Bajamar
Mi abuelo había comprado hacía mucho tiempo un terreno en un pueblo cerca de costa de la playa en Yucatán, muy cerca de donde se encuentra el puerto de chikilah de donde salen los barcos que llevan a la ahora ya muy famosa isla de Holbox. Esos terrenos fueron vendidos a muchas personas, que con el paso del tiempo fueron construyendo casas para ir en verano con sus familias, hasta que se formó el pueblo cuyo nombre conectaría totalmente con esta historia y que estaba pensado para atraer a las personas que querían disfrutar de una playa muy tranquila donde los niños podían meterse a nadar sin preocupaciones, pues podías caminar varios metros hacia el mar y el agua apenas y te rebasaba la cintura. Así nació “Bajamar”.
Desde pequeño, cada verano año con año nunca faltamos a “Bajamar”, siempre íbamos acompañados de primos o amigos y nos la pasábamos todo el día yendo y viniendo por el pueblo que cobraba vida durante el verano y se pintaba de más familias que llegaban y activaban la economía del lugar. De la tiendita de Don Arturo, las marquesitas de Aurelio, las pulseras de Doña Marta, los dulces de la señora Leidi, los Hot Dogs de los Martínez, la cenaduría “Los Panchos” y los taquitos de “La güera”.
Los días trataban en despertar y estar todo el día en la playa, luego irnos a comer con lo que nuestras tías habían preparado, algunas veces con lo que los adultos habían encontrado al irse a pescar temprano, volver a la playa un rato más para que antes de que se ocultara el sol, regresar a la casa para escapar de los moscos que se dejaban venir como por media hora acechando a quien siguiera en las calles, posándose en todo tu cuerpo de una forma tan cínica que parecía película de terror, pero que los lugareños ya sabían controlar, colocando cocos quemados que hacían un humo espeso que les marcaban la línea para que solamente se quedaran en las calles. Luego de que pasaba ese tiempo, salíamos nuevamente al parque, donde corríamos entre las canchas de basquet, fut y los juegos que se encontraban ahí, para luego terminar en algún lugar cenando algo y saludando a todos los locales del Bajamar que nos habían visto crecer.
Ese verano lo recordamos porque llovió más de lo normal, al punto que hubieron días en los que no pudimos salir a la playa e incluso estuvieron a nada de evacuarnos por una alerta de huracán que afortunadamente solo se quedó en tormenta tropical, pero que nos dejó casi dos días encerrados jugando juegos de mesa y comiendo cereal, sándwiches de atún y galletas con café con leche, mientras afuera se escuchaban truenos y vientos azotando las ventanas. Así a los dos días cuando amaneció, la tormenta se había ido y todo se volvió calma. El clima era fresco con olor a arena mojada, las gaviotas y golondrinas revoloteaban por las alturas y el sol prometía que sería un día caluroso pero agradable. Hartos ya de el cereal, mis primos y yo tomamos algo de fruta y nos fuimos corriendo hacia el mar lo más pronto posible, mientras la tía Roberta nos gritaba que volviéramos para ponernos bloqueador pero no le hicimos caso, simplemente queríamos llegar a la playa y ver quién llegaba más lejos corriendo en el mar, luchando contra la resistencia que el agua haría en nuestras piernas por la marea baja. Teníamos nuestro lugar propio donde el agua era más cristalina pero debíamos correr unos cuántos minutos por la costa hasta el lugar donde se hacía una especie de caleta con piedras de aspecto volcánico que habían creado de forma natural una zona limítrofe que dividía la playa. Cuando cruzamos el relieve de piedras nos quedamos congelados apenas esa pequeña colina nos reveló una imagen. El primero en verlo fue mi primo Chema que era más grande y por consiguiente corría más rápido, después llegó su hermano Charly, y luego mi primo Robi, el hijo de Roberta, y luego yo, Ismael.
Ahí, ante nuestros ojos estaba lo más grande que había visto en mi vida hasta ese momento, una ballena. En alguna excursiones en lancha e idas a pescar con el abuelo habíamos visto tiburones ballena que siempre llegaban por la zona en esas épocas y aunque eran igual de impresionantes, no eran tan grandes como lo que teníamos ante nosotros. Esta era una ballena que medía al menos 20 metros. Además, ¿cómo había sido posible que la ballena llegara hasta la playa, con el bajamar? Tendría que haber luchado mínimo 150 metros para llegar hasta la playa. Así que en un punto se volvía incluso más lógico que la tormenta la hubiera traído consigo en las nubes de agua y la dejara aventada ahí en la orilla de la playa.
