Una visita a la Hacienda de La Cruz en 1901
Morris B. Parker, tenia 29 años cuando conoció a Don Venancio Durazo Moreno, en la primavera de 1901, luego de que tras intercambiar varias cartas el acaudalado granadeño invitara al joven estadunidense, ingeniero en minas, a visitarlo en La Hacienda de La Cruz, convertida entonces en una impresionante unidad de producción agrícola, minera y ganadera.
La visita causo tal impresión en Parker que este habría de recordarla vívidamente décadas después, al dictar sus memorias en las que narra sus experiencias a lo largo de 37 años cómo ingeniero de minas en los campos de Sonora y Chihuahua y sus encuentros con figuras históricas cómo Pancho Villa, Luis Terrazas, Abraham González, Plutarco Alias Calles, Pascual Orozco, William C. Greene, y por supuesto Venancio Durazo.
Las memorias de Parker recopiladas por su hija Lina, dieron pie en 1957 al libro: “Mules, Mines, and Me in México, 1895–1932”, (Mulas, Minas y Yo en México, 1895–1932), donde le dedica todo un capitulo a la visita que hizo a La Cruz, bajo el titulo de “Hacienda Durazo”.
Esta semana, llego a mi un ejemplar del libro, de una reedición hecha en 1979 por la Universidad de Arizona.
En el texto, Parker explica que Don Venancio lo invito -a el y a su amigo Tom Booz-, a visitarlo para negociar la compra del mineral que estaba extrayendo y procesando de la mina El Carmen, en Lampazos. El joven ingeniero trabajaba entonces cómo superintendente de minas de la compañía Phelps, Dodge & Company.
En ningún momento de su narrativa, Parker se refiere a la hacienda con el nombre de La Cruz, lo que llama la atención y motiva a cuestionar si fue una omisión o si no se tenia entonces ese nombre.
Al conocer La Cruz, Parker la equipara con las grandes y tradicionales haciendas del sur de México.
“Estudiantes de la antigua arquitectura y civilización prehispánica, de la cultura española y de las condiciones generales de vida, encontrarían en la hacienda de Durazo, una duplicación de los escenarios que por siglos se han tenido en México”, asegura.
La figura de Don Venancio, también lo impresiona dado que lo describe cómo: “Un hombre cuyos rasgos son heredados de sus antepasados. Un aristócrata del viejo mundo de nobleza española, derecho cómo un riel, de seis pies de altura, con una largabarba gris de tres años de antigüedad”.
Parker pinta a Don Venancio cómo, “un espécimen casi perfecto de un patriarca bíblico”.
“El Señor y Maestro de más allá de lo que él podía divisar desde el segundo piso de su casa”, en la hacienda. “Un punto utilizado diariamente para ese propósito. Nada escapaba a su observación, porque él podía montar, caminar, disparar y cuidar de su mundo y sus asuntos, todo en la rutina del día”, escribe.
“Situada a una milla al oeste del río, en una loma, un lugar ideal en el valle, la sede de la hacienda era una estructura de adobe en la forma habitual de un cuadrado”, relata Parker.
Precisa que “por encima del pasillo de entrada al recinto, se ubica una habitación individual, un segundo piso, con techo plano de barro. El acceso a este techo superior se realizaba a través de una escalera lateral hecha de postes redondos y peldaños de madera”.
“Cada mañana al comienzo del amanecer, Don Venancio subiría esta escalera en su puesto de observación y se pondría de pie, vestido con un abrigo de capa larga, o una manta apretada alrededor de sus hombros, su sombrero puntiagudo de ala ancha, un objeto distinguido en silueta”.
“Solo; rígidamente erguido, casi sin movimiento, permanecía como una estatua, mirando hacia el este, el valle hacia Huasabas o hacia el sur su mirada se aventuraba hacia Granados. Durante una hora o más observaba a los trabajadores que se dirigían a los campos para regar, cultivar o recoger las cosechas. Observaba a los vaqueros dirigirse hacia el campo y a las ovejas comenzando a pastear, así como ganado, cabras, cerdos, burros, mulas y caballos”.
