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Y un déjà vu como final de viaje.
Ultimo día.
Ya en Tashkent, duermo y al día siguiente tomo el tren a Samarcanda. Llego a las 12h, tomo el autobús y me bajo en la misma parada. Voy a comer al mismo sitio donde he tomado el mejor plov, a un patio sin indicación, donde a la puerta un hombre coloca el arroz por capas en un enorme caldero. No me defrauda. Voy al Registan. Tampoco me defrauda. Sin todos los trastos del festival luce mucho mejor.
De allí me voy a la terraza a tomar una cerveza contemplando el recinto. No hay nadie y decido irme. Son las 17h y regreso a la estación donde el tren sale puntual a las 18:15. Llego de noche y ceno en un animado restaurante en una avenida cerca del hotel, mientras entristecido pienso que esto se ha acabado.
Fergana.
En 1991, cuando las diferentes repúblicas soviéticas alcanzaron la independencia, lo hicieron con las fronteras que determinó Stalin allá por los años 20, basándose en criterios políticos y no étnicos, geográficos o históricos. De este modo, el fértil valle de Fergana, de mayoría uzbeka, quedó dividido entre los tres países, proporcionando un caldo de cultivo de conflictividad. El último de ellos tuvo lugar en Osh, hace escasos tres años, cuando se produjeron altercados que costó la vida de doscientas personas.
Lo primero que sorprende es que el tal 'valle' no lo es. Se trata más bien de una depresión geográfica generada por siglos y siglos de depósito de fértil suelo por parte del río Syr Darya. Así, estoy ante uno de los territorios más fértiles de la zona. Desde el taxi compartido que tomo al otro lado de la frontera para dejarme en Andijon (350.000 hab.) veo como el paisaje cambia radicalmente, de aisladas poblaciones en el desierto o montaña, he pasado a conurbaciones densamente conectadas, carreteras saturadas, industrias y verdes campos cultivados. Como Andijon es una ciudad en la que hay poco que ver (un terremoto en 1902 la devastó), allí tomé otro transporte a Fergana (216.000 hab.). En el trayecto de 80km, había un profesor de escuela que me iba taxi compartido que me iba diciendo en ruso qué cultivos eran los que veíamos desde la ventana: algodón, viña, manzanos, maiz, granados, ... La ciudad, que según la Lonely Planet era la mejor opción para alojare en la región, era una locura de obras, como el Madrid de Gallardón. Los hoteles a que los que me acerqué también estaban de 'perestroika', así que me costó un poco encontrar alojamiento.
El objetivo de esta parada era acercarme a Margilon (145.000 hab.), una población a 40km de Fergana donde los jueves y domingos tiene lugar un animado bazar donde los uzbekos de la región aprovechan para saludarse y comprar de todo.
Uzbekistán es el tercer productor de seda mundial y, si bien la seda en tiempos de la Ruta se producía en china (cuyo proceso de obtención era desconocido por los europeos, así como el del papel), el conocimiento de su manufacturación fue desvelado tras la batalla de Talas (s.VIII), por la que no sólo se contuvo la expansión occidental china, gracias a que entre los prisioneros se encontraban numerosos artesanos. en la actualidad en Margilon se encuentra un fábrica de seda donde te explican muy bien cómo es el proceso de obtención del tejido que da nombre al recorrido de este viaje.
Conduciendo en Kirguistán.
24h en un país desconocido.
Las informaciones para conseguir transporte desde Murgab a Osh eran contradictorias. De un lado, Metaliv, comentaba que estuviese en el bazar a las 8h, que allí habría muchos coches. De otra, el dueño del hostal decía que me acercase a partir de las 10h. Como había leído que la obtención de vehículo pudiera ser dificultosa y no quería tener que pasar un día entero en semejante lugar, me levanté pronto y fuí al bazar con Larisa. Ella tenía que averiguar cómo llegar al valle de Bartang junto a un recuperado Apaar.
A las 8h estaba allí y sólo vi tres coches junto a varias personas. Pregunté por Osh y me acomodaron en uno. Luego, viendo que el coche no se llenaba y que iban viniendo otros, me cambié a un golf de 1ª generación. Allí me asocié con Ayumí, una japonesa de 25 años que llevaba 10 meses viajando, siendo dos será más fácil completar el pasaje. El conductor nos dijo que saldríamos a las once. Y así fue. Lo hicimos junto a un matrimonio tayiko que nos iba ofreciendo manzanas por el camino.
