¿Vivís comparando tu relación de pareja con las de los demás?
¿Pensás que tu relación no está a la altura de tus expectativas?
¿Hay algún lazo no resuelto en tu pasado que te impide formar pareja hoy?
Pareciera que con este título nos estamos refiriendo únicamente a aquellas parejas en conflicto por la existencia de un triángulo amoroso real. Sin embargo, todos llegamos a nuestras relaciones con “terceros” en nuestro bagaje de afectos.
En su famosa teoría del complejo de Edipo, Freud plantea que siempre vamos en busca de una pareja con una configuración determinada por nuestra historia familiar y, particularmente, por nuestros progenitores (o quienes han cumplido esa función). Esto nos demuestra que todos venimos de triangulaciones anteriores, aunque estemos en pareja por primera vez.
Esta idea de que “siempre hay más de dos” se aplica a todas las configuraciones posibles, más allá de la orientación sexual, y se manifiesta de diversas maneras. Los ejemplos son muchos: “Me gusta porque es totalmente distinta de mi ex”; “No me cayó bien porque se parece demasiado a mi papá”; “Me hace acordar mucho a mi amigo de la secundaria, a quien extraño tanto”; “¡Cumple con mi lista de requisitos para una relación perfecta!” Siempre aparece, en todas estas frases, la comparación, que tanto sirve para aceptar como para descartar a un posible vínculo.
Un motivo de consulta frecuente en terapia es la presencia de un amante real, de carne y hueso. Generalmente se señala a ese tercero como el culpable de la crisis conyugal. Sin embargo, la experiencia analítica demuestra que el o la amante es la consecuencia del quiebre de la pareja. Allí donde hay una ausencia (de cariño, de sexo, de proyectos en común, de tiempo para estar juntos), el/la amante llega para ocupar ese hueco que no generó, pero que puede cubrir. Otras veces el hueco se cubre con otras cosas: un proyecto personal, los hijos, un trabajo. La pareja logra así un relativo equilibrio.
¿Qué pasa cuando el tercero no es un amante real, pero la intensidad de lo que sentimos sí? Ocurre, por ejemplo, en un vínculo virtual generado en las redes; o con un compañero o una compañera de trabajo a quien vemos todos los días y con quien se genera una tensión sexual, aunque no se produzca un encuentro a solas. También está el ideal inalcanzable, el “deber ser” de la pareja perfecta. Todos estos ejemplos, como vemos, son vínculos irreales, sin consumación física, pero modifican por completo la relación: funcionan como catalizadores del vínculo. En química se define como catalizadora a una sustancia cuya sola presencia modifica un experimento; es decir, no interviene pero ejerce una influencia en el resultado. En las relaciones humanas, vemos claramente este efecto cuando, por ejemplo, en una reunión de mujeres la charla animada se interrumpe de golpe cuando llega la pareja de una de ellas a buscarla. Él no se sienta a la mesa, no se incorpora a la charla, pero de todos modos influye en el ambiente general de la reunión. Cuando se retira, todo vuelve al estado anterior. También sucede lo mismo cuando el grupo es de varones y la que llega es una mujer.
Otro “tercero virtual” es esa ex pareja que nunca logramos sacarnos de la cabeza. Por ejemplo, una mujer llega a terapia con un conflicto conyugal y manifiesta que su esposo vive criticándola. Cuando se le pregunta al esposo, en una entrevista individual, quién es la persona que sí hace bien todo lo que él le critica a su mujer, aflora el nombre de su ex: resulta ser que en realidad, él estaba “castigando” a su mujer actual por no ser la anterior. Él también queda impactado por la noticia, porque no se había dado cuenta. En cuanto a la paciente, ella descubre que durante su infancia sus padres siempre habían preferido a su hermana. Es decir, que esta situación de estar “en el último lugar” ya le era familiar y por eso soportó durante tanto tiempo el destrato de su esposo. Vemos entonces que la relación ya nació fallida, tanto desde él como desde ella. Los casos como este son difíciles de tratar en terapia, porque estos “terceros virtuales” no siempre afloran de manera consciente, pero es posible visualizarlos a partir de los conflictos particulares que desencadenan, como en este ejemplo.
Esta misma configuración se puede dar también con un amor imposible o que tuvo que terminar de manera abrupta por razones ajenas a la pareja (una guerra, la oposición de las familias, etcétera). Por ejemplo, una mujer que en su juventud se enamora de un aspirante a actor tiene que renunciar a él porque sus padres no quieren que esté con un artista. Ella termina casándose con otro, a quien no ama. Entretanto, el joven actor se hace famoso y se convierte en un ícono del espectáculo nacional; ella pasa toda su vida lamentando no haberse quedado con él, mientras lo mira en la televisión.
Hay personas que viven quejándose de sus relaciones porque creen que “afuera” existe otra persona que cumpliría con todos los requisitos del ideal de pareja que se han formado. Cualquiera que no se ajuste a ese ideal, es una decepción. Este es un “tercero invisible”, porque los ideales, ya sabemos, no existen en la realidad. También ocurre que idealizamos a la pareja de otra persona y la comparamos con la nuestra, que siempre queda en desventaja.
Vemos así que “detectar a un tercero” no tiene que ver solamente con revisar el celular de la pareja para ver si tiene un romance, sino también con repasar con ayuda de la terapia toda nuestra historia personal para ver si nuestras preferencias (pasadas o presentes), las de nuestra familia o nuestras relaciones anteriores están influyendo en la actual.
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