Robi bajó la colina de piedras volcánicas y comenzó a acercarse a la ballena, mientras le gritábamos que tuviera cuidado. Llegó hasta ella y nos gritó que seguía viva. Entonces nosotros también bajamos corriendo para acercarnos. En efecto seguía viva, podíamos ver cómo luchaba por respirar mientras sus ojos nos veían con una mirada que nos traspasaba. Como si en esos ojos estuviera contenida toda la compasión del mundo.
Charly le preguntó a su hermano Chema que qué hacíamos, y nosotros al saber que era el más grande nos le quedamos viendo esperando una respuesta, pero Chema apenas podía hablar, solo mantenía su mano sobre la ballena como intentando leer su piel. Luego de un largo silencio, Chema dijo:
-No sé. No puedo resolver todo, además ¿me ven cara de biólogo o qué?
-Vayamos con mamá. – Dijo Charly.
-¿Y ella qué va a hacer? – Le respondió Chema.
-Pues seguro algo más de lo que estás haciendo tú.
-Sí, vayamos por los demás. -Les respondí. – Igual papá y el abuelo sabrán más.
-Vayan ustedes, dijo Charly. Yo me quedo con ella, siento raro dejarla sola. Si yo me perdiera algún día, quisiera que alguien me hiciera compañía.
-Está bien, quédate. - Le dijimos.
-Yo también me quedo, dijo Charly.
Robi y yo nos fuimos corriendo de vuelta al pueblo. Creo que nunca habíamos corrido tan rápido. Lo hicimos con tanta urgencia que cuando llegamos, tuvimos qué esperarnos unos cinco minutos a recuperar el aliento, mientras que con las manos le expresábamos la urgencia a nuestros padres, quienes al principio nos veían con gracia, aunque al ver que faltaba Chema y Charly comenzaron a ponerse nerviosos y a preguntarnos dónde estaban nuestros primos. Finalmente comenzamos a hablarles.
-En la playa, ahí están. Pero… hay algo.
-¡Qué hay! ¡De qué hablan! ¿Mis hijos están bien? – Preguntaba Claudia, su mamá.
-Sí tía, mis primos están bien. – Dijo Robbie.
-Fuimos a la caletilla y vimos una ballena.
-Ajá, el tiburón ballena. Es normal en esta época del año. Que bueno que la vieron. -Dijo el abuelo.
-No. Está en la playa. Tirada en la arena.
-Imposible. -Dijo el abuelo. – No hay forma que llegue una tiburón ballena hasta la orilla. Dejen de estar inventando cosas.
-En serio. Charly y Chema se quedaron cuidándola. Además, no es un tiburón ballena, abuelo. Es diferente.
-A ver chamacos, pues vamos a ver. -Dijeron los tíos y mi papá.
Los llevamos hasta el lugar y apenas vieron la ballena se quedaron perplejos. Nadie podía creer lo que estaba pasando. Todos se acercaban a tocarla, y lo hacían como si fuera una especie de tótem u objeto divino que los conectara o desconectara de sus vidas. Y tenían razón de hacerlo. En verdad era majestuosa. Era gigante, tenía una especie de barbas de algas y percebes, habían partes de su piel que eran muy rugosas y otras que eran tan lisas como la seda, oírla respirar era escuchar la respiración de gran un bosque, que en esta ocasión pedía clemencia.
-¿Qué hacemos? – se preguntaron mi papá y mis tíos.
-Estas ballenas no llegan a este lado. Es imposible que esté aquí. Es una ballena jorobada. - Dijo el abuelo. Quien después de haber leído Moby Dick al menos unas cuatro veces en su vida, se sabía un experto en ballenas.
-Hay que ir por cubetas de agua para mantenerla fresca. – Dijo uno de mis tíos. Otro dijo, -Yo voy por el jefe ejidal. – Otro dijo. – Debemos ver la manera de regresarla al mar. Y así, todos salieron corriendo nuevamente para el pueblo.