El tramo entre Murgab y la frontera también forma parte de la Pamir Highway. El paisaje es una continuación del tramo final. Altiplano árido con montañas que no aparentan ser tan altas como realmente son. Después de pasar el puerto de Ak-Baital (4655m), alrededor de las 15h, llegamos a Karakul, un pequeño pueblo del carácter de Murgab, al lado de un fabuloso lago enmarcado por picos nevados de 5000 a 7000m. El frío, el viento y el extraño aspecto del pueblo parecía que estuviésemos en el fin del mundo. Allí residía la suegra de Alishab, el conductor, que nos dió de comer en su casa unos manti cocinados de forma novedosa, en forma de ensaimada en la que la masa era la pasta cocinada al vapor y como relleno, el tradicional sofrito de carne y cebolla.
De allí salimos a los tres cuartos de hora para subir el paso de Kyzyl-Art (4282m), en cuyo alto se encontraba el puesto de control fronterizo tayiko. Tuvimos que detenernos hasta tres veces para verificar los pasaportes. Alishab los recogió todos y uno a uno entraba en los diferentes contenedores o barracas donde los militares despachaban. Tardamos una hora en realizar los trámites.
El puesto kirguís se encuentra a 20km del alto, así que media hora después llegamos al puesto donde los trámites nos llevó otra hora. El militar de la barrera era un cachondo que no paraba de vacilar a Ayumí quien, sin tener de idea de ruso reía todas las burradas que le decía el militar. Yo le traducía lo que entendía y entonces ella decía: noooooo.
Nada más ponernos en movimiento se aprecia que el paisaje es diferente. Las montañas son rojizas y el suelo arcilloso, con suaves laderas tapizadas de verde. A nuestra espalda se ve la cara norte de las montañas Pamir cubiertas de nieve y de cuando en cuando se pueden ver yurtas moteando el paisaje. La carretera, con plataforma de 10m y líneas pintadas delimitando los carriles, me resulta exótica. Sobretodo cuando a su paso por núcleos habitados el arcén se transforma en acera. A pesar de todo, la población es agrícola y los niños ocupan la carretera con juegos pintados en el asfalto, burros, vacas y caballos transitan por ellas como un vehículo más. En los tejados planos de establos se acopia el heno en pirámides y es frecuente ver a kirguís pastoreando a caballo. De hecho, una parte importante del comercio de la Ruta de la Seda venía de la necesidad que tenía China de proveerse de los caballos que criaban los pueblos de estas tierras.
A las seis y pico, Alishab nos pregunta - chai?. Faltaría más, ¡después de 7h de conducción!. Cenamos huevos con salchichas sobre un tapchan y continuamos, ya de noche, con la luna creciente en el horizonte. Me sorprende ver cómo lucen iluminadas las ciudades, con leds asianfashion en todo tipo de comercios, comparado con la austeridad extrema de las ciudades tayikas.
Llegamos a Osh a las 22h y Alishab desconoce dónde está mi Guesthouse. Para ahorrarle la búsqueda decido acercarme al elegido por Ayumí, que sí conoce. Está en la última planta de un edificio que se encuentra en un oscuro patio. Unos vecinos me indican espontáneamente dónde está. Subo y sólo al abrir la puerta, el olor a pies me echa a patadas, tantas como sandalias había en la puerta de ese piso patera de piojosos veineañeros estilo Lonely Planet.
Al día siguiente me desperté en la guesthouse que había elegido, que resultó cojonuda y con acceso a internet. Alishab se las apañó para dejarme cerca. Ayumí ya me dijo que Osh no era 'de ver', ni siquiera el milenario bazar, sino 'de conexión'. Y tenía razón. Estuve toda la mañana en una sala de estar con otros seis turistas navegando por internet. Ellos planificando el resto de su viaje a través de sus dispositivos, yo actualizando el blog. Es curioso cómo ha cambiado la forma de viajar. Han pasado a la historia aquellos tiempos en los que buscábamos los cibercafés para ponernos al día.
A la una cerré el ordenador y me fui a ver el bazar que no ofrecía nada que no hubiese visto ya. Comí en un puesto somsas con té y de un puesto compré unos higos amarillos enormes muy dulces. Los 26€ que cambié el día anterior a la pareja francesa me sirvieron para pasar el día, comprar algún regalo, dirigirme a la frontera con Uzbekistán en taxi y donar el excedente a una necesitada. Sin duda Kirguistán es un destino barato.
Road movie on the Pamir Highway.
