Por qué duele tu partida y no sé cómo decir adiós
🔥 Desde el centro de mi fuego
Estoy hecha de despedidas suaves y de silencios que gritan.
Hoy me encuentro en tránsito, dejando atrás lo que no supo quedarse, aunque yo hubiera abierto el corazón con ambas manos. Extraño, sí. Pero también agradezco. Porque soltar no siempre es perder; a veces es volver a casa.
Camino descalza por el borde de mis emociones, sin miedo a mirar lo que duele. Ya no me vendo barato, ni me disfrazo de menos para caber. Estoy aquí, entera, aunque aún esté sanando.
No quiero vínculos tibios ni amores que teman a la profundidad.
Llevo la espiritualidad en la piel, pero también en lo invisible. Soy hija de un camino que me habla en símbolos, en susurros del más allá. A veces los santos hablan por mí, a veces solo escucho. Pero siempre estoy atenta al misterio.
También me habita el deseo. No el de la urgencia, sino el que arde lento, consciente, libre. Amo desde el cuerpo, pero también desde el alma. Y aunque no siempre lo nombre, quien sepa leer entre líneas, sabrá encontrarme.
Me conmueve la gente que no huye de la verdad. Que se atreve a mirar hacia adentro y quedarse ahí, aun cuando duela. Me gusta observar en silencio. Escuchar lo que no se dice. Sentir la vibración antes que la palabra.
A menudo sueño que estoy bailando en una rumba diversa, colorida, feliz. Tal vez ese sueño es una metáfora de lo que deseo: rodearme de personas que no necesiten encajar para brillar, de alguien que sepa que el amor no se encierra, se comparte.
Hoy no busco que alguien me salve. Solo quiero a alguien que no se asuste de mi fuego, ni de mi sombra.
Que se atreva a quedarse, no porque me necesite, sino porque me elige.
Y yo… también estoy lista para elegir.
Con calma, con coraje,
desde el centro de mi fuego.