“Todo lo que ocurría en ambos lados del río, el lo veía desde su alto punto de observación, a través de la atmósfera despejada por millas, hasta donde podía ver. ¡Con todo esto!. Con esta imagen mental en su cabeza, él descendería y se le serviría el desayuno a su debido tiempo”, comenta Parker, evidentemente impresionado por la personalidad de Don Venancio, que en ese entonces tenia 58 años.
Y agrega que: “cómo se puede suponer, Don Venancio rara vez viajaba fuera de los confines de su propio dominio. Con su esposa y su gran familia, los asuntos de su hogar y bienes ocupaban todo su tiempo”.
“Su influencia y riqueza eran tan inmensas que él mismo no sabía ni se daba cuenta de lo grandiosas que eran”, asegura Parker.
“Los indios y mestizos en su tierra eran autosuficientes en sus requerimientos. La hacienda era una monarquía independiente, casi completamente autosuficiente. Las leyes de México para Don Venancio eran acordes a sus propias ideas de administrador; ellas le asistían, pero no lo molestaban en absoluto”, explica.
El ingeniero estadunidense recuerda que, “junto al patio principal de la hacienda había un gran recinto cuadrado, dentro del cual se encontraba el ingenio azucarero y un beneficio (planta de tratamiento de minerales que contienen oro y / o plata)”.
Asegura que tanto el ingenio cómo el “beneficio” eran del mismo tipo “que el que usaban y practicaban los españoles siglos atrás”.
Parker describe el trabajo que se realizaba en el ingenio (molienda) de la siguiente manera: “La caña de azúcar se tostaba primero sobre fuego caliente y luego se machucaba en una tina baja y redonda con una pesada piedra circular vertical tirada por una mula unida a un brazo cruzado que se extendía fuera de la tina, haciendo que la piedra girara y exprimiera el jugo, que salía través de las aberturas alrededor del fondo de la piedra”.
“El jugo fluía hacia “cuencas de captura”, de donde era vertido a cazos de cobre de veinticinco a treinta galones de capacidad, donde hervía hasta obtenerse una consistencia pesada. Luego se vertía en moldes para su uso o para el mercado. Cuando estaba frío, el azúcar era duro como unaroca. Este azúcar crudo, marrón y común de México, se le conoce como panocha”.
También comenta cómo funcionaba el beneficio de metales: “El beneficio consistía en un mecanismo de molienda similar, excepto que, en lugar de la piedra de moler, dos piedras pesadas y planas eran arrastradas a mano o con burro alrededor de la tina, en un proceso llamado arrastre”.
“El mineral, primero triturado a mano a un tamaño de media pulgada, era arrastrado y, por lo tanto molido a tamaño de un diminuto grano. La capacidad para el beneficio era de aproximadamente una tonelada por día”.
“A medida que avanzaba la molienda, se añadía agua en una corriente constante de aproximadamente cuatro partes en peso, por una parte, de mineral, que, por suspensión y flujo, transportaba la pulpa finamente molida hacia y a través de las aberturas de descarga.
“Cuando el oro era el único objeto de recuperación, se rociaba mercurio dentro del arrastre. Debido al mayor peso, el oro y el mercurio se hundían naturalmente en el fondo, donde, por contacto el mercurio absorbia el oro, formando una amalgama que llenaba todos los espacios irregulares y bajos”
Todo el contenido del arrastre era luego “barrido” a mano, quince a veinte libras a la sartén. El fondo era raspado y cepillado, y todas las grietas se limpiaban, donde sea que se viera la amalgama”.
Parker escribe que a “una corta distancia a un lado de la hacienda se encontraba la fábrica de cigarrillos, una gran estructura de adobe con techo de paja con los cuatro lados en contacto con el clima.
Debajo de esto había dos mesas de 40 pies de largo con bancos. Jóvenes sirvientas indias o mestizas estaba sentadas en cada banco, forjando cigarrillos”, usando tabaco que previamente había sido secado y triturado.
“Todos los vaqueros blancos (anglosajones) a los que alguna vez vi forjar un cigarrillo, al ver esta escena, ciertamente se sonrojaría dos veces. Primero, con placer ante las muchas criadas saludables de ojos negros y segundo, por la velocidad que cada una de ellas podía mostrar al forjar un cigarrillo”, narro Parker.
Las jóvenes eran provistas de tabaco y de papel marrón claro cortado a la medida por un hombre joven de una edad correspondiente.