Metaliv, el conductor del coche, apareció frente al hostal una hora antes de lo convenido. Intenté desayunar, pero como la mujer de la casa estaba fuera no había desayuno. Larisa me ofreció un poco de fruta. Entre unas cosas y otras salimos de Khorog a las nueve. La idea era recorrer la carretera que sigue los ríos Panj y Pamir, que definen la frontera con Afganistán, hasta Langar y de allí tomar la 'autopista' Pamir (Pamir Highway) hasta llegar a Murgab.
La primera parada era Ishkashim, una población cuyo mayor atractivo es el mercado afgano que se celebra todos los sábados en una isla en medio del río Panj, en la zona transfronteriza. Tras dejar los pasaportes a los militares de la entrada pudimos mezclarnos entre los diferentes puestos que los vecinos afganos exponían: zapatos usados, telas, alfombras y productos básicos como té, zumos o jabones. Vestidos de forma diferente: pantalones anchos, blusón largo, chaqueta y turbate o pakal (gorro plano). Las facciones eran similares a las tayikas pero llamaba la atención sus ojos, de colores claros y degradados como los de la chica de la famosa portada del National Geographic. Tras una hora de estar allí, los militares afganos comenzaron a llamar la atención a los vendedores para que empezaran a recoger. De allí nos fuimos a comer aun café local donde coincidí con las mujeres del coche del viaje a Khorog. Me alegré de verlas y nos recomendaron visitar unas termas que nos pillaban de camino.
También paramos a ver la fortaleza Khaakha, unos restos de muralla de adobe que data del s.III antes de Cristo y desde donde se tiene unas fantásticas vistas del valle de Wakhan. Valle a través del cual Marco Polo hizo su viaje a China allá por el 1274.
Continuando hacia este, llegamos al manantial de aguas termales de Bibi Fatima, donde también nos remojamos en pelotas con los locales. Cuando salimos, el sol ya empezaba a ponerse y pusimos nuestros pies en un hospedaje al lado de la fortaleza Yamchun. La familia que lo atiende nos mostró el interior de su casa, típica pamir, ante la alegría de Larisa, quien encantada, pidió si podíamos cenar allí. Así hicimos. Y mientras la familia nos contaba cuestiones locales, en la tele de plasma emitían un capítulo de 'El Internado'.
Al día siguiente me levanté pronto, como de costumbre. Un sol cegador estaba saliendo de entre las montañas. Fui a la fortaleza desde, como no podía ser de otra forma, se tienen unas vistas espectaculares del valle. Desayunamos gachas y los acompañamientos del té habituales. La primera parada la hicimos después de media hora, en Yang, para ver el museo de un místico sufí del s.XIX. El edificio que que lo alberga es una réplica del original, de estilo pamir. La distribución era la misma que la de la casa de la familia: diferentes plataformas distribuidas alrededor de un espacio central bajo una claraboya, estufa bajo una de ellas que distribuye el calor mediante conducciones,... De allí fuimos a Vrang, donde se encuentra una estupa budista del s.IV y a Langar, donde se encuentran muchos petroglifos entre grafitos modernos que los desmerecen. Sin embargo, lo mas divertido del día fue encontrarnos con un gran rebaño de cabras, ovejas y vacas entre un gran gentío. Metaliv nos dijo que se trataba de la redistribución de los animales entre sus propietarios después de pastorear en los prados altos. Era curioso ver a las familias como los iban cercando.
A partir de este punto la carretera, por decir algo, ya que se trata de un camino de tierra de cuatro metros de anchura, empieza a ganar altura. el verano se acaba en los Pamires y los pastores bajan a los valles con el ganado. Nos vamos cruzando con un montón de ellos. El paisaje se va haciendo cada vez más árido e inhóspito. No se ven núcleos de población hasta el solitario punto de control militar de Khargush (4344m). Metaliv nos dice que a partir de ese punto comienza el distrito de Murgab, donde mayoritariamente habita la etnia kirguís.
De los diferentes grupos étnicos, el kirguís es una de las denominaciones más antigua registrada. De origen nómada y ganadero, sus rasgos sí corresponden con los estándares asiáticos como los ojos rasgados. Tradicionalmente vivían en yurtas, una especie de tienda de campaña de tamaño XXL, pero con el sedentarismo, pero que están abandonando poco a poco a casas de adobe, más confortables para pasar el riguroso invierno de estas tierras.
Pronto se hizo de noche y enseguida llegamos a Alichur, donde hicimos noche en una yurtstay, que regentaba el médico del pueblo y su mujer.