Con cada ida y venida, la gente se iba sumando. Todos se acercaban a tocarla, la acariciaban, se veían reflejados en sus grandes ojos tristes, esos ojos de melancolía de ballena que combinan a la perfección con los sonidos de cantos de sirenas que hacen cuando nadan bajo el agua. Todos llegaban con cubetas con las que iban y venían del mar para echárselas encima, mientras otros pensaban cómo harían para devolverla al mar, para atravesar más de 150 mts a aguas profundas donde pudiera nadar.
El jefe del ejido, Don Mario, un tipo chaparrito propietario de la cenaduría “Los panchos” y que en la mayoría del tiempo estaba borracho, no sabía qué hacer. Y solo respondía, “ahora lo veo, ahora lo veo” a las exigencias de los habitantes del Bajamar por hacer algo con la ballena. Pero la verdad era que no había otra persona más incapacitada para resolver aquel asunto que él.
El abuelo y otros habitantes comenzaron a juntar lanchas para intentar arrastrar a la ballena desde el mar. Pero rápidamente el plan se arruinó, pues no había suficientes cuerdas para llegar desde la distancia donde las lanchas podían flotar y prender el motor, y sin esa potencia, realmente era una misión imposible. Después a papá se le ocurrió una idea. Cerca, a pesar de las quejas de muchos activistas, comenzaron a levantar un hotel, entonces fueron a pedir una máquina tractor prestada para intentar empujar un poco a la ballena al mar y ver si en la noche con la marea alta, ocurriera el mismo milagro que la trajo a la orilla, pero ahora la regresara al mar. Los dueños del hotel se negaron de manera rotunda y cuando parecía que iban a acceder, pusieron una cifra de dinero muy alta para hacer el favor y nadie en el pueblo quiso poner de su bolsillo para hacerlo. Hablamos a los periódicos locales, pero solo llegaron unas cuántas camionetas con fotógrafos que tampoco sabían explicarse cómo había llegado semejante animal ahí. Nos dijeron que la nota saldría al día siguiente y que esperaban que algunas autoridades al ver la noticia se sumaran a la ayuda. Pero eso no pasó.
Poco a poco las ideas se fueron agotando y pronto solo nos quedó la opción de seguir echando cubetas con agua a la ballena para hacer menos pesada su agonía o ahora que lo veo en retrospectiva, creo que la alargamos.
La noche cayó y con ello la misión de acompañar a la ballena. Varias familias hicieron fogatas a su alrededor para hacer guardias con la tarea de echarle cubetadas de agua salada encima. Al siguiente día continuamos con la tarea, solo que para la segunda noche, eran menos de la mitad de personas que la noche anterior, hasta que eventualmente solo quedaron algunos de mi familia, pero también terminaron por irse. Para la tercera noche solo quedábamos mis primos y yo, quienes la habíamos descubierto y que justo por eso nos quedaba un sentimiento de responsabilidad. Esa noche notamos que los ruidos de sufrimiento que hacía antes, se iban apagando cada vez más, hasta que casi fueron imperceptibles. Sabíamos que se estaba yendo ya de este mundo. Nos invadió una impotencia del tamaño de aquel ser que teníamos ante nosotros. La vergüenza de haberle fallado, de no haber podido hacer nada más que estar acompañándola de manera inútil. De haberla convertido en un espectáculo lleno de morbo. La abrazamos y ella nos abrazó con aquel ritmo de los latidos de su corazón que se iban apagando. Notamos que una lágrima resbaló por uno de sus ojos y luego su corazón se apagó totalmente. Una tristeza desbordante nos llegó. Como si se hubiera llevado una parte de nosotros con su partida. La realidad es que así era. Ahí estuvimos llorando inconsolables abrazados de un animal muerto hasta la salida del sol. Recogimos nuestras cosas y fuimos con nuestros padres a quienes culpamos de su incapacidad para hacer algo que ayudara a la ballena. Dejamos de ir a la playa por los días que restaron de las vacaciones, no queríamos ver su cuerpo inerte en nuestro lugar favorito, aunque igual pensábamos ya nunca más lo sería. Había quedado marcado bajo el trauma de la tragedia y su fantasma seguiría ahí por siempre.
