alivio viajó desde su estómago y salió a través de sus labios en forma de vaho. No notó el origen de esa maldita grieta, pero sí entendió que, ante el fluir de los sucesos, algunos se le escaparon entre los dedos. No pudo evitar que el temblor sacudiera su casa, pero sí pudo resanar la primera grieta en lugar de ocultarla.
Un segundo temblor, una segunda grieta. Una segunda oportunidad para hacer las cosas bien esta ocasión y ya no deslumbrarse únicamente por el destello del sol, sino acoger y admitir que el sol es bello porque también hay sombra.
“Is time a physical entity or just a representation of mind?”
— S.S.K