El acceso a las yurtas se hace a través de una pequeña puerta que está orientada al este, de manera que el primer sol hace la función de despertador. entonces se descorre la piel de cordero que tapa la claraboya central, iluminando todo el espacio. Ese lunes, los propietarios de la yurta desplegaron la cortina cenital a la hora convenida. Eran las ocho y Apaar tenía mal cuerpo. El mal de altura había hecho mella en él. Dolor de cabeza, náuseas y falta de apetito. Dejamos que reposase unas horas más mientras Larisa y yo desayunamos, tomamos unas fotos y jugamos con las hijas del médico. Cuando Apaar se encontró mejor seguimos en ruta. Primero fuimos a ver el lago Yashikkul (lago verde, 3734m). Me impactó el absoluto silencio del entorno, un pedregal con desnudas montañas al fondo.
De allí fuimos a comer a un solitario comedor donde servían pescado de un pequeño lago de agua trasparente plagado de peces. El lago Akbalik (Pescado blanco) parecía una pecera de restaurante. Tambien comimos mantequilla y yogur de yak. Una comida diferente y muy sabrosa.
De allí teníamos que haber ido a ver unas cuevas de pintura neolítica, pero como se rompió la suspensión del coche, tuvimos que pasar de largo para dirigirnos a Murgab. El destino final. Una ciudad sin orden ni concierto. Nueva. Fea. Con aspecto de asentamiento del lejano oeste, versión s.XX. Con contenedores y cabinas de camión como edificaciones de un improvisado bazar. Una pena que el broche final a este espectacular viaje sea esta olvidable ciudad.
De camino a Garm Chasma, el taxista tenía puesto en el MP3 a este cantante iraní. ¿A qué os suena?
Khorog, Geisev y la dignidad.
Dormí muy a gusto, pero por la noche me acordé dos veces de los higos. Después de desayunar, me acerco al centro de información turística donde una chica me informa de diferentes opciones para hacer trek, una de ellas no requiere de guía y es la que me recomienda. Parece sencillo.
Visito el museo local que aporta poco, pero me resulta interesante por su sencillez. Exponen piezas como la del primer piano que llegó a la región, en 1914, después de dos meses de viaje por las montañas a cargo de diez soldados rusos. Después fui a un parque que reproduce los espacios verdes que pudimos ver el día anterior a lo largo de toda la carretera. Chopos y otros árboles tienen unas dimensiones que hacen olvidar que este espacio se aprovecho para cultivar alimentos en la hambruna de 1990.
Después de comer visito el jardín botánico y me detengo en una moderna chaikhana donde me siento a tomar un té en el tapchan (tarima) mientras escribo y contemplo cómo pasa la tarde.
Al día siguiente, después de desayunar, empaco la mochila pequeña con lo imprescindible y dejo el mochilón en el hotel. Recuerdo las palabras de la chica de información turística:
- Khijez es muy bonito - A Khijez va mucha gente - Vas a la estación de autobuses no antes de las diez y tomas uno, te bajas frente a un no-se-que de cable y sigues el sendero.
Así pues, me dirijo a la estación de autobuses a las diez y pico, pregunto por mi destino: Khijez y nadie me da razón. Un hombre me dice que no hay transporte y se ofrece a llevarme por 600 somonis, una barbaridad. Decido ir a Rushan, una ciudad próxima y averiguar allí.
Soy el último que se sube a un minibús y, por tanto, arranca de inmediato. A mi lado viaja una chica joven con una niña de un año en brazos. Habla muy bien inglés. Se interesa por mi destino y se lo comenta al conductor. La chica había estudiado tres años en Nueva York. ¡Vaya contraste!, le comento. Sí, contesta, aquí la vida es mucho más sana. Lamenta no poder acompañarme hasta mi destino final, pero que si quiero puedo bajarme en su casa que su marido me ayudará. Se lo agradezco y le digo que no hace falta.
El minibús se para en un punto de la carretera y me señala otro que está parado. Bajo y me dirijo al vehículo. El conductor me dice que a esa hora nadie va en esa dirección que si quiero fletarlo, son 210 somonis (7 pasajes x 15 somonis = 105; ida y vuelta, 210). Regateo y finalmente lo deja por 150. De camino me dice si quiero tomar té. Le digo que vale. Se para en casa de un amigo. Nos sentamos en su tapchan y la mujer empieza a traer comida: sopa, ensalada, estofado, albaricoques, pan, té y dulces. Entrego al nieto unas chucherías, doy las gracias y proseguimos la marcha.