Los cigarrillos engarzados en ambos extremos y atados en paquetes de treinta y seis cada uno se vendían fuera de la hacienda a varias tiendas en los pueblos y ciudades de Sonora, Chihuahua y otros lugares de México. Su costo a un precio minorista era de tres centavos por paquete. No supe el precio al por mayor de Don Venancio.
Parker, quien fumaba pipa, recordó que pidió probar el tabaco, “ lo que pareció complacer a Don Venancio”. “Mientras fumaba, él le ordenó a una de las muchachas que me preparara un lote de “tabaco de pipa real”.
“Esto lo hizo rociando unas pocas gotas de anís y una cantidad bastante generosa de coñac en el tabaco, mezclándolo bien tamizando entre sus dedos, luego extendiéndolo sobre un paño limpio al sol para que se secara. Luego ato el tabaco (alrededor de dos libras) con el paño, se lo entregó a Don Venancio, quien a su vez me lo dio·.
El joven ingeniero explica en sus memorias que, preparado de esta forma, “el tabaco nativo hace un muy buen humo de pipa” y atesto que varias veces, en los meses posteriores, envió por mas tabaco de este tipo.
En su narrativa, Parker continúa recorriendo la hacienda: “Bajando hacia el río estaba la curtiduría donde las pieles se curaban y curtían en soluciones de corteza, y cerca, la fábrica de cuero donde se fabricaban todo tipo de artículos de cuero.
“En el terreno de atrás de la hacienda se tenia un huerto, con naranjas, higos, aguacates y frutas nativas. Contra la pared de adobe estaba el mayor crecimiento de cactus de tuna que jamás haya visto. Las tunas, cuando maduran toman un color rojo brillante, aunque son más pequeñas que nuestras tunas común. La fruta, después de quitarle las espinas, es deliciosa, excepto por el hecho de que tiene muchas semillas”.
Parker sostiene en su relato que ,“Don Venancio nunca había oído hablar ni había visto un limón real (de los amarillos y grandes) hasta que trajimos algunos de nuestra caja de provisiones. Estaba interesado, más aún después de probar un trago de whisky que contenía un poco del jugo (de limón)”.
“Nos esforzamos por explicar cómo se cultivaban a partir de la semilla o injertándolos en naranjos, para tener un mismo árbol con limones y naranjas. Inmediatamente comenzó a recoger todas las semillas del limón que habíamos tirado y nos pidió que le guardemos las semillas de cualquier otro que pudiéramos usar mientras estuviéramos allí, su propósito era injertarlas y plantarlas para ver si le daban varios limones, para lo cual nos agradeció con expresiones que habrían sido las adecuadas para agradecer el regalo de un reloj de oro o algo realmente valioso”.
El visitante a La Cruz narra que “una tarde fuimos testigos de la venta de ganado en la hacienda, un evento importante. Si el acuerdo involucraba a uno o quinientos animales, el procedimiento era el mismo”, sostiene.
“El ganado estaba conformado “por un grupo mezclado, pobremente criado de pequeños animales, en su mayoría cuernos, pezuñas y huesos, el típico rebaño de montaña mexicano, salvaje como los ciervos y más difícil de manejar. Se condujo a la manada a un punto conveniente fuera del corral, donde se seleccionaba un animal a la vez, se cortaba y se le metía al corral donde era amarrado, tirado y atado, listo para la marca”.
“Luego se realizó el pago: quince pesos por cada animal (7.00 en moneda de Estados Unidos), después de lo cual un fierro al rojo vivo se pasaba sobre la marca anterior para borrarla, y un segundo hierro al rojo vivo quemaba la marca del nuevo propietario en un lugar diferente”.
Después “con un cuchillo afilado, se le cortaban las dos orejas para corresponder con la marca de la oreja del nuevo propietario. El animal, liberado, era conducido luego fuera del corral junto a otros marcados de manera similar en un rebaño que se ubicaba en el lado opuesto por el que había entrado”.
“El nuevo propietario y los vaqueros de ambas partes conducían al ganado de nueva marca a un punto en el límite de la hacienda, el objeto de los hombres del vendedor (tradicionalmente una cuestión de cortesía), estaba orientado a prevenir que se marcara otro ganado de la propiedad. Tal era la costumbre de las generaciones pasadas, evidencia de la vida simple sin los enredos de la aritmética”, explica Parker.
