La petición de su esposa le robaron una sonrisa. Elena nunca le había pedido riquezas, era tan pura como para esperar una petición como la que escuchó. No había tenido mucho tiempo libre después de haberse casado además de que su padre era un impedimento para hacer tales cosas, pues cada que veía a Elena, Giuseppe no perdía la oportunidad de atormentarla con el tema de los herederos, cuando no era cuestión de ella, sino de Damon. —Entonces, en cuanto regresemos a nuestro castillo haremos eso y cualquier otra cosa que tú quieras. Estoy seguro que nuestra gente te amara.—De eso no había mayor duda, Elena era una persona que se daba a querer fácilmente.—Quiero ser un buen rey, traerle dicha y prosperidad a Polonia, una que no se ha visto en años— “Gracias a mi padre” quiso agregar , pero eso no importaba—Y quiero que tú me ayudes en eso Elena.—Era una verdadera petición, sabía que eso sólo podía lograrlo con el apoyo incondicional y los buenos consejos que su esposa le brindaba.
Con un poco de ansiedad Damon esperó a que su esposa abriera el regalo que había mandado hacer para ella. Hasta el rey sabía que un simple regalo no solucionaba el daño que le estaba haciendo a Elena, pero no conocía forma alguna de mejorar la situación. Podía sonar dramático y un tanto sentimentalista, pero por más que había tratado de alejar sus sentimientos por Katerina, no había podido ¿Cómo se compensa el amor que no se puede dar, pero que se recibe? Una difícil pregunta de la cual el rey aun no tenía respuesta. La sonrisa en el rostro de Elena mitigo un poco la culpa de Damon, sonriendo a la par de ella, sin embargo, ver que su sonrisa se desvanecía hicieron enseriar al rey, preguntándose qué era lo que había ocurrido; estuvo a punto de preguntar qué sucedía, pero Elena le gano las palabras.
Las palabras de Elena se sintieron como un golpe, sintió que el piso bajo sus pies se desvanecía.—¿Lo sabes?—Musitó con temor, sabiendo que Elena no era tonta— Damon cerró los ojos sintiendo un odio por sí mismo. —No deberías decirme eso, Elena—Pidió de forma dolida, no por él sino por ella.—No te he dado nada realmente valioso, todos los regalos que te he dado no valen nada a todo lo que en realidad te mereces—Su mirada estaba sobre la de Elena, todo lo que le estaba diciendo tenía que ser de esa forma, frente a frente. Para que fuera lo más sincero posible.—Elena…—Sus palabras finales hicieron que la voz de Damon se fueran, aunque el rey tomó un respiro para hablar eso no evito que sus ojos se cristalizaran. Precipitadamente tomó a su esposa y la atrajo hacia él para abrazarla fuertemente. —Perdóname Elena, no merezco lo que sientes por mí, deberías odiarme y eso tal vez me hiciera sentir mejor, pero aquello sería un premio y toda esta culpa que siento por lastimarte de esta manera será mi mejor castigo, porque no lo mereces.—Un rey no se podía permitir llorar, pero en esta ocasión unas lágrimas salieron de los ojos de Damon, aun sin atreverse a soltar a Elena.—Podría jurarte que intentare corresponderte a la misma medida que tu lo haces, pero estoy bastante lejos de poder empeñar mi palabra, pero te juro que nunca quise que las cosas fueran así.
La reina deslizó con suavidad los brazos en dirección al cuello de su esposo, terminando por quedar sujeta a este, tratando de reconfortarlo. Si Elena no fuera lo bastante observadora como para haberse dado cuenta de todo, posiblemente seria él quien tendría que contenerla. Más no había sido así y de cierta forma, estaba aliviada de haberlo sospechado desde el inicio; la realidad le afectaba de manera más tenue. Comprendía la manera en la que Damon se sentía, atrapado entre la espada y la pared. Por su parte, la respuesta más obvia e inmediata a la situación habría sido odiarlo, eliminar cualquier lazo con él y reinar Polonia de la manera más distante posible, pero eso no habría traído más que desdicha para el reino y para ellos. Además, la amistad que ambos habían forjado a lo largo de los años era mucho más fuerte que eso y a Elena le bastaba para sentirse feliz. “No es culpa tuya, Damon... nunca elegimos a quién terminaremos amando.” La Reina suspiró, dejando ir finalmente el abrazo para mirar una vez más sus ahora cristalizadas pupilas, que no tardaron en contagiar a las suyas de la misma tristeza e impotencia. Antes de proseguir, la castaña recorrió las mejillas del pelinegro con los pulgares, para limpiar el rostro que por primera vez se mostraba así ante ella. “Y tú siempre amaste a Katerina...” No lo sabía a ciencia cierta, pero se había sorprendido cuando el padre de los Salvatore había ido a por ella para ser la esposa de uno de sus hijos y conociendo al hombre, solo buscaba fastidiarlo, ya que la castaña había sido testigo de la manera en la que Damon se comportaba, no alrededor de ella, sino de su hermana. “Ya te has exigido suficiente y el tiempo ha corrido, Damon. Necesito que seas feliz y para eso tienes que olvidarte de toda esta culpa que no te corresponde.” Recalcó de inmediato. Ambos habían caído en el juego de Giuseppe y lo más justo era rehacer sus vidas muy a pesar del daño que les había causado. “Si yo no puedo obtener lo que quiero, no veo por qué tú no deberías hacerlo. Me entregaste tu reino y me salvaste de haber terminando como esposa de alguien que me habría tratado como un objeto.” Quería que Damon se diera un poco de crédito a si mismo. A pesar de su distancia, siempre se había asegurado de que ella estuviese bien y sobre todo, la había defendido de su tirano padre, además de considerar siempre sus puntos de vista para cualquier asunto que los involucrara. “Es por eso que debes permitirme ayudarte.” En esta ocasión, las manos de Elena volvieron a posarse en sus hombros, buscando que prestase mucha atención a lo que estaba por decir. “Mi hermana te ama, lo sé y si en algún momento quieren estar a solas, podemos intercambiar lugares durante algunas horas.” La castaña sabía muy bien cómo hacerse pasar por su hermana y mientras no tuviese que hablar con mucha gente, no creía que alguien fuese a descubrirlas. “Pero Damon, deben ser muy cuidadosos. Si alguien llegara a saber, eso convertiría a Katerina en una traidora... y si algo le pasa...” La simple idea era inconcebible para Elena. Nunca podría vivir sin su hermana, sin su otra mitad.