A los pocos kilómetros, vemos un cable que cruza el río y una piedra con una pintada que dice GEISEV. GO TURIST. Le digo que pare, que creo que ese es el punto de inicio del trek. Le digo que el trayecto ha sido más corto de lo previsto y me hace un descuento. Son 100 somonis. También le pido que espere a que cruce al otro lado, no sea que pase algo. El cable es el sistema de sujeción de una cabina de madera con los colores de la bandera tayika, que resulta ser una especie de teleférico manual que se mueve accionando una manivela.
Ya en el otro lado del río, veo otra piedra que anuncia la duración del trayecto: dos horas y media. Los primeros kilómetros no se diferencian mucho en el paisaje ya visto en los valles de la región: montañas escarpadas sin vegetación, caminos de piedra y en el fondo, un río de color grisáceo. Al cabo de una hora de caminar, el valle se va ensanchando y los aluviales y la presencia de agua permiten que arraigue la vegetación. Más adelante se ven cultivos. Un grupo de campesinos siegan. Llego a la primera aldea, un conjunto de diez edificaciones bajas de barro. Tienen el tejado plano, donde extienden el tallo del trigo para que el viento separe el grano de la paja. El camino pasa ante un tapchan y un hombre me para y me invita a tomar el té, en inglés. A las cinco y media y decido que, tras media hora de conversación, es hora de continuar hasta la última aldea, a la que llego tras media hora más de caminata por un pinturesco paisaje.
La tercera aldea es un conjunto de siete pequeñas casas idéntica a las anteriores. Una anciana vestida de verde me saluda desde la cocina y musita ho-me-stay?. Contesto da. La cocina es una lumbre que está en el exterior, sobre la que se coloca un calderón. Deja la comida y me acompaña. El entorno está ordenado y el acceso a la casa barrido. Hay flores plantadas y un gato me da la bienvenida. Accedemos al dormitorio, donde hay un vestíbulo con dos plataformas a ambos lados de la puerta a modo de tapchan, en el que me sirve el té. La habitación interior cuenta con una tarima que bordea las paredes que no contienen puerta. Me pregunta qué quiero cenar. Contesto que pasta. Mientras ceno, ella y su hijo me montan la cama. De una pila de futones y fundas nórdicas locales, la señora selecciona las que va a utilizar para montármela. Dos futones por colchón, cubiertos por una sábana y un edredón de la misma tela y dos almohadas. Todo sobre el espacio de la tarima opuesto a la puerta, el mejor, según la tradición, por ser el más cálido. Mientras acabo de cenar, no paran de entrar ofreciendo más té, más mantequilla, más pasta o rellenan la bandeja de dulces con más almendras. Un home (hogar) stay (estancia) fiel a su nombre.
Dormí mal, la tarima mide lo mismo que yo, así que o me despertaba porque tocaba la pared con los pies o se me caía la almohada. Al despertarme, fui a asearme al pequeño depósito que está ante la puerta. Habían puesto una jabonera y una toalla. Abro la espita que está en su base y noto que el agua está templada. A las ocho y media terminaba de desayunar huevos fritos, arroz con leche y té. Comenzaba a entrar luz por la claraboya. Salí y comencé a caminar remontando el río. Después de dejar la aldea, no se ven más construcciones hasta llegar a unos pastos, a unas tres horas caminando. allí se encontraban unos hermanos pastoreando un rebaño de 2000 ovejas y cabras. Me ofrecen té, leche, pan y dulces. Estoy un rato con ellos y me despido regalándoles unos dulces. Es la una y me fijo una hora más como límite para regresar. Llego a un lago cuyas dimensiones me hacen dudar de que sea el objetivo del trek, como me confirman los pastores al describírselo en mi regreso. Vuelven a ofrecerme otra vez té, y esta vez un yogur cojonudo.
Llego cansado al hospedaje a las cinco y media. Me recibe la anciana con más té, más pastas, mermelada, albaricoques y un pan que ha horneado ella. Descanso y entra el hijo para decirme si me gusta la carne. Digo que sí y me preparan una sopa deliciosa. Salgo a contemplar el paisaje con la última luz y la veo coger del huerto cebolla y zanahorias que lava en el río y las monda. Hace frío y regreso a la habitación. Fuera empiezan a caer hojas del frutal que está en la puerta. El verano se está acabando y el marido siega hierba para atarla en fajos en preparación del duro invierno. La temperatura entonces bajará a -15º, lo que ellos consideran 'buen tiempo'.
