El primer hogar completamente mío: con las plantas, el amor y el desorden.
Aquí estoy, después de 730 días,
y creo que este lugar se quedará intacto en el tiempo de mi memoria para siempre.
Yo me fui de casa antes de siquiera irme,
porque ,en realidad, por muchos años no tuve una.
Solo lugares en los que aprendí a estar,
pero que nunca fueron lo que es hoy este tercer piso de tres.
Me fui por primera vez de niña,
cuando aluciné que moría.
Y aunque recuerdo los bailes sin tiempo en la sala con Miguel Bosé, Floricienta y RBD,
el pequeño llano bajo los pies,
el juego teatral en el espejo del anaquel
y los abrazos de mis madres…
también recuerdo la violencia,
la comida nauseabunda que me atrapaba a la mesa,
el dolor insoportable de mi cuerpo enfermo,
la oscuridad en la noche que se llevaba mis sueños,
y el enfrentar la muerte por primera vez.
y, temblando, para escapar, salté por la ventana en medio de la lluvia, descalza.
Aunque también recuerdo el maravilloso asombro al llegar a esa gran nueva casa por primera vez:
su jardín con todo por explorar y sembrar,
la chimenea para dormir y contar historias,
el sueño de vida cumplido de mis madres…
Pero el miedo nunca se fue.
La oscuridad se volvió otra.
cuando el abismo me miró de regreso.
Y aunque recuerdo la libertad de pintar en las paredes,
así como sobre mi ropa, cara e identidad;
los libros nuevos que se quedarían para siempre;
la música a todo volumen que me aceleraba;
el descubrimiento de los nuevos amigos,
también recuerdo la violencia que alejaría al primogénito,
el vacío con sangre en mi piel,
y el no querer regresar nunca.
Querer irme, incluso, de estar viva.
La gran casa se quedó atrás,
cuando me fui a la fuerza,
como si de un cataclismo se tratara.
Y, por mucho tiempo, no volví realmente a ningún lado.
Terminé en la segunda casa de la infancia,
que, aunque de niña me dio noches de pijamada llenas de dibujos con los primos y hermanos;
la emoción de la Navidad;
los calentados del abuelo;
y los buñuelos y la sopa de fideo de la abuela, con su amor tan cercano…
También me dio la parte más oscura de mí misma.
Como la canción de The Doors.
Todos eran extraños. Feos.
Así que otra vez me fui. Escapé.
Esta vez, para no morirme de verdad.
Y comenzó la adolescencia,
en la que la única forma de llegar a algún lugar
Alma que aprendió, lentamente,
A ser “como un niño frente a Dios”.
Y volví a la nueva gran casa,
mi cielo rosa o estrellado en bicicleta,
y los árboles junto al río para verme a mí misma
que “nace sabiendo que morir es ley de vida”.
Pero llegó el nuevo matrimonio de mi madre
Ya con otros ojos, ya más Benjamin Button.
Y el Alma siguió siendo hogar para no caer en la nada.
Llegó el silencio como calma,
llenas de especias, lasañas, champiñones,
para luego mirar los árboles de tomate creciendo en la ventana.
Y lo mejor: las nuevas vidas.
Los niños con su todo por delante,
los amores verdaderos pero pasajeros,
y la llegada (como si de una primavera interior se tratara)
Pero también llegó la pesadilla
de personificar el mal en una persona.
El corte definitivo del cordón umbilical.
La comida podrida en la cocina
Con el cuerpo como un temblor.
Vómito en medio de la nada.
Una mochila con mis libros
y la angustia de no saber cómo estar.
Transité la casa de una amiga.
Después de todo, aprendí a no ver el abismo,
así que él tampoco podía verme a mí.
Irme, esa vez, fue más bien como un invierno largo.
Donde todo debía volver a crecer en su tiempo,
si lo cuidaba desde la calma.
La abuela en su bicicleta con las compras de la semana.
con zanahorias, brócoli, romero, tomates, albahaca.
con la alegría de simplemente estar viva.
El gato naranja creciendo.
Los perros felices envejeciendo.
La habitación para bailar con los ojos cerrados,
tan llena de libros, helechos, música, películas y cuadros.
cuando el hogar lo fue de verdad:
Ya nada me arrastró a ningún lado.
La juventud comenzó a mutar en adultez.
Y esa adultez fue buscar,
construir desde lo que empezaba a conocer
Porque sabía que esta vez, al irme,
“If you leave something behind, you gain something too.”
La alegría de poder buscar mi propio camino,
desde un lugar completamente seguro.
A este, mi hogar, fundado para siempre a mis 25 años.
Juntita, revuelta y enamorada en todas las estaciones.
cuadros con nuestra historia,
el rojo, verde, azul, negro y amarillo.
Las tantas luces cálidas y velas de colores.
música a todo volumen para bailar, reír, conocer,
y llorar, como lo hago al escribir todo esto.
Los encuentros siempre aquí.
El vino, la cerveza y el whisky.
El olor a tabaco con el ambiental de cedrón.
El té de matcha con vainilla.
La comida, a veces bien, a veces mal.
Y la vida fueron las ganas de llegar todos los días
al tercer piso sin ascensor.
La historia de amor soñada
y el gatito en la ventana.
La búsqueda de lo sagrado en lo mundano.
Desde este hogar que jamás olvidaré.
si realmente estoy lista para tomar ese avión
y dejar todo esto atrás en 47 días.
Para llegar, a mis 27 años,
a una vida en lo desconocido.
(tal vez solo reencontrar)