Uno de esos días que nos quedaban por estar ahí, se escuchó una explosión que resonó en todo el pueblo. Todos salieron de sus casas a intentar saber qué habrá sido. No fue la gran explosión pero fue un sonido bastante extraño. Minutos después una peste insoportable inundó todas las calles. Era un olor a podrido como nunca nadie había olido. Penetraba la piel y podías sentirlo incluso en la boca. Una peste que se quedaba en tus ropas, en la arena, en todos lados. Los adultos fueron a ver y dijeron que el cadáver de la ballena había estallado, alguien dijo que una vez escuchó que a veces pasaba eso, que la acumulación de gases en descomposición dentro de ellas hacía que de pronto explotaran como bomba, dejando charcos y sangre y vísceras en el mar. Y en este caso, la escena era un desorden de tripas aventadas y embarradas por todos lados. El mal olor continuó por varios días y cada vez iba incrementándose más y más, tanto, que se hizo una parvada de zopilotes como nunca antes la había visto y que terminaron por ahuyentar a las gaviotas y golondrinas que habían adornado siempre los cielos de Bajamar. También llegaron nubes de moscas que atiborraron la zona y andaban volando no solo por encima de la ballena, sino por el pueblo y alrededores. Ni quemando cocos que era la receta para espantar a los mosquitos, las lograron ahuyentar. Las moscas revoloteaban por las casas de todos los habitantes, se paraban en el rostro, se intentaban meter por las orejas y narices. Fue tal el caos que incluso los del hotel que no quisieron ayudarnos antes, ofrecieron la maquinaria para enterrar a la ballena.
Vinieron por toda la orilla de la playa con una excavadora que al llegar, rápidamente intentó a hacer un hoyo enorme, pero los zopilotes se rehusaban a moverse incluso cuando el brazo mecánico de la excavadora iba hacia ellos. Solamente levantaban algo el vuelo y volvían a caer sobre la ballena, así que el trabajo de la maquinaria se dificultó más de lo normal. Cuando terminó de excavar, juntó todas las vísceras que estaban esparcidas por la playa levantando nubes negras de moscas que revoloteaban por el aire acompañando a los trozos de carne muerta que fue aventando. Finalmente con el brazo de la máquina comenzó a hacer rodar a la ballena centímetro a centímetro hasta que cayó al foso que había creado y de ahí pasó a cubrirla con arena. Las gaviotas y pájaros volvieron por un momento comenzaron para sobrevolar el lugar, como si también quisieran ser testigos de ese funeral cetáceo y esa fue la última vez que se vieron. La excavadora terminó su trabajo y emprendió el camino de regreso, pero el olor seguía ahí. Todos pensaron que fue lo último que se quedó en el aire, pero no, la peste ahí seguía. Al día siguiente el olor continuó y la semana siguiente cuando terminaron las vacaciones y nos fuimos de Bajamar, seguía estando. Los meses que siguieron pasó lo mismo.
El hotel intentó hacer lo posible por ocultar el olor, pero nunca desapareció y detuvieron la obra porque nadie iría a un hotel donde la peste no te deja descansar y donde la fauna paradisiaca son zopilotes y moscas. La gente del pueblo tampoco soportó el olor y uno a uno se fueron yendo y cerrando sus negocios: La tiendita de Don Arturo, las marquesitas de Aurelio, las pulseras de Doña Marta, los dulces de la señora Leidi, los Hot Dogs de los Martínez, la cenaduría “Los Panchos” y los taquitos de “La güera”. Y así, Bajamar quedó como un pueblo fantasma. Todas las personas que compraron sus casas ahí jamás recuperaron su inversión, pues nadie quiso comprar esos terrenos y nadie se explicaba de dónde y por qué se mantenía el mal olor.
El tiempo pasó y Bajamar quedó borrado de todos los mapas. Se transformó en la zona donde al pasar en auto por la carretera, debías bajar la velocidad para no estrellarte contra un zopilote que comúnmente estaba posados en árboles a la orilla de la carretera, donde debías de subir las ventanas para que no se metieran las moscas y para no respirar la peste. La peste de los que no pudieron hacer más ni quisieron hacerlo. La peste de la agonía y el sufrimiento. La peste de recuerdos varados en una playa. Esa peste nadie quiere respirar nunca más.