El hijo barre las hojas mientras el gato, que es gata, lame a su cría. Tras la cena, me siento en un murete en la parte trasera de la casa a contemplar las estrellas. Es negra noche, pero se distingue el perfil de las montañas, que dibujan una V que enmarca la Osa Mayor.
Me levanto pronto. Quiero estar en Khorog a mediodía, ya que es la hora que había convenido con la chica de información turística para salir hacia Murghab en tres jornadas, con un coche alquilado con conductor. A las ocho, contemplo cómo la sombra de las montañas se va retirando del paisaje desvelando su belleza con la primera luz. Me despido y me dirijo a la primera aldea. Allí saludo al aldeano que habla inglés. Nuevamente me invita a té. Allí me ofrece llamar a un taxista para que me venga a recoger al otro lado del río, junto al teleférico. Hablo con su suegro, un anciano de 60 años que cuando le digo que soy español, empieza a hablarme de la invasión árabe y de la reconquista y que me pregunta si en España hay burros, como había visto en el cine. Mientras el campesino regresa para rascar una tarjeta de la compañía telefónica; se había quedado sin saldo. Me comenta que el hombre era profesor de historia y ahora, hemipléjico, ayudaba en lo que podía. El hombre me señala el tapchan, donde hay varios libros abiertos. Mientras pasa una pareja de ancianos franceses que vienen caminando desde el gran lago. Llevan unas mochilas bien cargadas ya que llevan todo lo necesario para acampar. Admirable.
Me despido y continuo caminando hasta el cable. Del otro lado un anciano me espera para levarme a la parada de autobús de Rushan. Son las doce. Allí hay dos personas más que quieren ir a Khorog. Al cabo de media hora un chaval se acerca y nos dice que si estamos de acuerdo, nos lleva a los tres por 100 somonis en total. Estamos todos de acuerdo y llegamos a las dos de la tarde. Me acerco a la oficina de información y la otra chica que está allí no sabe nada. Le digo que me voy a comer y mientras que averigüe. De regreso hay una chica rusa, Larisa, y su pareja de origen indio, Apaar. Ellos quieren hacer el mismo recorrido, pero empezando el día siguiente. Les digo que por mi no hay problema, ya que en el día de hoy sólo quería visitar las aguas termales de Garn Chasma. Acuerdo hacer el viaje con ellos y me voy a por un taxi para darme un chapuzón. De camino a Garm Chasma, el taxista tenía puesto en el MP3 a música iraní: Gham O Shadi.
El manantial es de agua caliente, muy muy caliente y ya me habían advertido que a más de uno le había dado un vahído. Y como allá donde fueras, haz lo que vieras, me despeloto y me pongo a remojo. Después de dos días de trek me costó volver a ponerme la misma ropa.
Música del Pamir.
... y de la ciudad a la montaña.
Tal y como me había comentado el grupo del museo, me presenté a las seis de la mañana en la estación de autobuses Badakshanskaya, de donde salen los taxis compartidos hacia Khorog. Elegí uno con buena pinta y ocupé el asiento delantero. Hasta las siete no apareció otro posible pasajero en la estación, si bien a partir de esa hora fue un goteo. A las ocho ya se había completado el pasaje de mi coche y a esa hora iniciamos la marcha.
Las primeras tres horas las invertimos en recorrer el anodino tramo hasta llegar a Vose, dejando un paisaje monótono de suaves montes de colores ocre donde los campesinos hacían la siega. A las doce paramos una hora para comer, en un puesto donde uno a uno iban parando el resto de 4x4 que hacían la misma ruta. De entre lo que ofrecía el camarero, sólo entendí que tenían plov, así que eso pedí. Os ahorraré la descripción de la visita al baño.
Reiniciamos la marcha a la una y sólo volvimos a parar hasta las seis, y para rellenar las botellas del agua de una fuente. En el coche viajaban en la segunda fila una madre, un hijo y su abuela y la última, un hombre que no abrió la boca en todo el viaje y un niño que encasquetó la madre a las mujeres para que cuidaran de él. En un puesto de control, la abuela compró peras e higos. Me ofreció de ambas cosas. Los higos eran diminutos y me los comí sin pelar. Error.
En el año 1896, se firmó el tratado anglo-ruso por el cual se establecía la frontera de Afganistán. Con este tratado, con el que se ponía fin a una prematura guerra fría entre las dos potencias, debido a los avances del Imperio Británico desde la India. El acuerdo fijaba los límites del Imperio Ruso en el río Panj.