Refiere que; “las comidas en la hacienda eran asuntos serios para mí. La pesada y enorme mesa casera tenía unos cinco pies de ancho por doce pies de largo. Por separado, en pequeños platos de cerámica estaban la sal molida a mano, la pimienta negra y roja y el azúcar quebrada del pedazo sólido original”.
“Además, para todos y cada uno, había un par de cucharas de latón, dos o tres cuchillos, pero no tenedores. La familia y los invitados se pasaban las cucharas para revolver el azúcar en el café, mientras que cada hombre en la mesa generalmente estaba equipado con su propio cuchillo personal o cuchillo de caza”.
“La comida, a diferencia de como la que manejamos los estadounidenses con un tenedor, era empujada por tortillas dobladas, una en cada mano, y transportadas a la boca”.
“Los platos hondos llenos de estofado o sopa se levantaban con una o ambas manos y se tragaba su contenido sin ceremonia ni etiqueta. La comida era sencilla pero saludable.
“El mozo de don Venancio que traía la comida, tenía entre cuarenta y cinco y cincuenta años, un enano, no jorobado, de cuatro pies a cuatro y medio pie de alto. Era robusto y bien proporcionado. Era un hombre ocupado, aunque no se manifestaba evidencia de prisa. Dos o tres veces durante la comida traería una pila de tortillas, panqueques de trigo grandes y delgados, de dieciocho a veinte pulgadas de diámetro, equilibrados en una mano y brazo·.
“No se consideraba cortés el pedir una segunda vez a menos que fuera en el último “curso” que era casi siempre frijoles. Y, hasta que uno se hiciera experto en el sistema de tortillas plegables de empujar y cargar. Se presentaron algunas dificultades en el envío de la carga a su punto de entrega”, reconoce Parker.
“Nunca olvidaré la mirada de disgusto en el rostro de la joven hija, mientras arrojaba una cucharada de latón sobre la mesa frente a mí, a uno que lamentablemente era deficiente en el arte epicuriano del comer”: El ruido de latón sobre madera era algo sorprendente. Su expresión decía claramente: “Usa eso, pobre Gringo ignorante si no puedes de otra forma comer cómo hombre” “Y fue asi que en gratitud y mezclado más o menos con humillación, lo hice”.
Parker recuerda que llego a la hacienda “a ultima hora de la tarde”, después de cuatro días en la silla desde San Pedro (Arizona) y con un día muy pesado por delante.
“Tom y yo fuimos recibidos con el habitual alboroto de bienvenida. Una nueva cara entre el grupo familiar era Don Francisco, el hijo mayor que regresó de la universidad en la Ciudad de México. Era un muchacho alto y bien parecido de unos veinte años, un pedazo exacto del viejo bloque”.
“Apenas habíamos desmontado cuando Don Venancio nos condujo a la principal sala de recepción, ansioso por mostrar el regalo que le trajo su hijo, un gramófono, con muchos discos. Seguramente el hijo había traído todos los discos que las tiendas de la Ciudad de México podían proporcionar.El viejo caballero era como un niño con su primera bicicleta, sonriendo y dando vueltas”.
“Don Venancio insistió en que escucháramos varios discos antes de ir a nuestra habitación. El gramófono de 1901 no era una maquina musical muy elaborada y ornamental. Entre los primeros de su tipo en el mercado, consistía en una caja cuadrada (10 “x10” x5 “). Los discos tenían ocho pulgadas de diámetro y estaban marcados en un solo lado”.
“Una aguja corta y afilada de acero tenia que ser reemplazada y al mecanismo darle cuerda después de reproducir cada disco”
“Inmediatamente después de la cena, la música continuó. Evidentemente, las noticias del maravilloso instrumento musical mecánico se habían transmitido en los dos pueblos cercanos y no pasó mucho tiempo antes de que hubiera una gran audiencia. El salón era una sala de unos 30 pies de largo por 15 pies de ancho. Cerca de un extremo había una mesa en la que estaba colocado el gramófono y alrededor de los cuatro lados había sillas”.
