Esta historia que te voy a contar no llega a ser ficción ni tiene aquel dulzor de lo imaginado, en realidad no es nada más que lo vivido.
En la ciudad de Londres, en Wimbledon hay una casa victoriana, esta no es una casa corriente, es una casa de viejos. Pero estos no son comunes, son viejos dementes y ricos o al menos eso es lo que fueron Una residencia de ancianos pero esa palabra carecía de caché para la manager, ella lo llamaba hotel.
Empecé así a trabajar en ese lugar, no recuerdo muy bien cómo. Sé que había un solitario cocinero coreano cuarentón que trabajaba allí y me quería cerca, no sé muy bien por qué, quizás por lo de solitario y cuarentón.
Esas mañanas empezaban muy temprano, a las 7;20, una vez en el vestuario, me ponía el uniforme, camisa con botones, un chaleco corto, pajarita y una placa con mi nombre que gritaba a voces” empleada exntrajera hispanohablante” y me miraba al espejo y todo era raro. Yo solo tenía 21 años y era estrambótico los contrastes incociliables en ese espacio, el de mi juventud y el de la casa donde se mueren los viejos.
A veces me encontraba a mi misma ensimismada con la muerte en los pensamientos y la visión del paso del tiempo, podía vislumbrar un reloj encima de mi cabeza y cada segundo contado, el tiempo, tic toc, tic toc.
En la habitación de las residentes entre desayunos y tés observaba las fotografias colacadas en los muebles. En esas fotos las reconocía, mujeres jóvenes y elegantes, alegres, parecían seguras, mucho más de lo que esperaba de mi misma. Deslumbrantes algunas , al girar la cabeza veía la otra realidad, la que es real, ancianas con demencia rogando para que alguien las llevara al váter o virtiéndo el té en los cereales. Ah, por cierto, fue ese el momento en que decidí que nunca llevaría a mi madre a una casa de viejos.
No podía evitar adentrarme en esos pensamientos , acababa encerrada en esas cuatro parades del que se pregunta cuestiones existenciales que no va a poder resolver y que a mi joven mente dejaba paralizada.
-Ah lo entiendo, pero tú solo tienes 21 años. Simplemente deja de preocuparte sobre hacerte vieja.
Me decía aquella voz en off que no quiero mencionar, entonces me quedaba tranquila, soy demasiado joven ahora pero.. y para cuando deje de serlo? Él ya no tenía respuestas para esto. Yo le explicaba tantas cosas, las historias de los residentes, la vida dentro de esa casa y el me leía. Le contaba como muchas ancianas mantenían la fotografía de un apuesto joven, que fue joven hace muchos años, encima de la mesita de noche. Estaba tan segura que aquella era la foto del amor eterno de sus vidas, aquel que no se dio y él me contestaba que la gente muchas veces no acaba casándose con la persona que realmente ama.
Así, el día a dia en aquella casa era peculiar, todo muy ajeno a mí, muy británico. Con su té con leche a todas horas, la hora del té por las tardes, sus cupcakes y aquella cortesía aprendida tan característica en ellos. Pero yo vivía en un mundo paralelo, trabajaba allí pero mi cabeza y corazón estaba en otro lugar, en Poitiers para estar luego en París o simplemente no estaba. Yo no existía , solo hacía, me movía, pero si no pienso no existo.
La cocina como todo lo demás poseía su peculiridad, resultaba que todos éramos de algún lugar menos de allí. Las señoras de Zimbabue que tenían varios trabajos y familia que mantener, el cocinero indio que de vez en cuando preparaba té chai en una olla gigante con leche y le iba añadiendo especies exóticas y yo, disfrutaba de la suerte de poder probarlo. Luego estaban los filipinos, había varios. Sonreía con diversión las veces que alguno de ellos me repetía que éramos parientes lejanos porque una vez Filipinas fue colonia española y yo lo observaba con curiosidad , veía su tez oscura y rasgos asiáticos pero asentía complaciente. El que trabajaba conmigo como host era gordito con la sonrisa graciosa, un vago pero a la vez un listo de la vida que cuando me veía estresada y ocupada me decía ,”Tómatelo con calma, tía” o mejor dicho “Take it easy man” también me explicaba que los jefes están para quejarse y que no me lo tomara personal. Yo le escuchaba , decidida en aprender algo de él .