A las dos de la tarde pasamos la ciudad de Kulob y el paso Shurabad (2200m) e iniciamos el descenso hacia el río Panj. El paisaje cambia radicalmente y nos vamos acercando al fondo de un valle que ya no dejaremos hasta llegar a Khorog. Ocho horas viajando por un asombroso paisaje de montañas yermas escarpadas que sólo dejan paso a la carretera y el río. De vez en cuando algunos derribos permiten que allí se desarrolle la vegetación y con ella los núcleos de población del tamaño que permite la geografía. Estos oasis son particularmente bonitos ya que el agua permite que sean frondosos.
Llegamos a Khorog a las diez y media de la noche. Las calles están vacías. El hotel que elijo de la guía no existe, aunque hay otro a su lado. Llamo y no contestan. Hay luz en un edificio oficial que está enfrente. Pregunto a un hombre que trabaja allí. Poco menos que entra en casa del dueño del hotel, quien me acoge y me permite dormir en la habitación de su hijo.
Un grupo de invitados baila ante los novios en Khissar.
Dushanbé, Khissar y la música.
Tras los días de trek, me acostumbro a levantarme temprano. Escribo algo, desyuno y empiezo el día pasándome por el bazar próximo al hotel. Dusanbé significa en tayiko lunes, por ser éste el día grande de mercado. El bazar no ofrece novedad a lo ya visto en los anteriores, salvo el orden y disposición de los productos. La gente también se ofrece a hacerse fotos, ofrece sus productos y conversa.
Intento llegar a Khissar por transporte público pero me equivoco, a pesar que el chaval que cobraba el billete me había confirmado la dirección a la que iba. El trolebús me deja en las afueras y un taxista se dirige a mí. Pacto con él la ida y vuelta por 50 somonis. De camino vemos muchos chavales en traje. Le pregunto al respecto y me contesta que ese día, 1 de septiembre, empieza el curso escolar y esa es la uniformidad. Me pregunta si me gusta la música. Le digo que sí y pone la radio. Suena Californication, de los Red Hot Chilly Peppers, que resulta de lo más bizarro frente a las escenas cotidinas que transcurren por los márgenes de la carretera: niños que regresan de la escuela, puestos de sandías y melones, hombres moviendo bienes en carromatos, puestos de pan,...
Llegamos a la fortaleza de la ciudad, conocida por aparecer en los billetes de 20 somonis. No es gran cosa si no fuera por el espectáculo que ofrece el carrusel de bodas que allí se fotografían. Es una escena parecida a la vivida en Uzbekistán, pero más animada, ya que aquí cuando la novia sale del coche los invitados bailan al ritmo de una repetitiva música que toca una comparsa. Cada boda lleva la suya, con lo que todo resúlta divertídamente caótico.
De vuelta a Dushanbé, me acerco al museo Shahidi, donde exponen diferentes instrumentos que en su momento coleccionó el actor que dio nombre al museo. En la entrada, un grupo de hombres comen y conversan entorno a una mesa. Tras ver el museo, me invitan a tomar vodka con ellos. Me siento y les digo 'tolka chut-chut' (sólo un poco). Hay un chaval que sabe inglés y se presta a traducir. Fueron unos cuantos tragos los que cayeron, todos bajo el brindis del 'Barça, Barça, Baaaaaaarça' que cantaba el más cachondo de todos. Le gustaba Julio Iglesias, Plácido Domingo y Montserrat Caballé, pero no conocía a Beyoncé. - ¡Que le jodan a Beyoncé, yo canto mejor!, sentenciaba.
De allí fui a ver otros puntos de la ciudad para acabar viendo la puesta de sol desde la estatua de Ismael Somoni, el referente histórico tayiko. Esta parte de la ciudad está llena de monumentos levantados después de la independencia del país. Tienen el estilo megalómano soviético, con toques asiáticos y acabados cutres. Aquí ha ido a parar el dinero, en vez de mejorar las deplorables infraestructuras, prácticamente sin tocarse desde los tiempos de la URSS.
De allí se oía música proveniente del parque vecino. Me acerco y compruebo que un grupo canta bajo la estatua de Rudaki, el Cervantes tayiko. Debajo los niños bailan en una plataforma central mientras grupos de familias y amigos observaban la escena desde una grada perimetral, en una agradable velada dominical.
Increíble paso por el túnel de Anzob
De la montaña a la ciudad...
El camino de la base a la carretera principal también es muy bonito, con el añadido de que hay diseminados algunos núcleos rurales que sólo están allí los meses de verano y que complementan el paisaje.
Ya en la carretera principal, hacemos las cuentas de la modificación de lo acordado y me despido, no sin antes encargarse de dejar mi trayecto resuelto de camino a la capital, por 50 somonis.