“La gente mas joven se sentaron en el suelo, mientras la multitud principal permanecía afuera. Las puertas y ventanas estaban abiertas para que todos pudieran escuchar”.
“Hubo un completo silencio mientras la música estaba encendida, luego, cada media hora más o menos, dos botellas, una de coñac y la otra de tequila se pasaban sobre una bandeja de madera con varios vasos de plata maciza martillados a mano”.”
En respuesta a mi pregunta, Don Venancio dijo que los vasos eran “muy antiguos”, hechos allí mismo en la hacienda por uno de los antepasados de sus trabajadores”.
“El tiempo nos pesaba a Tom y a mí. Repetidamente ofrecimos excusas e intentamos escapar, pero sin éxito. Finalmente, alrededor de las tres de la mañana, mientras la bandeja y los vasos de plata estaban nuevamente en circulación, nos fuimos a la cama”, recordo.
Parker escribió que al día siguiente, “Don Venancio insistió en que nos quedáramos otra noche, para escuchar más música y celebrar un baile en nuestro honor. Tomó todo nuestro mejor español combinado para obtener su permiso y consentimiento de continuar nuestro camino”.
“habiamos tenido suficiente musica, como para que dos durara, mucho mucho tiempo. Parece que, despues de casi medio siglo, aun puedo escuchar los el rasguño del gramofono”.
Así es cómo concluye Parker su corta visita a La Cruz, sin mencionar su nombre ni la existencia de una capilla en el centro de la hacienda.
La anecdota del gramofono, fue mencionada en un articulo publicado por el periodico expresso en 2017.
Parker coloca el siguiente párrafo en una anotación de pagina de su libro:
“Don Venancio Durazo ha permanecido obscuro en la literatura de Sonora. La única mención cierta de el se refiere a su traslado a Douglas, Arizona, en febrero de 1911 y aun entonces, el periódico solo menciono que había rentado una casa para 25 miembros de su familia. Se trataría de un asilo temporal por la duración de la revolución. Francisco Durazo (su hijo), abrazo entusiásticamente la causa de Madero en 1910. Después, cuando Rafael Durazo (?) paso al grado de Mayor en el ejercito de P. Elías Calles.”.
MORRIS B. PARKER, uno de los dos socios de la firma de Parker & Parker, ingenieros de minería y consultoría de El Paso. Parker nació en Penn Yan, condado de Yates, Nueva York, al igual que su hermano, James H. Parker, quien es su compañero de negocios. Estos caballeros recibieron capacitación literaria, científica y técnica exhaustiva preparatoria para el ejercicio de su profesión como ingenieros de minería y consultoría. Morris B. Parker estudió en el Colorado College en Colorado Springs y completó su curso de ingeniería minera en la Missouri School of Mines, en Rolla, Missouri. James H. Parker se graduó del Colegio de Minas de Golden, Colorado, y del departamento de ingeniería minera del Columbia College de la ciudad de Nueva York. Desde que terminaron su educación, estos hermanos han vivido en el oeste, o más particularmente en el país minero del suroeste, y han sido identificados con sus intereses en esta dirección desde 1882, por lo tanto, están completamente familiarizados con todas sus fases.
Durante cuatro años, Morris B. Parker fue superintendente de minería de la Candelaria Mining Company, de Chihuahua, México, también fue superintendente de minas de cobre de Phelps, Dodge & Company en Sonora, México, siendo esta compañía los grandes propietarios de minas de cobre de Arizona y el viejo México. En octubre de 1903, los hermanos se ubicaron permanentemente en El Paso como ingenieros de minería y consultoría bajo el estilo firme de Parker & Parker. Actúan como ingenieros consultores para diferentes compañías que operan en el país minero tributario de El Paso y también manejan posiciones mineras e inversiones para inversores orientales. Además de esto, operan minas propias, tienen una propuesta de oro de placer en Shandown, México, una propuesta de oro en Sonora, México, y una propuesta de cobre en Chihuahua, México.
Morris B. Parker fue presidente de la Asociación Internacional de Mineros de El Paso, Texas, una organización compuesta principalmente por ingenieros mineros y propietarios de minas, y su lista de miembros muestra los nombres de banqueros y hombres de negocios prominentes de El Paso, el suroeste y México.