Había otro chico, este tenía mi edad, acudía de vez en cuando como cocinero. La primera vez que lo vi creí haberme enamorado de él , por sus ojos que supusieron un descubirmiento . Más adelante el me llevaría a alguna fiesta de su comunidad, iría alguna vez a su casa donde vivía con su madre y hermana, él dormía en el comedor en un sofá cama y alguna noche me refugié debajo de su ala cuando la soledad se me hacía irrespirable. Sostener su mano significaba para mí sensatez de lo que es esperado pero esto también se me pasó y por un motivo u otro sus ojos dejaron de ser especiales para mí.
Mis tareas en el hotel ficticio siempre se repetían, el momento más agradable era cuando me tocaba doblar las servilletas el día en que venía un apuesto músico a cantar y tocar el piano para los residentes, que eran en su gran mayoría mujeres . Se reunían en el comedor donde yo estaba trabajando y empezaba a tocar música romántica de los años 40, mi favorita era "It's a sin to tell a lie".
“Be sure it’s true when you say I love you, It’s a sin to tell a lie. Millions of hearts have been broken just because thee words were spoken. “
Empezaban a cantar junto al músico, recordando las letras unque no recordaran qué habían desayunado esa mañana. Las escuchaba, las buscaba y salía por las calles de Londres escuchándolas en la intimidad de mis auriculares, preguntándome si aquellas señoras sintieron alguna vez esta tristeza por un instante.
Entiende que no exagero cuando digo que en aquella casa se convivía con la muerte, la demencia y la decadencia en sus muchos aspectos-
Uno de los residentes, una mujer a la que le brotaban heridas en la pierna siempre gritaba con desespero desde su habitación. “Socorro!, !Socorro!.” Qué pertubador se me hizo llegar al punto de pasar por delante de su puerta e ignorar el socorro de alguien. Pero yo no era enfermera y esa mujer estaba loca.
En una ocasión me topé en su puerta con otra residente que normalmente era encantadora, me paró y me miró con esos ojos de alguien indignado con otro ser humano. Me recriminó ser capaz de escuchar pedir socorro a esa dama e ignorarla. “Deberías estar avergonzada de ti misma” dijo. Por un instante consiguió hacerme sentir horrible pero enseguida recordé que esa señora también estaba loca y yo harta de la locura, así que pasé de largo
Hubo otra ocasión en la que tuve la absoluta certeza de haber visto a alguien muerto en vida y de haber olido a la muerte. Aquella mañana fui a llevar el desayuno al cuarto de esta mujer, la más anciana de la casa de casi 100 años de edad. La anciana esperaba sentada por su desayuno en un sillón,me acerqué para dejarle su poriche en la mesa. No recuerdo mirarle a la cara, pero la cuchara deslizó entre sus dedos y me agaché a recogérsela. Sus manos se movián de forma muy extraña, en movimientos circulares , de un lado para otro sin poder sostener nada, yo las miraba hipnotizada. Le dejé la cuchara en la mesa y alcé la vista cuando me dio las gracias, su mandíbula estaba completamente abierta , desencajada y los ojos se le iban para atrás sin ella poder evitarlo y aquella olor que nunca antes había olido, “está muerta pensé” horrorizada súbitamente me incorporé de un salto, dejando unos metros de seguridad entre la muerte y yo, apoyada en el marco de la puerta me quedé unos segundos observándola mientras ella saludaba a alguien que yo no veía,”Oh has venido de sorpresa y no voy arreglada” le decía a su invitado y yo me despedía de ella.
Empecé a contarle a todos en la casa que tenía la sensación de que esta mujer estaba apunto de morise, inminentemente, no podia contarles que de hecho ya estba muerta.
Sin embargo más tarde supe que en uno de esos momentos críticos le habían inyectado algo y la señora ya caminaba y todo. Me pareció que habían resucitado a un muerto, es más, estaba segura de ello.
la sociedad se aislo de mi y sentí ese vacío