Esta vez es un matrimonio. Conduce ella y si no es la primera vez, pocas más ha cogido el volante. Acelerones, giros bruscos y algún adelantamiento arriesgado casi me hacen poner pie a tierra. El paisaje sigue siendo montañoso y la carretera asciende hasta llegar al túnel de Anzob donde para el coche. Allí se cambian y conduce él. Cuando entramos en el túnel, entiendo el porqué. De bajada, paran el coche donde varios muchachos tienen puntos de lavado, aprovechando el agua de un río. Ella saca el termo y se toma un té, sentada en un banco.
Llegamos a Dushanbe a las 13:30h hace mucho calor y con el horario montañés tengo hambre. Me meto en la cantina de la estación de taxis y autobuses donde me han dejado y tomo sopa y carne estofada con puré. La carne está de muerte.
De allí cojo un trolebús que me deja cerca del hotel. Me pego la primera ducha en días y salgo a ver la ciudad que, para que engañarnos, no da para mucho. Visito el bazar, una mezquita y la fachada de un edificio que si no está marcado en la guía hubiera ignorado al pasar ante él. Ya de noche la temperatura es agradable y paseo caminando al hotel por la avenida principal, arbolada y con luces de los colores de la bandera nacional adornando las farolas.
Fann.
Alek llamó a la puerta a las 6:30. Me aseé y desayuné pan con la leche más espesa que haya tomado nunca, con una mancha de mantequilla. Sabrosísimo. Después de despedirme, me llevó a la ciudad. Tampoco me dejó pagar. Ni siquiera el trayecto del día anterior.
A las ocho me planté ante la puerta de la agencia que había contactado para hacer un trek de cinco días por las montañas Fann y el lago Iskanderkul. Me atendió el director, un aficionado culé que apenas hablaba inglés. Todo salió rodado, así que pude empezar ese mismo día.
Después de comer, deshicimos el tercio final que recorrimos la noche anterior. El paisaje no es tan bonito como el que vi desde el camión, ya que en este punto el valle se ensancha y las montañas se acortan.
A las 16h llegamos a Artuch (2200m), una antigua base de alpinismo soviética, y comenzamos a ascender remontando un riachuelo hasta llegar a los lagos Kulikalon y Bibijor (2800m), donde acampamos alrededor de las 19h, justo antes de que se ocultara el sol. Bokhid, que así se llamaba el guía, preparó la cena y me la sirvió. Le dije que podíamos comer él, yo y el chaval que llevaba el burro de carga con la comida y enseres. Después de la cena me tumbé un rato a ver embobado las estrellas. Parece mentira que algo tan simple sea tan fascinante. Hacía frío, así que enseguida me fui a dormir, escuchando el rumor de la caída de agua solo rota por el estruendo de algún alud.
Al día siguiente desmontamos las tiendas y empezamos la marcha a las 9h, tardando 3 en llegar al paso Alouddin (3850m), ante un panorama alpino impresionante. Nos detuvimos un rato a contemplarlo pese al fuerte viento que hacía. Inicié el descenso con toda la ropa de abrigo que tenía. Enseguida empezó a nevar ligeramente y a los veinte minutos nos detuvimos a comer en una surgencia de agua, frente a unas setecientas cabras, según nos contó el pastor, que pastaban los últimos días de verano. Llegamos al lago Alauddin (2780m) a las 15h, con ganas de bañarme en él. Tras montar la tienda, me pongo el bañador, pero nada más meter los pies, las piernas se me agarrotan y no me puedo mover del frío. Tras echarme una siesta y escribir un rato, cenamos. El valle está en sobra pero sobre nuestras cabezas pasan anaranjadas las nubes. Hoy no lucirán las estrellas.
El último día hicimos una excursión al lago Mutnoe (3540m), al pie de los glaciares que descienden de las montañas Energiya (5120m) y Chintarga (5490m). El paisaje es fantástico, parece una planicie lunar inmensa en la que no hay rastro aparente de vida, rodeado por los picos nevados. Solo se oye como corre el agua y ruge el viento. De regreso me topo con dos alemanes de Leipzig que están realizando un viaje de casi dos años (18 meses, me corrigen), aprovechando que él está en paro y ella se ha cogido una excedencia. Les deseo suerte y me voy a empaparme del paisaje, ya que al día siguiente no estaré allí.
Tramo del trayecto en camión entre Ayni y Penjakent
Tramo del trayecto en camión entre Ayni y Penjakent